5 RELATOS 5

Como queda poco para que la segunda edición de “¿Hay alguien aquí?” vea la luz, os voy a compartir algunos de los relatos que se encuentran en ese libro. Por dos razones, porque me da la gana y para ver si os animo a comprarlo, os aseguro que os va a gustar. Y sin más dilación, aquí los tenéis. Besos y abrazos a repartir.

GUARDIÁN SILENCIOSO

Sobrevuela majestuosa la ciudad aprovechando las últimas sombras y el amparo de la noche. En sus garras, los restos de la última víctima, en su mirada, la confianza que inspira el miedo a su presencia. Silenciosa vuela entre los edificios de la ciudad, el mundo se mueve bajo sus alas, ajeno a su presencia. Otra noche de terror sembrado. Lentamente vuelve a su morada, la que es su lugar de descanso durante las horas del día. Allí quedará como guardián silencioso del edificio al que pertenece.

Dejará que el sol le golpeé con fuerza, dejará que sus rayos se reflejen sobre su piel de granito, pero al caer la noche, volverá a levantar el vuelo y buscará a aquellos pobres ingenuos habitantes que son su alimento. Ella es la recolectora de sus almas, su guía al infierno. Finalmente se detiene, repliega las alas, se aposenta en el tejado de la catedral. Durante el día le tocará ser una gárgola más.

EL FUGITIVO

El frío azota sus mejillas, mientras el crujido de la nieve bajo sus pies es su única compañía. No puede detenerse, necesita alejarse de la ciudad. Le persiguen, le buscan. Ráfagas de aire helado acarician su rostro, gotas de un sudor frío corren por su cara. Aquellos ciudadanos no le entienden, son incapaces de ver más allá de sus decrépitas narices. Ha obtenido la perfección, ahora es un ser superior, un nuevo eslabón en la evolución y no lo pueden comprender.

No necesita comida, tan sólo sangre. Por eso quieren darle caza, le acusan de asesinato, cuando su único delito ha sido convertirlos en seres superiores. Les ha mostrado la luz, ha abierto la ventana de un nuevo mundo. Se gira, le alcanzan, han disparado algo afilado que se clava en su corazón. Maldice el mundo de ignorantes que deja atrás mientras su cuerpo se desvanece convirtiéndose en ceniza.

En el cementerio, los cuerpos desangrados, vuelven a la vida.

FACEBOOK

Los nombres originales me gustan, no en vano mi Nick es “Rompehuesos”. Así que cuando “Ángel Exterminador” me hizo la petición de amistad, no dudé ni un instante en aceptarlo, entre otras razones porque era el que hacía el número cien.

Poco después empezaron a atormentarme extrañas pesadillas, pero no vi una relación entre una cosa y otra. En ellas mis amigos, morían uno tras otro en extrañas circunstancias. Durante todo ese tiempo dejé de conectarme, estaba tan cansado de día que no me apetecía. Finalmente una mañana de verano, algo más animado lo hice.

Mi sorpresa fue mayúscula: ya no tenía cien amigos, solo uno: Ángel Exterminador. Y un mensaje suyo: Juntos lo hemos hecho. No entendía a que se refería, pero cuando me llamaron para decirme que Pedro, mi mejor amigo se había roto todos los huesos al caer desde un octavo piso, lo comprendí.

Todos murieron con los huesos rotos.

Ahora Ángel tiene otro amigo: Pirómano.

HERMANOS

Cuando abrió la puerta palideció.

-¡Hermano!

-No puede ser cierto, estás muerto.

-Pues aquí estoy. Tócame, ¿crees que estoy muerto?

-No puede ser- repitió- Te mataron, te desmembraron, te cortaron la cabeza, te arrancaron las entrañas y las dieron de comer a los perros.

-Pues no tengo aspecto de estar desmembrado, ni descabezado y…- se levantó la camiseta que llevaba- tengo todas mis tripas en su sitio.

-Pero es imposible. Yo lo hice, yo te maté.

La figura al otro lado de la puerta sonrió. Y mostrando una boca llena de afilados dientes exclamó:

-Ya ves hermanito, todo fue en vano…

Lo último que vio fue el rostro de su hermano, abalanzándose sobre él.

LA FAMILIA PERFECTA

Llovía con fuerza cuando abrió la puerta de su casa. Depositó con cuidado la pala embarrada junto a la puerta y el pequeño bulto que llevaba en la mano con extremado cuidado sobre el pequeño diván situado en el pasillo. Se quitó el abrigo y lo colgó en la pecha, y recogió de nuevo el paquete. Abrió la puerta del sótano y descendió.

Siempre había sido un hombre solitario. Deseaba tener una familia como la de los demás. Pero su aspecto físico se lo había impedido. Llevaba mucho tiempo empeñado en conseguirlo y ahora por fin su obra estaba terminada.

Allí estaban la abuela, haciendo punto, el padre y la madre charlando animadamente, la hija mayor discutiendo con el hermano pequeño. Desenvolvió el paquete que traía y deposito el niño en la cuna del fondo. Ahora el cuadro estaba completo, ahora tenía la familia perfecta, no podían morir, ya estaban muertos.

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TENEBRAE, PERSONAJES INTRODUCCIÓN

Vamos a empezar a desmenuzar un poco las entrañas de mis dos próximas novelas, hoy hablaré muy someramente de los personajes, y posteriormente ampliaré dicha información sobre cada uno de ellos. Contaros que todos ellos salen en Eclipse de Sangre, la primera parte de la historia, pero procuraré contaros algo que no lo haya hecho, sobre ellos. Primero veremos quienes son.

Salvador Vallejo, profesor de arqueología.

Alain Sánchez, detective privado.

Marta Salazar, sobrina del profesor y secretaria de Alain.

Javier Del Valle, sargento de policía.

Juan González, teniente de policía, y amigo de los anteriores.

Estos son, a grandes trazos los protagonistas, hay más, pero no se trata de desvelar todo, hay cosas que no puedo contar… pero seguid atentos a estas entradas y sabréis tanto o casi, de lo que yo sé. Un protagonista es la oscuridad, con todo lo que encierra, y que es mejor que no conozcáis… antiguos amigos que se convierten en enemigos, criaturas que no pueden existir… y lo hacen. Debo advertiros de una cosa antes de seguir con estas entradas… no apaguéis la luz.

Y como siempre os digo, besos y abrazos a repartir.

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DOS SINOPSIS DOS

Bueno ante el inminente lanzamiento de mis dos novelas “El ídolo de jade” y la versión ampliada, renovada y corregida de “Tenebrae”, os pongo las dos sinopsis para abrir boca. Esto va a ser el principio de unas entradas para explicaros los personajes, las tramas, los escenarios y todo aquello que pueda ser de utilidad para profundizar en ellas y sentiros parte de las mismas. Como siempre digo besos y abrazos a repartir.

SINOPSIS DE TENEBRAE

Han pasado seis meses desde los acontecimientos narrados en “Eclipse de Sangre” y las secuelas han sido terribles. La humanidad sigue desconociendo lo cerca que estuvo de desaparecer y sin embargo nuevamente se verá abocada al borde del abismo.

Nuestros amigos se enfrentarán a un nuevo horror mientras recorren El Cairo y Londres, desenterrando viejos misterios y secretos. Dioses olvidados, antiguas profecías egipcias, secretos más antiguos que la propia tierra… Tan sólo una advertencia antes de seguir con la lectura… no apaguen la luz.

La oscuridad encierra muchas cosas, algunas de ellas es mejor no saber que existen.

SINOPSIS DE EL ÍDOLO DE JADE

¿Qué pasarías si descubrieras que la historia que te han contado de nuestro planeta, es mucho más antigua, no en miles, sino en millones de años? ¿Qué pensarías si supieras que mientras los dinosaurios caminaban sobre nuestro planeta, los humanos también lo hacían? Civilizaciones desaparecidas, que se llevaron con ellas sus secretos, y dejaron ruinas inquietantes.

Nunca un presidente de los Estados Unidos tuvo que afrontar la amenaza del fin del mundo como Ned Stanton. Nunca un planeta estuvo tan a merced de lo desconocido como hoy. El papa Juan Pablo III se enfrentará a la crisis de fe más grande de la iglesia católica, mientras desde la estación espacial internacional, los astronautas a bordo se convierten en testigos privilegiados de algo aterrador.

Toledo, la ciudad de las tres culturas, cuna de misterios, de grandes enigmas, de leyendas legendarias, será el lugar donde nuestros protagonistas confluyan para un final sorprendente.

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PRIMERAS PÁGINAS DE “ASESINA DE HOMBRES”

Como me siento generoso, hoy me apetece compartir con vosotros las primeras páginas de mi novela “Asesina de hombres”. Además está funcionando bien, lo que me alegra y es un motivo más para compartirla con vosotros. Disfrutadla y si os gusta lo que leéis, no dudéis en comprar el libro. Besos y abrazos a repartir.

CAPITULO UNO

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asesina portada—Bien, eso es todo por hoy, podéis recoger vuestros apuntes, nos vemos mañana.

En apenas unos instantes, el aula quedaba vacía entre gritos y vítores de los alumnos que con prisas abandonaban aquellas cuatro paredes, dejando tras de sí el desorden de mesas y sillas movidas de su sitio. Esperó a que todos ellos salieran, deseando que hubiesen sido capaces de asimilar algo de lo que les había explicado. Cuando la clase quedó en silencio, se dirigió con paso lento hacia el interruptor de la luz, apagó, echó una última ojeada al interior y finalmente cerró la puerta. Delante tenía un largo pasillo que recorrer, no lleno de peligros ya que los alumnos, que estaban deseosos de salir, corrían sin mirar, sin prestar atención a los demás, era mejor permanecer parado, ya que en breve el silencio daría paso al momentáneo ajetreo.

No tardó en quedar todo sumido en una tranquilidad total y pudo constatar que no era el único profesor que había esperado a que los alumnos abandonasen el recinto para dar señales de vida ya que del resto de aulas se veían cabezas que asomaban y cuerpos que empezaban a emerger por entre los dinteles de las puertas. Algún alumno rezagado, podía verse todavía pero sin las prisas de sus compañeros, esos no suponían ningún peligro. Al quedar el corredor vacío, los profesores se reúnen un instante para conversar, comentar como han ido las clases y despedirse hasta el lunes. Ahora les quedaba un fin de semana alejado de aquellos a los que intentaban instruir, la familia pasaba a ser prioritaria, pero la tranquilidad total para muchos de ellos no iba a llegar. Ahora tocaba lidiar con otra especie: los hijos.

Collins se despidió de sus colegas con un saludo lejano, una sonrisa amplia en la cara, y el maletín en la mano derecha. Cruzó todo el pasillo hasta la puerta principal y tras recorrer los escasos metros que le separaban del aparcamiento de profesores, se montó en su Pontiac negro. Arrancó sin violencia, sin dejar parte de los neumáticos sobre el asfalto como les gustaba hacer a los actores en Hollywood, y enfiló la calle principal. No vivía demasiado lejos del colegio, en aquella pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos, en realidad nada estaba demasiado lejos. Ante él desfilaron edificios de apartamentos, supermercados, tiendas de armas, droguerías, negocios propios de toda urbe que se precie allí en América. Al llegar al segundo semáforo giró a la derecha y pocos metros después el paisaje urbanístico cambió totalmente. Ya no había bloques de edificios, ni negocios, ahora eran las viviendas unifamiliares y las consultas privadas de médicos, dentistas, etc., las que predominaban. En medio de aquel pequeño paraíso, ya que entre casa y casa se podían ver jardines, todos ellos perfectamente cuidados, piscinas todavía vacías ya que el calor de verdad todavía no había llegado (aunque en algunos casos ya se oían los chapoteos de los más valientes) y barbacoas en casi cada rincón, se encontraba su hogar. Abrió la puerta del garaje con el mando a distancia, dejó aparcado el coche en su interior, y a pesar de que podía pasar al interior de la vivienda por una puerta situada en el mismo, decidió salir, cerrarlo de nuevo con el mando, y encaminarse al buzón de la entrada. No había correo. Se detuvo alzando la vista al cielo, tomó una gran bocanada de aire y empezó a llorar.

Hoy era un día especial. Martha hubiera cumplido años, la que había sido su compañera, su amante, su amiga, su mujer. No era muy grande, apenas algo más de metro y medio, pero llena de dulzura, de ternura, de amor. Si todavía estuviera viva, hoy le habría recibido en la puerta, con su melena rizada al viento, con aquella sonrisa capaz de enamorar hasta las estatuas de piedra y sobre todo con aquellos hermosos ojos verdes en los que tan a menudo se perdía. Pero Martha no estaba y eso nada podía cambiarlo. Retrocedió unos metros hasta la puerta blanca a la que se accedía tras subir dos pequeños escalones, sacó la llave del bolsillo y la abrió. El interior estaba limpio y ordenado, ya que aunque él no solía limpiar tenía una asistenta que venía tres veces por semana para que todo estuviera siempre a punto. Arrojó el maletín casi sin mirar sobre el sofá del gran salón, se desabrochó la corbata, se encaminó hacia la no menos enorme cocina, abrió la nevera y sacó una cerveza. La vació casi de un trago, dobló la lata con una mano y la arrojó al cubo de basura. Cogió otra, la abrió y tras dar un largo trago, volvió al salón. Se sentó junto al maletín, buscó entre los cojines el mando a distancia del televisor, no lo encontró, recordó que hoy era uno de los días en los que venía Cynthia, la asistenta a limpiar, echó un vistazo a la pequeña mesita de cristal situada a sus pies, entre el sofá y el televisor, lo encontró y encendió el aparato. Tenía sintonizada siempre la FOX, el canal 24 horas de noticias, pero nada interesante estaban dando. Dejó encendida la tele y volvió a la cocina, tenía hambre y necesitaba prepararse algo para comer. Era un excelente cocinero y cuando vivía con su mujer era él el que solía cocinar de vez en cuando, demostrando sus buenas dotes culinarias, pero ahora solo le apetecía una tortilla, tenía cosas que hacer en su despacho, en el que pasaba las horas que no estaba dando clase, el lugar que era su verdadera casa, el motivo que le quedaba para vivir tras la pérdida de su mujer.

Tras batir los huevos, calentar el aceite y verterlos en la sartén, buscó un plato en el altillo de la izquierda, removió ligeramente la mezcla que se estaba cocinando, echó una pizca de sal, especias y tras dejarla cuajar lo justo, la volcó en el plato. Apagó el fuego, pasó un papel limpio a la sartén que sólo utilizaba para ese menester, abrió el primer cajón del armario situado a su derecha, sacó un cuchillo, un tenedor y cogió un poco de pan. Volvió al salón y mientras degustaba su tortilla, se puso a ver las noticias. Salvo que ocurriese algo excepcional en el mundo, algo que cada vez empezaba a ser más cotidiano, como erupciones volcánicas, terremotos o atentados, las noticias estarían centradas en el país, luego darían paso a las locales, las deportivas, el tiempo… y vuelta a empezar, los presentadores irían cambiando cada pocas horas, pero todos dirían más o menos lo mismo. Al cabo de una hora, decidió que ya era suficiente, se levantó, apagó el televisor, se fue a la cocina, lavó el plato y los cubiertos, subió las escaleras, entró en el dormitorio principal, se cambió de atuendo por algo más cómodo y tras cruzar el pequeño pasillo que separaba esta habitación de su despacho, entró en él.

Una gran mesa de oficina negra, un sillón de cuero, y varias estanterías del techo al suelo, era todo lo que había. En las baldas libros de todas clases, pero sobre todo de misterio, junto con novelas de escritores variopintos, extranjeros y nacionales. Sobre la mesa un ordenador MAC, varias libretas de apuntes, algunos cubiletes llenos de bolígrafos y la foto de su mujer. Ella era la razón de lo que hacía en aquellas cuatro paredes y no descansaría hasta saber qué fue lo que le ocurrió, bueno lo que pasó estaba claro, lo que necesitaba saber es por qué pasó. Cerró los ojos para recordar aquel día, que permanecía grabado a fuego en su alma, que no podía olvidar, ni quería, y que se llevó lo que más amaba. Él era profesor de historia, ella psicóloga y amantes de la cultura en general. No se perdían las exposiciones temporales que el pequeño museo de la localidad traía, bien es cierto que no todas ellas de gran calidad, pero de vez en cuando algo de interés caía. Pero el mes de julio de 2010 se podía decir que les había tocado la lotería. El modesto museo tenía el privilegio de traer a sus ciudadanos una exposición sobre la cultura japonesa, algo exótico, envuelto en el misterio de una cultura milenaria, con más años de historia que todo el país junto. Por supuesto para los habitantes de aquella ciudad, la mayoría patriotas para lo que lo ajeno o no es bueno, o es inútil, la exposición pasó desapercibida, pero ellos, disfrutaron como niños entre uniformes de samuráis, catanas, y objetos cotidianos de aquellos tiempos. Como lo hicieron unos meses antes cuando se realizó una sobre la cultura egipcia, o el año anterior con la de la cultura maya.

Aquella noche el cielo lucía maravilloso, se podía casi contar las estrellas, la luna brillaba en todo su esplendor y una ligera brisa refrescaba, algo, el cálido ambiente. Eran felices, estaban enamorados, hacía tan buena temperatura que decidieron ir a pasear al borde del lago que estaba a pocos metros de la ciudad. Cogidos de la mano bordearon una buena parte del mismo, que no era muy grande, y se besaron varias veces. Bucólico, el paraíso, en aquellos momentos no había nada más hermoso sobre el planeta. Sobre las diez y media decidieron volver, el hambre tenía mucho que ver con esa decisión, y ya que habían estado viendo una exposición sobre la cultura oriental, que mejor que acabar la noche en el restaurante chino. Era bueno, barato y la comida era de una calidad más que aceptable, tampoco había donde comparar en la villa, era el único de ese tipo por la zona. Se había anunciado la apertura de otro, más grande y mejor situado, pero no se sabía cuándo. En la ciudad también se podían encontrar varios restaurantes de comida rápida, dos italianos, un restaurante de lujo, al que acudían cuando tenían algo que celebrar, que era algo caro, y decenas de bares y cafeterías. Para un lugar del tamaño de aquella urbe no estaba mal.

No tuvieron dificultad en encontrar una mesa vacía, algunas quedaban libres, pero con la variedad de lugares a los que acudir al final ocurría lo de siempre, todos ellos tenían clientela, pero ninguno se llenaba salvo algunos días sin causa aparente y sin que los festivos del calendario lo justificasen. Una joven china, o eso parecía ya que era difícil saber la edad real que tenía, les acompañó, les dejó la carta y con mucho sigilo se apartó para que pudiesen elegir con tranquilidad. El local estaba decorado con algunos elementos propios de la cultura china con grandes murales con dibujos de dragones, un gran acuario con algunas percas y una música ambiental agradable con el volumen adecuado para poder hablar sin dar voces y que se pudiese escuchar. Parecían una pareja de recién casados aunque llevaban más de cinco años, por las miradas que se lanzaban mientras miraban la carta y por las sonrisas que dejaban escapar. Cuando la camarera volvió tenían claro lo que iban a tomar, dos rollitos primavera, arroz de la casa, tallarines tres delicias y cerdo agridulce, todo regado con una botella de vino rosado. Con la misma discreción que la primera vez, la muchacha se retiró con sigilo y dejó que aquella pareja siguiera cogiéndose de la mano por encima de la mesa mientras se decían piropos el uno al otro.

Todo había estado delicioso y cuando les trajeron el chupito de licor de flores, regalo de la casa, ambos brindaron y Martha dijo:

—Tengo que ir al baño.

—No tardes, que te echo de menos— dijo Collins.

—No tardaré, no quiero dejarte solo más de lo necesario.

A partir de ese momento la situación en el interior del restaurante se volvió confusa. Todo era caos, la sangre cubría las paredes, las cabezas de los comensales allí reunidos rodaban por todas partes. Mientras una mujer menuda, de poco más de metro y medio, blandía una catana en sus manos, con la mirada vacía, inexpresiva, se paseaba por entre las mesas decapitando a cuantos hombres encontraba. Collins no daba crédito a lo que veía, aquella mujer no podía ser su dulce y encantadora esposa y sin embargo así era. Intentó acercarse a ella, le preguntó que ocurría, quiso calmarla, pero cada vez que lo hacía, su mujer esgrimía la catana ante él amenazante. Alguien tuvo que llamar a la policía puesto que lo siguiente que se escuchó fue:

—Dese la vuelta y tire el arma, despacio.

Cuando Collins miró hacia la puerta no daba crédito, un total de cinco hombres encañonaban a Martha y estaban dispuestos a todo. El capitán Jack le dirigió una mirada inquisitoria, preguntando, sin hacerlo, si podía dar una explicación de lo que estaba pasando, pero la expresión de aquel hombre cuya mujer tenía aquella espada entre las manos denotaba un sorpresa enorme y aterradora.

— ¡Dese la vuelta, suelte el arma o disparamos!— volvió a gritar Jack.

Martha poco a poco se giró hacia ellos, seguía blandiendo la catana con ambas manos, su mirada seguía ausente y su cara era el reflejo de la locura más grande. Permaneció inmóvil durante unos segundos, sin parpadear, sin dejar de mirar hacia ninguna parte. Los policías se habían acercado un poco, mientras en el restaurante las mujeres lloraban sobre los cadáveres de sus maridos abatidos, el personal se escondía tras el mostrador de las bebidas y el resto de comensales huían despavoridos sin preocuparse si durante su caída golpeaban las mesas tirando al suelo lo que sobre ellas había. Al final solo quedaron ellos, Collins medio agazapado en un rincón incapaz de decir nada, su mujer espada en mano en medio del comedor, y los agentes a escasos metros de ella, pistola en mano.

—Señora Shine, por favor, deje la catana— intentó endulzar la situación el capitán Jack, que conocía al matrimonio desde hacía un par de años. Todos aquellos hombres los conocían, toda la ciudad los conocía de hecho ya que siempre habían sido una pareja encantadora y jamás se habían metido en líos.

—Cariño, ¿qué te pasa?— balbuceó Collins— Deja la catana amor mío. ¿Qué has hecho? ¿Qué te pasa?

No obtuvo respuesta.

— ¡Por última vez, deje la…!

El agente que había pronunciado la frase no pudo acabarla, Martha se abalanzó sobre ellos, no tuvieron más remedio que usar sus armas. Los primeros disparos le dieron de lleno y consiguió tambalearse un poco, pero siguió avanzando como si nada. Con el primero de aquellos tiros, una persona normal habría caído muerta de inmediato, y sin embargo aquel pequeño cuerpo parecía disponer de una fuerza que nadie imaginaba. Consiguió alcanzar con la catana a uno de los hombres en un brazo provocándole un corte importante, pero no dejó nunca el arma. Tuvieron que dispararle un total de 25 veces para abatirla, e incluso así, una vez hubo caído intentó levantarse de nuevo. La remataron de un tiro en la cabeza. Era imposible, pero todos lo habían visto. Aún quedaba lo mejor o lo más sorprendente. Cuando dos de aquellos policías se dirigieron hacia Collins, que seguía sin reaccionar, mientras el capitán intentaba vendar con trozos de los manteles el brazo de su compañero, Martha se irguió por última vez, dijo algo que para todos ellos resultó incomprensible, parecía japonés o chino, y murió. No hubo más sorpresas.

Poco después los servicios médicos llegaban al restaurante, mientras la policía local intentaba poner un poco de orden en aquel caos. Cuatro hombres decapitados, un agente de policía herido grave, varios clientes, entre ellas las mujeres de las víctimas y empleados con ataques de ansiedad, un hombre medio catatónico que no daba crédito a lo que su mujer había hecho, pero lo que nadie entendía: ¿cómo era posible que la dulce y encantadora Martha, pequeña pero llena de simpatía, hubiese sido capaz de semejante masacre? No encajaba. Durante varios días, tras su paso y posterior recuperación en el hospital local, fue interrogado no solo por los agentes locales, sino por miembros de otras agencias gubernamentales que estaban especialmente interesadas en el caso. No pudo dar ninguna respuesta lógica. Su mujer nunca había sufrido episodios de locura o paranoia, no tenía antecedentes de demencia en la familia, y jamás mostró síntomas de odio hacia otros tipos de cultura. Era una mujer adorable, llena de amor, cariñosa y siempre dispuesta a ayudar a los demás. Toda la comunidad local la quería, ella se hacía querer.

Cuando dejaron de agobiarle con preguntas para las que no tenía respuesta, cuando dejaron de acosarle los periodistas sin escrúpulos buscando sacar tajada de una desgracia, cuando el tiempo atemperó los ánimos y recobró algo la vitalidad de antaño; fue entonces cuando quiso respuestas. Su mujer había sido abatida por la policía, eso era incuestionable, pero algo tuvo que pasar para que aquella inocente criatura cogiese una catana de las que adornaban las paredes del restaurante y de las que nunca llegó a imaginar que fuesen tan reales, para actuar de la manera en la que lo hizo. Era todo tan raro que por fuerza tuvo que ocurrir algo que se le escapaba. Luego, al cabo de unos meses, y con la claridad que da la distancia en el tiempo de los acontecimientos, se hizo otra serie de preguntas de las que no podía contestar. Pero la más inquietante de todas era: ¿por qué sólo mató a hombres? Pudo haber decapitado a más gente, incluso pasó junto a una mujer que intentó pararla cuando la primera cabeza rodó, y no lo hizo, simplemente la apartó con la mano y siguió su cacería. Solo hombres.

Esa escena la tenía tan nítida en su mente que si se la hubiesen enseñado grabada, él podría anticiparse a todo lo que le mostrasen puesto que llevaba reviviéndola una y otra vez en los últimos cinco años. Primero uno de los camareros se acercó a ella cuando volvía del baño y cogía la catana de la pared, suponía que le dijo que no cogiese nada ya que todo era parte de la decoración, pero desde donde él estaba no pudo escucharlo. Luego un cliente en la primera mesa, que no tuvo ocasión de verla venir puesto que estaba de espaldas; fue ahí cuando el caos se apoderó de todos, la gente empezó a levantarse intentando huir, justo en ese momento otra cabeza rodaba, y es ahí cuando una mujer se plantó delante de ella, y ni siquiera la amenazó con la catana, la apartó con la mano y decapitó al último, un pobre hombre al que se le había caído la tarjeta de crédito al suelo cuando intentó recogerla de la mesa. No tuvo opción de defenderse, y el siguiente hubiese sido él si la policía no llega a aparecer. Sorprendente también la rapidez con que lo hicieron. La investigación apenas prosperó, nadie se preguntó los motivos que llevaron a esa mujer a cometer aquellos asesinatos, tan solo se limitaron a confirmarlos y punto. Era culpable, no había nada más que decir, pero para él quedaba mucho por decir, ahí empezó su obsesión para encontrar una razón, una sola, para entender que pasó por la cabeza de su mujer.

Y allí estaba en su despacho, un día más, navegando por internet, sin saber que buscar en realidad. Una de las primeras cosas que hizo fue preguntar a sicólogos, a psiquiatras, a los mejores neurólogos del país si ese comportamiento podía estar asociado a algún tipo de patología de enfermos mentales, pero nadie supo decirle nada en concreto, como mucho que todo había sido debido a un brote sicótico, de origen desconocido, ya que nunca había manifestado brotes parecidos en la antigüedad, ni sufría ninguna enfermedad mental. Nada que él no supiera. Luego buscó en la red, gran aliada de aquellos que quieren oír lo que les gusta y no lo que los especialistas dicen; ¿cómo se podía explicar un ataque sicótico como el que su mujer había sufrido? No encontró nada, tan solo gilipolleces de gente aburrida que no tiene nada mejor que hacer que entretenerse en escribir tonterías en la red: que si traumas infantiles, padres maltratadores, bullying adolescente, y cosas parecidas. Nada que pudiese aplicarse a su esposa. Entonces volvía a hacerse las preguntas que le atormentaban una y otra vez: ¿Qué le pasó por la cabeza a Martha para hacer semejante carnicería? ¿Por qué hubo que dispararle 25 veces para abatirla? Y la última, que no menos importante, ¿por qué sólo murieron hombres? No tenía ningún sentido. Si algo le había dejado claro los especialistas consultados es que cuando alguien sufre algún tipo de enajenación mental y comete una masacre de ese tipo, no repara en sexos, ni en edades, ni en razas. Sin embargo su mujer pareció elegir a quién matar, hasta él fue uno de los objetivos. Preguntas sin respuestas, y cada vez que intentaba encontrar las segundas, las primeras se acumulaban.

Así estuvo cinco años, intentando encontrar una explicación científica a lo sucedido. No había ninguna. Entonces pensó que si lo racional no podía ofrecer una respuesta lógica, tendría que empezar a pensar en lo irracional, aquello que llevaba toda su vida negando. Escribió en el navegador de su ordenador “Masacres realizadas por mujeres”. La búsqueda no pareció darle una respuesta adecuada, allí sobre todo aparecían matanzas en el que las víctimas eran mujeres; fue acotando lo que quería buscar y finalmente el navegador empezó a escupir respuestas sorprendentes e inquietantes. Se centró en las más recientes y sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. En los últimos cinco años, contando la de Martha, aparecían otras siete ejecuciones similares, con diferentes armas, en diferentes lugares del mundo tan distantes entre sí que no parecían tener ninguna relación. No tardó en encontrar ese nexo de unión tras leerlas todas con detenimiento y tomar algunas notas en su cuaderno. Esas masacres habían sido realizadas por mujeres, y todas las víctimas habían sido hombres, exclusivamente. Había más puntos semejantes, todas las asesinas, menos una tuvieron que abatirlas o matarlas de alguna forma, y para hacerlo se necesitó mucha más munición de lo necesario, incluso una de ellas, tras recibir varios disparos, cayó desde un piso treinta pero ni el golpe impidió que se irguiese y pronunciase unas palabras antes de caer finalmente muerta. La única que consiguieron reducir fue condenada a cadena perpetua. Estaba catatónica, completamente ida, necesitando atención las 24 horas.

—Las casualidades no existen— se dijo mientras anotaba algunas cosas en el cuaderno.

Cogió uno de los atlas que tenía de su época de estudiante y empezó a marcar con un círculo las ciudades en las que se habían producido esas anomalías, Geográficamente no había nada que pudiese servir de nexo de unión, los lugares estaban repartidos en todos los continentes. Buscó información de cada una de aquellas poblaciones y anotó los detalles en su cuaderno, por fin encontró algo en común, eran ciudades pequeñas como la suya, pero eso era muy pobre, tenía que haber algo más. Estuvo durante varias horas pegado al ordenador y no consiguió nada más, tendría que dejarlo para otro día, ya era de madrugada y aunque era fin de semana y no tenía que ir al colegio, era mejor descansar. Antes de apagar definitivamente la computadora, una idea cruzó por su mente, visitaría aquellos lugares en persona, tal vez así encontraría algo que de otro modo no conseguía ver. Miró su cuenta bancaria y tras comprobar que podría hacer frente a esos gastos, decidió que se pediría un año sabático. No tendría problemas para conseguirlo, era un profesor querido y respetado, nunca había sufrido baja alguna, salvo los días que estuvo ingresado tras el incidente de su mujer.

Finalmente apagó el ordenador, el lunes hablaría con el director del colegio, y en una semana planificaría con detenimiento la ruta más adecuada a seguir para poder visitar todos aquellos lugares, iría uno por uno, hablaría con quién fuese necesario, removería cielo y tierra, pero encontraría que fue lo que le pasó a su mujer, aunque fuese lo último que hiciese. Se dirigió a su dormitorio, se desvistió sin preocuparse en colocar la ropa en el gabán, y se metió en la cama. En apenas unos minutos quedó profundamente dormido. El fin de semana transcurrió de la misma manera, pegado al ordenador, acostándose tarde y durmiendo poco.

A pesar de haber dormido poco, no tuvo problemas para levantarse el lunes cuando su despertador sonó. Se dio una ducha rápida, desayunó y se marchó al centro docente donde impartía clases con la idea de pedir un año de excedencia. Era consciente que con el curso empezado iba a ser complicado, pero por otro lado estaba seguro de no le iba a suponer una gran dificultad. Le unía una gran amistad con el director, no había tenido nunca bajas y esperaba que todo eso pudiese influir para conseguir sus fines. Cuando se montó en el coche, pensó brevemente sobre lo que había descubierto la noche anterior, eran tantos casos similares a los de su esposa que no podía ser casualidad, ahora llegaba lo difícil, encontrar algo en común en todos ellos. El día había despertado con el cielo despejado, una temperatura muy agradable, se podía decir que por primera vez en muchos meses su corazón también estaba despejado de esas nubes de tristeza que lo nublaron desde la muerte de Martha. Al menos había conseguido tener una noche tranquila, sin malos sueños, y eso ya era mucho.

Mientras recorría la distancia que le separaba del colegio, siguió reflexionando sobre lo que había encontrado el fin de semana. Eso hacía que se sintiese con fuerzas renovadas, ya que podía encontrar, por fin, una razón para lo que pasó por la mente de su mujer el día en que, catana en mano, acabó con los sueños, y la vida de cuatro personas. Lo que más le dolía de aquello es que algunos vecinos, evidentemente aquellos que fueron las víctimas de la masacre, la llamasen asesina sin más, sin plantearse que Martha nunca fue una mujer violenta, era todo lo contrario. La dulzura con la que siempre había tratado a todo el mundo era conocida. Sin embargo para los que perdieron la vida de un ser querido esa noche, lo único que importaba es que una asesina, sin importar nada más, había arruinado para siempre su existencia. Algunos de esos no volvieron a hablarle nunca, no habían entendido que él también era una víctima más. Pero no importaba, había que seguir adelante y ahora lo único importante era demostrar, no por los demás, sino por sus propias convicciones, las causas de todo. Mientras pensaba en todo ello, llegó a su destino, aparcó el coche en la zona de profesores, recogió el maletín del asiento del acompañante, salió, se dirigió a la entrada, saludó a alguno de sus compañeros que llegaban en ese momento, esquivó un par de críos que corrían hacia sus clases tras llegar con la hora justa y entró en su aula. Fue la última vez que lo hizo, tras acabar la jornada laboral habló con su director que no puso pegas a su petición de excedencia.

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PRIMICIA: CAPITULO UNO DE MI PRÓXIMA NOVELA

Sí has leído bien, te ofrezco la oportunidad de leer el primer capítulo de la novela que este año verá la luz: El ídolo de jade. Una novela con escenarios como la Casa Blanca, el Vaticano, la Estación Espacial Internacional y la ciudad de Toledo, donde transcurre una buena parte de la historia y el desenlace. ¿Quieres saber más? Pues te animo a seguir este blog, iré anunciando novedades en cuanto las conozca. Y ahora besos y abrazos a repartir, disfrutad de la lectura.

CAPÍTULO UNO – Extraños paisajes

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No sabía muy bien dónde se encontraba. Nada de lo que veía a su alrededor le resultaba remotamente conocido. Todo lo que conseguía divisar era una enorme pradera, de hierba mullida y húmeda, que notaba porque correteaba descalzo. Ni la ropa que llevaba le resultaba familiar. El cielo estaba plagado de estrellas, bien es cierto, pero ninguna de aquellas constelaciones le era conocida, incluso el olor del aire era rancio, distinto al que podía respirar en cualquier sitio. Pero lo más sorprendente era el color de aquella hierba, era azulada. De hecho todo el paisaje que le rodeaba era extraño, los árboles que se divisaban al fondo, a la derecha, tenían un no menos sorprendente color morado, y los troncos eran de un amarillo aún más increíble. Sobre su cabeza no se vislumbraba una hermosa y crateada luna, sino varias, aunque no tan grandes. Aquello no tenía ningún sentido. Como tampoco lo tenía la perspectiva que tenía ante sí, era extraña, ajena a todo lo que conocía. Se rascó la cabeza incrédulo. ¿Qué estaba pasando?

Siguió caminando, absorto en el paisaje que le rodeaba. Aunque extraño, era hermoso, desconcertante, pero bello. Todo cuanto veía estaba envuelto en una fantasmagórica sombra, no menos insólita que todo cuanto su vista alcanzaba a ver. Volvió a levantar la mirada y observó el cielo sobre su cabeza. No entendía nada, ninguna de aquellas constelaciones tenía sentido. Por un instante se sintió mareado, era como si el enviciado aire que respiraba le faltase. Se detuvo y se sentó sobre la húmeda hierba, necesitaba sentir el frescor de la misma sobre su piel. Optó por tumbarse y, tras colocar las manos en la nuca, se extendió sobre la interminable pradera que era lo único, junto con el morado bosque, que se divisaba en el horizonte. Entonces su turbación aumentó. Ahora que contemplaba con detenimiento el movimiento de las estrellas se estremeció: giraban en sentido contrario al que tenían que hacerlo o, para ser más precisos, era el suelo en el que se encontraba el que lo hacía.

Pero aquello no tenía ningún sentido. Se incorporó como movido por un resorte, había escuchado algo. Se puso de pie y observó todo lo que había a su alrededor y un escalofrío le recorrió cuando contempló que el paisaje que le envolvía había cambiado. El bosque de árboles morados se encontraba más lejos que cuando se tumbó sobre la hierba, y en aquella llanura en la que no se divisaba nada en el horizonte se vislumbraban ahora unas colinas. Aquello ya era el colmo. Nada de todo aquello tenía explicación racional. Empezó a caminar de nuevo, hacia los collados que parecían mucho más cercanos que unos segundos antes, aunque ya no estaba seguro ni de las distancias, ni del tiempo, ni de nada. Tenía dificultades para respirar, el aire que llegaba a sus pulmones estaba enrarecido y a cada paso que daba la dificultad aumentaba. Finalmente tuvo que detenerse y sentarse de nuevo sobre la azulada alfombra de hierba que cubría todo. Notaba cómo el pecho subía y bajaba aceleradamente, intentando llenarse de un cada vez más escaso aire. De repente un sonido espectral hizo erizar el vello de su cuerpo. No sabía definir qué era, parecía un graznido, un aullido, un bramido, o solo Dios sabe qué. Volvió a escucharlo y esta vez un escalofrío le recorrió. Aquello sonaba demoniaco. Se incorporó nuevamente y, a pesar del escaso aire que le rodeaba, corrió con todas las ganas con las que fue capaz, pero sufrió un nuevo sobresalto: ya no había colinas frente a él, y el bosque ya no estaba a su izquierda, se había desplazado, sin saber de qué manera a su derecha.

Miró hacia el firmamento negro como el azabache que le envolvía como una túnica de purpurina, y seguía sin reconocer ninguna de las constelaciones que divisaba, y las numerosas lunas que había visto anteriormente seguían estando ahí, como guardianes fieles a su señor, custodiando al planeta que giraba implacable acompasando su rotación con las de ellas. Fue entonces cuando volvió a oír el desgarrador sonido de antes, ahora sonaba más cercano, más aterrador. Conjuntamente se oía el sonido del aire al ser batido por unas alas, pero no quiso mirar atrás, sonaba demasiado fuerte para ser simplemente una mariposa, tenía que ser enorme, y por un instante pensó que eso le perseguía, que él era la presa, y aquello, fuera lo que fuese, era el cazador. No tenía escapatoria, no había nada en lo que esconderse, ante sí solo había una pradera enorme, de hierba azul. Notaba el aliento pútrido sobre su nuca, y el grito que surgía de aquella garganta tenía la capacidad de asustarle, le penetraba hasta los tuétanos y le desgarraba el alma. Seguía con su ciega carrera hacia ninguna parte, con el peso de unos pulmones ardiendo por la falta de aire respirable, con la angustia y la desesperación por únicas compañeras.

No supo si fue el instinto, la fatiga o el pánico, pero en el preciso instante en el que aquello se abalanzaba sobre él, se tiró al suelo notando como las garras de aquella abominación le rasgaban la espalda. Entonces, y sólo entonces, se atrevió a mirarlo. No había palabras para describir semejante horror. Volaba, pero no era un pájaro, tenía alas, pero ningún animal conocido las tenía tan enormes y membranosas. El cuello era largo, parecía un dragón, pero los ojos refulgían terror por todas partes. Aquello no echaba fuego por la boca, pero los sonidos que brotaban de aquella garganta, si es que aquello la podía tener, eran espeluznantes. El pánico le atenazó de nuevo cuando viró en el aire y se dirigió hacia él. Aquella boca era lo más pavoroso que había visto nunca. Tenía cientos o miles de dientes finos como agujas y afilados como cuchillas de afeitar. La mandíbula se abría y cerraba a una velocidad vertiginosa y cualquier cosa que cayese en ella sería triturada y destrozada en segundos. No podía moverse, el pánico le inmovilizaba, le atenazaba, un sudor frío recorría su cuerpo, y la respiración le fallaba. Cerró los ojos y una oración se escapó de sus labios, solo le quedaba esperar el final.

Cuando abrió los ojos seguía en el mismo sitio, sobre la pradera interminable de color azul que era su compañera desde hacía un buen rato, pero no había ni rastro de aquella horripilante criatura voladora. Se incorporó y respiró, hasta el aire parecía menos enviciado. Seguía sin comprender cómo había llegado allí, donde fuera que estuviera, ni qué era ese paisaje que le envolvía, y se pellizcó para comprobar que no estaba soñando, que todo era real. El dolor que sintió al hacerlo le mostró la cruda realidad: no era un sueño. Entonces todo aquello tenía que ser cierto, pero él no conocía ningún lugar parecido y tan extraño como ese. Notó la humedad en los pies y constató que seguía descalzo, eso tampoco era normal en alguien al que no le gustaba andar sin zapatos ni siquiera en su propia casa. Miró todo lo que rodeaba, pero no había mucho que describir. El bosque había desaparecido por completo y ya no había ni rastro de las colinas, tan sólo se veía una enorme e interminable llanura alfombrada de fina hierba.

Entonces se quedó paralizado, como hipnotizado, algo le había hablado, pero el sonido no llegó a través de sus oídos, si no directamente a su cerebro. Como un autómata empezó a caminar en línea recta, sin parpadear, aquello le llamaba, le reclamaba, quería que llegase junto a él, que lo encontrara, necesitaba ser exaltado, honrado, idolatrado. Era el llamado de un dios hacia su súbdito. Y allí sólo estaba él. Durante una eternidad, o eso le parecía, estuvo caminando en línea recta, hacia ninguna parte, siguiendo la voz que le hablaba y que era penetrante, autoritaria, poderosa. Nada podía hacer para negarse a seguirla, entre otras razones porque no tenía conciencia, aquello era dueño de sus pasos, de su mente, de su ser.

La temperatura había descendido, empezaba a hacer fresco, aunque lo más correcto sería decir que hacía frío. Una fina capa de ¿nieve? empezó a caer. Tenía que ser eso, aunque el tono verdoso de aquellos copos era otra extrañeza más en aquel mundo de locura. Sin embargo sólo había una orden que se repetía una y otra vez en su cerebro: “tienes que encontrarme, necesito ser hallado”. No sabía decir si era de noche o de día, tampoco sabía si caminaba hacia el norte o hacia el sur, lo único constatable era esa capa verduzca que cada vez se hacía más espesa bajo sus pies, y que empezaba a dificultarle su marcha. Una estrella fugaz cruzó el firmamento, y a ésta le siguió otra, de un extraño color rojizo, que tardó bastante tiempo en desaparecer. Sobre una de las lunas que vislumbraba, un extraño fulgor se observaba, como si un volcán hubiese entrado en erupción. Las estrellas empezaron a cambiar de color, pasaron del blanco, al azul, al verde, al morado, al rojo. El firmamento parecía un enorme árbol de navidad, sólo faltaba un coro de ángeles gritando: ¡Aleluya!, para redondear el panorama. Y sin embargo él era ajeno a todo aquello, su propósito era seguir hacia adelante, sin desfallecer, sin detenerse, sin flaquear ante su señor. Ya había olvidado el tiempo que llevaba caminando, podía ser una eternidad, o sólo un minuto, pero aquella nieve verdosa cada vez formaba una capa más grande a sus pies, y eso era señal de que llevaba, sin duda, mucho tiempo haciéndolo.

Entonces lo vio. Era un extraño resplandor verde, de un tono mucho oscuro que la nieve, que parecía provenir del medio de aquella pradera azulada que era todo el universo que le rodeaba. No era solo un brillo lo que se veía en medio de aquella nada, al fulgor le acompañaba un sonido, penetrante, como un zumbido, o como una señal de radio. Sin saberlo, había llegado a su destino. Cuando estuvo junto al punto que emitía aquel extraño resplandor, se arrodilló y empezó a escarbar en la nieve. No importaba si el frío le penetraba y le atravesaba la piel, no importaba si el color morado hacía presencia sobre su epidermis, tenía que extraer aquello de donde se encontraba. Entonces la nieve que caía a su alrededor dejó de hacerlo sobre el lugar donde él se encontraba, era como si aquel pequeño reducto fuese inmune a las inclemencias del tiempo que le rodeaba. Sus manos sangraban mientras continuaban excavando bajo la azulada hierba de la pradera, en el punto donde aquel extraño fulgor surgía de las profundidades de la tierra. Continúo así, abriendo un agujero cada vez más grande mientras ni un solo copo de nieve caía sobre él y a su alrededor la montaña verdosa cada vez era mayor, hasta que al final lo encontró.

Reía, su risa era demencial, loca, parecía ajena a todo y a todos. Pero su rostro lo era todavía más. Aquel semblante era la locura personificada. Sacudía la cabeza de arriba hacia abajo, mientras la baba corría por su mandíbula y caía sobre el agujero abierto bajo su cuerpo. Aquella voz en su cabeza seguía hablándole, pero ya no le decía que le buscase, ya no le suplicaba que le hallase, ahora simplemente le pedía que le adorase. Aquella voz surgía de las profundidades de aquel boquete. Y de rodillas, tal y como estaba, clamó:

—Heme aquí, soy tu siervo.

Sólo obtuvo una respuesta:

—Tu dios ha hablado, obedece.

Su sonrisa se había transformado, ya no era una simple mueca. Se había convertido en una carcajada desquiciada y aterradora. Extendió sus brazos y cogió la figura de la que parecía proceder aquel sonido y aquella voz. La acarició, y mientras lo hacía su rostro dejó el último resquicio de cordura que le quedaba y se hundió en la locura más absoluta.

—Yo te serviré, para siempre, yo te serviré.

Era lo único que repetía una y otra vez.

Al principio no fue consciente, pero junto a él había más gente, más rostros desencajados, en los que la locura había tomado las riendas. Todos abrazaban un objeto parecido, todos parecían idos. 

2

Se despertó empapado en sudor, y con una extraña sensación. Tenía frío, sus pies estaban mojados y balbuceaba palabras incoherentes. Por un momento no supo ni dónde se encontraba ni quién era. Pero fue una sensación pasajera. Estaba en su cama, en su apartamento situado en el centro de la ciudad, y todo había sido un mal sueño. ¿Seguro? Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que algo no iba bien? Se levantó, necesitaba ir al baño, mojarse la cara y despejarse para comprobar la realidad de sus afirmaciones. Se levantó tambaleante, con paso indeciso, como si el suelo que pisase le resultase extraño. Eso era. Estaba acostumbrado a caminar sobre una mullida capa de hierba… pero eso había sido un sueño. Se rascó la cabeza e intentó serenarse, pero ¿tenía algún motivo para hacerlo? Las pesadillas son sólo eso, pesadillas, aunque parezcan reales.

Con dificultad consiguió llegar al lavabo, encendió la luz y se miró en el espejo. Al momento palideció. Su cabello, otrora moreno, era ahora blanco, sus manos estaban ensangrentadas, como… como si hubiese estado excavando. Y entre sus dedos pudo vislumbrar algunas briznas de hierba, de un azul precioso. Aquello no podía ser. Todo había sido un sueño…, ¿o no? Finamente la locura se apoderó de él cuando oyó una voz, tan conocida, tan nítida, tan familiar, que era como si siempre hubiese formado parte de su vida, que repetía una y otra vez, con la misma cadencia, con el mismo monocorde tono autoritario y posesivo:

—Vuelvo para reinar para siempre.

Se desmayó.

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UN RELATO DEL LIBRO ¿HAY ALGUIEN AQUI?

Para celebrar la inminente salida de la nueva edición de mi libro de relatos ¿Hay alguien aquí?, os dejo otro de los que aparecen en él. Espero que os guste. Besos y abrazos a repartir. Nos vemos.

DESDE MI VENTANA

Hoy llueve, con insistencia, no ha dejado de hacerlo desde que amaneció. Y desde entonces estoy aquí, asomado a mi ventana, contemplando la ciudad desde la atalaya de mi habitación. Me encantan esos días pasados por agua, me gusta contemplar la lluvia golpeando los cristales, ese sonido que producen las gotas al impactar contra la ventana, es música para mis oídos. Y si estoy pegado a la ventana es porque no puedo pasear, soy preso de mi silla de ruedas a la que estoy pegado desde que sufrí un terrible accidente hace ya algunos años. Me he acostumbrado a dormir poco y a mirar mucho. Conozco a todos mis vecinos, sé la rutina que hacen cada día, las horas a las que salen a comprar, o a pasear, o a llevar a sus niños al colegio. Conozco de memoria el itinerario que realiza el cartero o los camiones de reparto, es lo que tiene vivir pegado a estos cristales. Me gustaría formar parte de ese bullicio, pero me tengo que conformar con ser un mero observador.

Hoy es lunes, puede que sea irrelevante pero para lo que voy a contaros, para lo que he sido testigo, tiene mucha importancia ya que algo rompió la rutina a la que estoy acostumbrado. Estaba contemplando el paseo diario de mi vecina con su perro, pequeño y peludo más parecido a una rata que a otra cosa, cuando de repente, sí, de repente, de improviso, vi a un hombre con un largo abrigo negro que le llegaba casi a los pies, y un sombrero también negro. Apareció de la nada, ya que aunque me encontraba mirando hacia mi izquierda y él lo había hecho por la derecha, no hubiese tenido tiempo material de llegar al lugar al que se encontraba. Además hay otro detalle que me reafirma en lo dicho, cuando lo vi por primera vez, estaba difuminado y poco a poco fue tomando forma, hasta quedar completamente definido. Me asusté, era algo que nunca antes había contemplado. Pero también infundía miedo el aspecto que tenía. Era muy delgado, de una gran palidez, y tenía unas ojeras terriblemente definidas, y tan pronunciadas, que parecía un cadáver. Su estatura rondaría los dos metros, y junto con el abrigo largo y el sombrero tenía el aspecto de alguien surgido de alguna novela o película de terror.

Caminó de un lado para otro, pero tan solo unos metros y de vez en cuando se detenía, levantaba la cabeza, y volvía sobre sus pasos. Al principio estaba aturdido, no imaginaba que significaba aquello, pero al final lo comprendí, olfateaba el aire. Mi vecina pasó junto a él pero no pareció fijarse en aquella figura espigada, tan solo se desvió ligeramente del camino que llevaba y prosiguió su ruta junto con su can. El hombre se giró y un amago de sonrisa se dibujó en aquel rostro blanquecino, casi cadavérico. Pero no tardó en girarse de nuevo y seguir con aquel extraño ritual.

Miro el reloj, son apenas las nueve menos diez de una lluviosa mañana de un lunes de otoño. Dentro de cinco minutos Isabel, la vecina de enfrente, una preciosa mujer morena de ojos negros, saldrá del portal, caminará hacia la izquierda, cruzará la calle, y se sentará en la parada del autobús, donde cogerá el 50, como todos los días de la semana menos el sábado y el domingo. Supongo que se dirige al trabajo, y digo supongo, porque aunque conozco todos los movimientos de todos aquellos que cruzan esta calle, ignoro donde van después ya que nadie me lo dice y cuando salgo, no puedo seguirlos. Pero de repente el hombre se detiene, se acerca a la entrada del edificio y sonríe. Entonces ocurre algo que me deja anonadado, sin abrir la puerta, atraviesa la misma, como si de un fantasma o un espectro se tratase, dejando tras de sí un trazo, como un jirón. No sé lo que ocurre dentro, tan sólo soy espectador de lo que ocurre sobre la calle, sobre las aceras, pero ni puedo, ni quiero ver más allá.

Pero esta mañana, a las nueve menos cinco, Patricia no ha salido del edificio, ni ha cruzado la calle, ni se ha sentado en la parada del autobús. A esa hora lo único que abandonaba el inmueble era una figura alta, delgada y vestida de negro. Sus ojeras habían desaparecido, su rostro tenía un aspecto mucho más lozano que unos minutos antes, y sonreía. Levantó de nuevo la cabeza, pero esta vez no parecía olfatear, de improviso se detuvo, alzó la vista hacia mi ventana, levantó un dedo señalándome, esbozó una tenue sonrisa, y tal y como había aparecido, se fue, desdibujándose, esa es la expresión correcta. Permanecí unos minutos más contemplando el vacío que antes había ocupado aquel hombre, asustado y temerosos por lo que había visto, sin entender que significaba aquel gesto, pero el terror recorría cada célula de mi cuerpo.

Sigo tratando de comprender lo sucedido, pero no encuentro ninguna explicación racional. Patricia sigue sin salir, y desde que yo recuerdo, nunca ha faltado a esa cita semanal con el autobús, nunca la he visto toser o estornudar, o enferma, por eso cuando a las nueve y cuarto, la morena de cuerpo espectacular, seguía sin aparecer, el terror que me recorría se convirtió en pánico. Me incliné un poco hacia adelante y abrí la ventana, tenía la necesidad de respirar el aire enviciado de la ciudad, ya que sin saber muy bien el motivo me empezaba a agobia con el de mi habitación. Justo en ese momento, oí un grito que venía del edificio de enfrente, y me preparé para lo peor. Intenté asomarme un poco al exterior, pero era preferible no tentar a la suerte ya que si me inclinaba demasiado podía caerme y sería difícil incorporarme. Lo único que me quedaba por hacer era asomar la oreja e intentar escuchar lo que ocurría. Veía como la gente corría hacia el interior del inmueble y una señora vestida con una bata de andar por casa hacía aspavientos con las manos pidiendo ayuda.

Al principio todo era caos, ya que entre las voces de los que llegaban y los de aquella señora, era difícil entender nada, pero poco a poco las voces se fueron aclarando, el bullicio disminuyendo y pude entender algo. La vecina de la bata, la que chillaba como una histérica, vio un charco de sangre bajo la puerta de la joven morena, llamó a la puerta y como no obtuvo respuesta, se asustó. Alertó a todos aquellos que se encontró a su paso, y casi los arrastró al interior. Parece ser que alguien llamó a la policía porque algunos minutos después vi un par de vehículos con sus luces azules brillantes que llegaban, y al detenerse, cuatro hombres descendieron, permanecieron un rato en el interior y uno de ellos salió. Se puso en contacto por radio con alguien y pasados otro puñado de minutos otro coche apareció. Me quedé de piedra cuando media hora más tarde, un coche fúnebre hacía su aparición. Poco después el cadáver de Patricia era introducido en el mismo. El vecindario estaba conmovido, era una joven hermosa y todo el mundo la quería y la apreciaba.

Lo que me dejó atónito fue lo que escuché que un policía le decía a su compañero: aquella mujer había sido asesinada, no era un suicidio, pero no tenía sentido, ya que todas las ventanas y puertas estaban cerradas desde dentro y por lo tanto nadie había podido salir o entrar. Entonces un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y la imagen de aquel hombre vestido de negro apareció ante mí. ¿Había alguna relación entre la muerte de aquella mujer y la inesperada aparición del mismo? Estaba convencido que sí, pero ¿cómo había sido capaz de penetrar en aquel edificio, matarla y salir de nuevo sin abrir ni cerrar ninguna puerta? Entonces me acordé de la forma tan misteriosa en la que le vi atravesar aquellos muros y me estremecí. Se me ocurrió llamar a la policía y contarles lo que había visto, pero ¿sería creíble?

El ajetreo en el exterior de la calle duró todavía un par de horas más. Finalmente, cuando el mediodía hacía su aparición, todo volvió a la normalidad, aunque la lluvia no dejó de caer. Tras comer algo e intentar relajarme, volví a mi puesto de observación y comprobé como la rutina se había instalado, demasiado rápido tal vez sobre aquel asfalto en el que las lágrimas derramadas horas antes ya habían desaparecido. Entonces apareció de nuevo, así de repente, de la nada. Aquella figura alta, pálida, con enormes ojeras, sombrero y abrigo largo y negro. Volvía a tener el aspecto enfermizo de la primera vez, y empecé a temer lo peor. Levantó la vista y me miró, un amago de sonrisa apareció en aquel rostro desteñido, me apuntó con el dedo y de la misma manera en la que había aparecido, se esfumó, o debería decir que se desdibujó, ya que fue difuminándose poco a poco, como si alguien lo estuviese borrando. Y justo en ese momento apareció delante de mí, en mi habitación. Yo temblaba de miedo mientras aquel ¿hombre? avanzaba hacia mí mientas su largo dedo índice me señalaba amenazante. Fue cuando escuché su voz cuando el pánico me invadió. Su voz parecía provenir de ultratumba, era aterradora, y fue lo que dijo lo que me sumió en un estado de desesperación absoluta:

-Me voy, pero volveré, no me iré de este mundo sin tu alma.

Y se volatizó. Miré de nuevo por la ventana para ver si lo volvía a ver, pero la calle estaba como siempre, con su rutina, con sus idas y venidas, con su gente, pero cuando vi a un grupo de personas correr hacia la izquierda supe que algo que se salía de lo normal había ocurrido. Intenté abrir la ventana, tenía que escuchar lo que ocurría allí fuera y aunque con gran esfuerzo lo conseguí, las voces me llegaban difusas, debido sin duda a que se encontraban a bastante distancia de mi ventana, pero lo poco que llegué a escuchar hizo que el vello se me erizase. Un hombre estaba muerto junto al banco en el que siempre se sentaba, su rostro tenía una mueca aterradora, al menos eso fue lo que me pareció entender, y había sangre por todas partes. Aquí la conversación se convirtió en algo inteligible ya que se mezclaban varias voces y todas ellas querían predominar sobre las otras, pero entre tanta marabunta conseguí escuchar algo que sigo teniendo grabado en mi mente a fuego:

-Le faltan los ojos, alguien se los ha arrancado.

Entonces, en el otro extremo de la calle lo volví a ver. Aquel hombre envuelto en su abrigo negro, sonreía, tenía un aspecto mucho más mejorado y mientras con su mano derecha me señalaba, abrió la mano izquierda mostrándome un par de ojos, todavía sangrantes. Eso hice que me apartase de la ventana, la cerrase y bajase la persiana. No sé como pudo suceder pero escuché unas palabras que me dejaron helado:

-Tú eres el siguiente.

No hacía falta ser muy listo para comprender el significado de aquella amenaza, y desde entonces no paro de dar vueltas en mi habitación, con la silla de un lado para otro, inquieto, asustado. No sé lo que le hizo a la primera víctima, pero al segundo le arrancó los ojos, ¿qué me haría a mí? He pasado el resto de la tarde inquieto, sin atreverme a asomarme de nuevo a la ventana, casi no he comido, y no he podido dejar de pensar en ese personaje vestido de negro. Cada vez que escuchaba un ruido, por pequeño que fuese giraba mi cuerpo hacia la puerta y tras comprobar que no ocurría nada, respiraba aliviado, pero cada sobresalto tenía como resultado ponerme el corazón a mil. Finalmente llegó la noche y nada ocurrió, no tengo ni idea de lo que estaba sucediendo en la calle ya que en lo que quedó de día no tuve el valor de volver a mirar. Llegó la hora de meterme en la cama, pero el sueño no llegó, pasé una noche inquieta, sin pegar ojo, pensando en lo que el mañana me depararía, y rezando para que no fuese el último día que pasaría sobre esta tierra.

Pero mis plegarias no tuvieron contestación. Justo en el momento en el que escribo esto, algo ha aparecido de la nada en mi habitación, primero de manera difusa, luego ha ido cogiendo forma poco a poco hasta formar una silueta demasiado conocida, aterradoramente conocida. Me siento indefenso, no puedo hacer nada por mi vida, ya que soy consciente de que apenas me quedan unos segundos. Le miro a los ojos, y lo único que consigo ver es un terror ciego, una oscuridad absoluta. Abre la boca y sé que serán las últimas palabas que oiré en este mundo:

-Ha llegado tu hora.

Desconozco cuanto me queda, pero escribiré hasta que exhale mi último suspiro…

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NUEVAS NOVEDADES EDITORIALES

Hace poco os anunciaba mis próximos lanzamientos con editorial Egarbook, pues bien hoy mi editora Lorena de Leibros, me ha dicho que para después del verano, se va a publicar la nueva versión, ampliada, revisada y corregida de TENEBRAE, la segunda parte de Eclipse de sangre. Vamos que este año viene cargado de novedades. Os tendré informado de todo, aquí os dejo la portada de la primera edición de la novela, y su sinopsis para abrir boca. Besos y abrazos a repartir.

tenebrae portadaSINOPSIS

Han pasado seis meses desde los acontecimientos narrados en “Eclipse de Sangre” y las secuelas han sido terribles. La humanidad sigue desconociendo lo cerca que estuvo de desaparecer y sin embargo nuevamente se verá abocada al borde del abismo.

Nuestros amigos se enfrentarán a un nuevo horror mientras recorren El Cairo y Londres, desenterrando viejos misterios y secretos. Dioses olvidados, antiguas profecías egipcias, secretos más antiguos que la propia tierra… Tan sólo una advertencia antes de seguir con la lectura… no apaguen la luz.

La oscuridad encierra muchas cosas, algunas de ellas es mejor no saber que existen.

¿Os gustaría ver las primeras páginas? Pues en breve lo pondré. Y también las primeras páginas de El ídolo de jade, la otra novela que publico este año. Y ahora ha dormir feliz con las buenas noticias. Reitero mis besos y abrazos a repartir.

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