UN RELATO QUE PRONTO VERÁ LA LUZ

progress-1807541_1920Hoy os traigo un relato distinto. El protagonista es Alain Sánchez, un detective privado que nació en mi primera novela, “Eclipse de sangre”, que también sale en varias más “Algo acecha en la oscuridad” y “Fidelitatis”, y lo hará en otras, le tengo mucho cariño. Es un personaje torpe, patoso, pero tiene su encanto.

Es el primer relato que hago sobre los protagonistas de mis libros, pero no será el último, es otra forma de darles a conocer y profundizar en cada uno de ellos, espero que os guste, y como dice el título pronto verá la luz, espero en una antología. Besos y abrazos a repartir.

REFLEXIONES DESDE EL HOSPITAL

            Mi nombre es Alain Sánchez, soy detective privado, de los mejores, bueno no, de hecho, soy el mejor. No es modestia, es una realidad. No tengo ningún caso sin resolver, eso creo que debería ser prueba suficiente para demostrar mi enunciado. También es verdad que solo llevo un caso al mismo tiempo y que hasta que no lo resuelvo, no acepto otro, pero eso es una nimiedad. Poseo una agencia, situada en un buen lugar, amplia y bien acondicionada, también debo decir que trabaja para mí una excelente mujer, bella donde las haya, e inteligente, mi secretaria Marta.

            Hoy no he podido ir a trabajar, cosas de la vida, y es que a veces las cosas no salen como uno quiere. Necesito contaros que es lo que ha pasado puesto que todavía no me lo creo. Mientras escribo estas líneas me encuentro en el hospital, tumbado en una cama, con una vía en un brazo, dos piernas rotas, magulladuras por todo el cuerpo y una brecha en la cabeza. Soy patoso, va en mi naturaleza, pero lo ocurrido hoy es tan extraordinario que por mucho gafe que uno pueda arrastrar, este debería tener un límite. Por cierto, no soy supersticioso, no me importa pasar por debajo de las escaleras y si se me cruza un gato negro lo saludo, a pesar de que más de una vez me han arañado, pero debo señalar que hoy es martes y trece ¿tendrá eso algo que ver? No, no creo.

            Todo empezaba esta mañana, me había levantado pronto, tal vez por una vez iba a ser puntual y llegaría a la hora debida a la agencia, aunque en el fondo el hecho de ser el jefe hace que me relaje un poco. Perdonadme si me disperso, soy proclive a ello, tengo una imaginación desbordante y estoy escribiendo una novela que tal vez un día llegue a publicar, a veces me evado y divago mucho. Como os decía todo empezó por la mañana, en cuanto el despertador sonó. Suelo dejar el móvil en la mesita de noche, es el que hace esa función. En cuanto ha sonado lo he cogido, he desconectado la alarma y al dejarlo sobre la mesita, no he calculado bien y ha caído al suelo. El sonido de algo al romperse hizo que me levantase de inmediato, quise bajarme de la cama, pero adormecido como estaba todavía no vi donde ponía los pies. Uno de ellos sobre lo quedaba del teléfono y eso hizo que me resbalara, el otro sobre los trozos rotos del móvil, clavándomelos en el pie. ¿Cómo definir lo que hice a continuación? Parecía un baile diseñado por algún loco coreógrafo, un pie se me iba hacia adelante, con el otro no podía tocar el suelo del dolor que tenía, así hasta que llegué a la pared de enfrente, donde me detuve, o mejor dicho me detuvo ella, ya que apenas tuve tiempo de frenar el golpe con las manos.

            A la pata coja me dirigí hacia el cuarto de baño para intentar curarme la herida que sin duda me habría hecho, pero claro, si ya me es difícil caminar normal, hacerlo de esa manera todavía lo resultaba más y estuve a punto de tirar al suelo varias de las cosas con las que me crucé en el camino de las que ni siquiera era consciente de que se encontraban allí. Una vez en el cuarto de baño, abrí el armario que me sirve de botiquín y pequeño almacén de papel higiénico y otras cosas, cogí una gasa, agua oxigenada y alcohol para curarme las heridas del pie, pero en el momento en el que sacaba la caja donde guardo las tijeras, el bote de agua oxigenada se cayó al suelo, y me agaché a cogerlo, olvidando que la puerta de aquel armario seguía abierta. Cuando me incorporé mi cabeza golpeó con ella, con el resultado de un chichón y de que de nuevo el bote se cayese al suelo.

            El refrán de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, creo que me define perfectamente ya que lo primero que hice fue echarme la mano a la cabeza para aliviar el dolor y acto seguido coger el agua oxigenada. La puerta la dejé abierta y pasó lo evidente, volví a golpearme. ¿Creéis que aprendí de la experiencia? Pues no, antes de cerrarla definitivamente volví a darme un golpe, esta vez en la frente, pero ahora sí que cerré el armario. Me senté en el váter para ver el alcance de la herida y me quedé aliviado, eran un par de rasguños, también había un trozo de plástico clavado que saqué casi sin problemas y unas cuantas gotas de sangre cayeron al suelo. Con una de las gasas que tenía en la mano y un buen chorro de alcohol, limpié la herida y un grito de dolor se me escapó. Ahora llegaba lo más fácil, solo tenía que poner un poco de agua oxigenada en otra gasa y con ella acabar la limpieza y desinfección de mi pie, luego pondría un poco de betadine, liaría el pie con una venda y listo.

            La expresión coser y cantar no se hizo para mí. El tapón del agua oxigenada, se había atascado, no sé cómo lo hice, pero para abrirlo apliqué algo de fuerza al bote mientras me lo acercaba a la cara para utilizar mi boca como palanca y un chorro de aquel líquido impactó en mi ojo, solté el bote de inmediato, me acerqué al grifo y dejé que el agua fría me aliviase. No había empezado con buen pie la mañana, nunca mejor dicho lo del pie. Una vez el ojo recuperó su color normal, tras pasados varios minutos dejando que el agua fría me aliviase, conseguí curarme la herida sin más incidentes. Cojeando ligeramente, aunque con el pie bien vendado, llegué a la cocina dispuesto a prepararme un buen desayuno, y aproveché para mirar la hora en el reloj que tengo colgado en una de las paredes de la cocina. Estaba parado, seguramente la pila se habría gastado, cogí uno de los taburetes que utilizo como silla y me subí para alcanzarlo, bajarlo y cambiarle la batería, pero se me escapó de entre las manos, intentando cogerlo, olvidé donde estaba subido y perdí el equilibrio. A punto estuve de estampar mis dientes en el fregadero. El reloj había quedado inservible, así que barrí los trozos del suelo y sin más incidentes, me preparé el café y un par de tostadas.

            Para no perder la costumbre ya iba tarde, así que el resto de la mañana me lo tomé con calma, dejé los trastos en el fregadero, volví a mi habitación y me vestí, todo parecía ir bien y no tuve ningún incidente reseñable. Me encaminé a la puerta principal, eché un vistazo por si me había dejado alguna luz encendida o algo fuera de lugar y todo parecía en orden. Cuando salí a la calle no era consciente de que me había dejado el grifo del agua abierto. Hoy hacía un bonito día, lucía el sol, miré el reloj de mi muñeca, ya llegaba tarde, bien es cierto que no mucho, pero lo suficiente para que mi secretaria me dijese al llegar la frase que alegraba mis oídos cada mañana:

            -¡Vaya ejemplo, otra vez tarde!

            Sin embargo, en esta ocasión no me diría la famosa frase, de hecho no me diría nada, ya que no llegué a trabajar. Apenas había puesto el pie en la calle, alguien que estaba regando las macetas, debió golpear una de ellas sin querer, y me dio en toda la cabeza. Miré hacia arriba y lo único que escuché fue un:

            -¡Lo siento! Se me ha escapado, ¿le he hecho daño?

            Yo no podía contestar, me encontraba conmocionado por el golpe, pasé mi mano por la cabeza y el contacto espeso de la sangre me hizo ser consciente de que tal vez el golpe había sido más fuerte de lo que me imaginaba. Tambaleante, empecé a cruzar la calle, creo que incluso estaba conmocionado puesto que no vi el coche que se acercaba, el tampoco debió verme y aunque pudo frenar algo, no fue suficiente para que impactara sobre mí, al golpearme caí al suelo y no hizo falta que ningún médico me explicase lo que me pasaba, ni el motivo por el que me dolían tanto las piernas, me las había roto, lo sé hasta yo que no he estudiado medicina. Durante unos segundos el dolor fue tan intenso que me desmayé, alguien debió de llamar a una ambulancia porque lo siguiente que recuerdo es a dos hombres encima de mí con chalecos amarillos que me intentaban calmar diciéndome que todo estaba bien, que en breve estaríamos en el hospital.

            Colocaron mi cuerpo sobre una camilla, la introdujeron en el interior de la ambulancia donde me colocaron una vía. Uno de aquellos hombres se sentó a mi lado y en los pocos momentos en los que parecía lúcido, me refiero a mí, me daba palabras de ánimo. Muy bonito, pero ¿no son conscientes del dolor que se sufre? ¿De qué sirve que te digan que no pasa nada, que en seguida se acaba todo? ¿Es que no saben lo que es tener dos piernas rotas? En lo único que yo pensaba es que me moría. Vale, tal vez sea que no soporto el dolor, ni mucho ni poco. Un picotazo de un mosquito, en una escala de uno a diez de dolor, yo siento un catorce, así que imaginaros como podía estar yo.

            En el gotero me habían puesto un calmante, pero si hubiese sido yo, me lo hubiera bebido entero y no hubiese dejado que entrase gota a gota en mi cuerpo. Con la sirena puesta avanzábamos a gran velocidad por las concurridas avenidas y deduje que en seguida llegaríamos al hospital, pero de nuevo mi intuición quedó en evidencia. No sé a que altura nos encontrábamos ni si faltaba mucho para llegar, pero de repente la furgoneta empezó a hacer eses y acabamos parados. Me comentó el hombre que estaba a mi lado que habíamos sufrido un pinchazo. Le pregunté si eso era normal y me dijo que era la primera vez que les pasaba en quince años. Volví a desmayarme y me prometí a mí mismo que no me despertaría hasta que me encontrase sobre una cama de hospital bien cuidado, pero como siempre ocurre, una cosa es lo que deseo y otra lo que ocurre. Me desperté segundos después, cuando me trasladaban a otra ambulancia, al parecer habían pinchado dos ruedas y era imposible que las pudiesen cambiar a la vez, así que llamaron a otra unidad para trasladarme.

            Sin más incidentes llegamos al hospital, me metieron en quirófano, afortunadamente no recuerdo nada, imagino que la anestesia funcionó bien y luego me trasladaron a la habitación en la que ahora me encuentro. Mi aspecto es lamentable, tengo varios tubos conectado a varias partes de mi cuerpo, dos piernas escayoladas, la cabeza vendada, y no ha venido nadie a verme. Normal, no tengo teléfono al que me puedan llamar y aunque he pedido varias veces que vengan las enfermeras, aquí no viene nadie, y es que acabo de darme cuenta que el botón para llamarlas tiene un cable suelto y no hace contacto, necesito que vengan para que me dejen utilizar un teléfono y decirle a mi secretaria que no puedo ir a trabajar. Por cierto la máquina en la que estoy conectado se ha parado y aparece una línea plana, ¿significa que estoy muerto?

            -¡Ay!

            Me acabo de pellizcar y no, no estoy muerto, ¿pero por qué no viene nadie?

            -¡Enfermera! ¡Enfermera!

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UN RELATO INSPIRADO EN “LA POSADA DE LA HERMANDAD”

ENCERRADO

La exposición que indicaba el cartel de la entrada le llamó poderosamente la atención: “Realidad de los colores y su uso indiscriminado en la pintura”. No dejaba de ser curioso el título de la misma y sólo por saciar la intriga que aquello le había producido, se decidió a entrar. No era muy caro el precio de acceso y una vez dentro sintió deseos de saber que quería decir la realidad de aquel enunciado. Entró en una primera sala y lo que contemplaba le sorprendió por lo inesperado. Todas las paredes estaban cubiertas de lienzos pintados cada uno de ellos en un color distinto, así sin más. Se acercó extrañado hacia uno de ellos para comprobar el título y cuando leyó: “Amarillo”, se quedó de piedra; ese era el color en el que estaba pintado. Miró los demás cuadros y todos indicaban un color: “Azul”, “Rojo”, “Negro”, así con los 15 cuadros que conformaban aquella sala.

Empezaba a sentirse indignado, estafado y se estaba empezando a mosquear seriamente. ¿Había pagado una entrada para ver cosas que hasta su propio hijo haría mejor? Desde luego el arte moderno era difícil de entender. Entró en la siguiente sala y su mosqueo subió en intensidad. Un solo cuadro, de pared a pared y del suelo al techo, ocupaba la sala. Su título le dejó parado: “Estudio en blanco y negro”. Se trataba de un cuadro ajedrezado en esos colores, y no había nada más.

Estaba no solo cabreado, sino también sorprendido por lo sencillo de todo y pensaba que le habían tomado el pelo, cuando una de las vigilantes que en el interior había, una chica atractiva y joven le dijo:

-Lo realmente interesante está en la planta baja.

-Menos mal, pensaba que esta exposición era una tomadura de pelo enorme.

-¿Por qué?

-Por los cuadros, no valen nada.

La joven sonrío y le indicó unas escaleras, que tras una puerta de metal se escondían y las descendió. Su sorpresa fue a más. Aquello era una mazmorra, con cuatro celdas, dos a cada lado, separadas por un estrecho pasillo y no había nada. Ni cuadros, ni pinturas ni nada de nada, tan sólo aquellas rejas. Cuando se disponía a salir, con un cabreo monumental, oyó algo en una de las celdas del fondo. Se acercó y comprobó ¡que estaba ocupada por alguien que se escondía bajo una manta!

            -Deme agua, tengo sed.

            -¿Qué hace usted aquí?

            -A mí tampoco me gustó la exposición.

Cuando aquel hombre acabó de pronunciar aquellas palabras, la puerta de metal, por la que había descendido se cerró tras él. La golpeó con fuerza pero nada consiguió. Entonces comprendió que formaría parte de la exposición… permanentemente.

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UN RELATO DE UN LIBRO DESCATALOGADO

satellite-1820063_1920LLAMADA MORTAL

Las calles estaban abarrotadas de gente aquella mañana en la que todo ocurrió. Nada hacía presagiar la desgracia que iba a llenar aquellas vías de cuerpos sin vida. Han pasado muchos años desde que la ciudad se tiñó de rojo y nadie quiere hablar de lo ocurrido. Saben lo que pasó pero nunca van a confesar lo sucedido porque son responsables. Pero yo lo sé, y ahora, escondido en un sucio cuchitril, con una lámpara por única luz, una mesa y estos folios, intento contar la verdad antes de que me encuentren y lo harán. Soy el único cabo suelto que queda de esta conspiración y no pararán hasta matarme. Llevo tres días escribiendo sin parar, sin comer y casi sin dormir y no me queda mucho más. Estoy divagando, necesito centrarme.

Era un día de esos típicos de primavera que a todos nos gusta, con un cielo azul precioso y con el canto de los pájaros oyéndose en cada árbol de la ciudad. La gente caminaba ajena a todo, escuchando sus reproductores de mp3, jugando con sus consolas portátiles o simplemente disfrutando de un agradable paseo bajo un sol que brillaba con toda su majestuosidad en un cielo impoluto. Los niños sonreían cogidos de la mano de sus padres y todo era felicidad.

No iba a durar mucho.

A muchos kilómetros de distancia de la tierra, en órbita sobre la misma, un satélite de comunicaciones recibía una extraña señal que tenía que reenviar, al mismo tiempo, a cientos de número de teléfono de aquella ciudad. Aquella llamada iba a teñir de sangre aquel tranquilo rincón del mundo. El satélite empezó a girar sobre sí mismo, mientras sus antenas se desplegaban y se dirigían con precisión milimétrica hacia los repetidores repartidos por todos los lugares de la urbe. Simultáneamente, todos los teléfonos móviles de los habitantes de la zona empezaron a sonar. Todos a la vez. Ajenos a lo que el cruel destino les deparaba, aquellos pobres ingenuos descolgaron. Fueron cayendo uno tras otro fulminados con muecas de horror en sus rostros y sangrando por la nariz. No conocieron la causa de su muerte.

He oído un frenazo y sé que son ellos. Provocaron el accidente. Dicen que era un experimento de un nuevo sistema de comunicaciones que falló, pero se trataba de una nueva arma capaz de freír los cerebros con microondas. Y lo sé por una razón: yo la diseñé. Han entrado en el edificio, y bajan las escaleras no tardarán en encontrarme y sólo tengo segundos para esconder esto antes de que lleguen y que el mundo sepa lo ocurrido.

Golpes en la puerta. Han entrado. Disparan…

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MIS OTROS RELATOS (y XIX)

Hoy os traigo un relato que se aleja algo de mi género y con el que he participado en una antología benéfica, espero que os guste. Besos y abrazos a repartir.

portada-Algo-NuestroCOSAS QUE TE CAMBIAN LA VIDA

¿Cuántas veces hemos oído qué a nuestro vecino, amigo, conocido, le ha tocado la lotería y eso ha cambiado su vida? ¿Cuántas veces hemos escuchado como una enfermedad nos ha hecho ver la vida de otra manera? También el librarnos de un accidente, nos sentimos renacidos, volvemos a vivir. Sin embargo, mi vida cambió por algo muy distinto, pero mucho más hermoso.

La historia que cambió mi vida, empezó hace cuatro años. Era una mañana calurosa de verano, tal vez algo más que cualquier otro día. Ese día se alcanzaron los cuarenta grados, pero es otra historia. Como siempre salía de mi casa para ir a trabajar, soy cajero en un supermercado es a lo máximo que he podido aspirar a pesar de tener dos carreras y un máster, pero cuando el hambre acecha, el orgullo se deja un poco de lado. Para llegar a mi puesto de trabajo hay que atravesar un parque ya que no se encuentra en la ciudad como tal, sino en uno de esos enormes centros comerciales que pululan aquí y allí alrededor de las grandes urbes.

Caminaba despacio, había salido con tiempo suficiente para llegar a mi hora ya que me tengo por alguien puntual y me gusta pasear un rato antes en ese parque para llenarme de naturaleza antes de sentarme delante de una caja registradora. Entonces fue cuando escuché un extraño sonido. Parecía un quejido, un lamento. Me detuve y empecé a mirar hacia todos los lados para ver si podía descubrir el origen del mismo. Durante unos segundos no escuché nada y a punto estuve de volver a ponerme en marcha, pero entonces lo escuché.

Dirigí mis pasos hacia la derecha de donde me encontraba y tras unos matorrales lo vi. Era un cachorrito. No entiendo mucho de perros, ya que nunca había tenido uno, pero parecía ser de una raza pequeña. A pesar del calor, estaba temblando, quedaba claro que tenía pocos días de vida y que alguien lo había dejado abandonado. No había nadie más en el parque, así que lo cogí. Ahora me encontraba ante un dilema, no podía presentarme en mi trabajo con aquel animalito, no me lo permitirían, pero no podía dejarlo allí tirado. Saqué mi teléfono móvil e hice lo único que podía: llamé a mi trabajo y dije que no podía ir, sin dar más explicaciones.

Me despidieron y no me preocupó, pero sería algunos días después, ahora lo único que me preocupaba era aquel cachorrillo. Busqué la dirección de algún veterinario y tras confirmar que podía atenderme, me fui para allí. El animalito temblaba sobre mi mano, pero algo me decía que se sentía algo más seguro.

Tras explorarlo el veterinario me dijo que había tenido suerte de que lo hubiese encontrado ya que tal vez si no lo hubiera hecho yo, el pobrecillo habría muerto. Como nunca he tenido perro, repito, no sabía qué tenía que hacer para cuidarlo. El veterinario me dio unas pautas y me dijo que ojalá hubiese más gente como yo, y menos desalmados que abandonan a su suerte a criaturas indefensas.

Fofó creció. Era de un pequinés, así que tampoco se hizo muy grande. El nombre se lo puse por uno de los payasos que más marcaron mi infancia. Cambié de trabajo y empecé en una oficina como administrativo. El horario también cambió para mejor, empezaba a preguntarme si Fofó tenía algo que ver en esa mejora aparente de mi vida. No creo en las casualidades, así que en el fondo pensaba que así era.

No tardé mucho en constatarlo. Todas las mañanas lo sacó a pasear, correteamos un poco por el parque y luego lo llevo de vuelta a casa donde se queda en su camita o jugueteando. Sin embargo, ayer, ocurrió algo que sigo sin poder explicarlo. Tras nuestro paseo matutino, volvimos a casa, dejé a Fofó en su sitio favorito y salí. Lo oí ladrar cuando cerraba la puerta, como hacía cada día. No tardé en llegar ya que mi oficina se encontraba a escasos quinientos metros de mi casa.

Apenas llevaba quince minutos delante de mi ordenador, cuando oí un ladrido. Era imposible, nos estaba prohibido llevar nuestras mascotas al trabajo, pero es que aquel ladrido me era familiar. Me levanté y llamé a Fofó ya que conocía perfectamente la forma de ladrar de mi perro. A pesar de que lo oía, no lo veía por ningún lado. Justo en ese momento el edificio empezó a temblar. Luego nos dijeron que fue un terremoto, pero en aquel momento lo único que me preocupaba era que hacía Fofó en la oficina. Y entonces lo vi. Estaba bajo una mesa, parecía llamarme. Corrí hacia él en el preciso momento en el que el techo se venía abajo. Cerré los ojos mientras oía los casquetes caer sobre la mesa y sobre el suelo.

Cuando todo acabó abrí los ojos. Estaba solo, no había rastro de Fofó por ninguna parte, pero el aspecto del edificio era desolador. Curiosamente la zona en la que me refugié gracias a mi perro era la que mejor estaba. La zona donde se encontraba mi puesto de trabajo había quedado destrozado. Si hubiese estado allí en el momento del temblor, habría muerto. Busqué a mi perro por todas partes, pero no lo vi. Nos mandaron para casa, era imposible trabajar tal y como había quedado el edificio, pero tenía dos preguntas que no podía alejar de mi cabeza: ¿cómo había hecho Fofó para escaparse de casa? ¿Era realmente mi perro?

En el camino de regreso lo busqué por todas partes, grité su nombre, pero no obtuve respuesta. Apenado y asustado subí las escaleras de mi apartamento y en cuanto puse la llave en la cerradura, la alegría me llenó. Los ladridos de Fofó eran evidentes. En cuanto abrí allí estaba mirándome, pero hizo algo que nunca hasta ahora había hecho. Empezó a dar vueltas a mi alrededor, saltando, era como si estuviese escrutándome, explorándome. Pareció satisfecho de lo que vio y volvió a su camastro. Me quedé con las ganas de acariciarlo, así que fui a buscarlo. Allí estaba con los ojos cerrados, durmiendo, con una cara que era el reflejo de la felicidad más absoluta.

No sé cómo lo hizo, pero sé que el perro que salvó mi vida en la oficina fue él. Fue la única parte de las oficinas que quedaron indemnes y donde no hubo víctimas. Sé que no pudo salir de casa, o tal vez sí, pero si no me hubiese llamado, si no me hubiese obligado a acudir a aquella parte del edificio, hoy no estaría escribiendo esto. Ese día comprendí que realmente Fofó, había venido para cambiar mi vida.

No los abandones, no los dejes tirados, un día ellos también cambiarán tu vida.

 

 

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MIS OTROS RELATOS ( y XVIII)

Muy buenas por motivos de salud he estado ausente mucho tiempo, pero aquí estoy de vuelta, para empezar con el último relato con el que he sido finalista, se trata del certamen de micorrelatos que organizaba la Editorial Círculo Rojo, el placer ha sido doble puesto que mi hermano también tiene un relato en dicho libro. Espero que os guste, besos y abrazos a repartir.

 

MicroterrorRESURRECCIÓN

-¡Más adrenalina!- gritaba el doctor.

-Es imposible que vuelva a la vida, lleva horas muerto.

-Nunca digas que no es posible.

Entonces ocurrió el milagro, abrí los ojos y miré a mi alrededor. Todos parecían felices, menos yo. No es que no me alegre de haber vuelto a la vida, pero hay algo que os tengo que contar. Es cierto, hay un largo pasillo que lleva a una brillante luz, hay gente que te llama, que te tiende la mano. Pero no son tus familiares o amigos fallecidos. Es otra cosa, algo que no puedo describir, que destilaba maldad, que infundía un terror ciego. Intenté huir, quise correr hacia la luz, lo intenté, pero no pude. No he vuelto solo, eso lo ha hecho conmigo, y ahora que he vuelto a la vida, tengo otro nombre, soy muerte, soy destrucción, soy todo aquello que temes. Soy tu peor pesadilla.

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RESISTENCIA LITERARIA

Hace unos día os hablaba de resistencia literaria, hoy os presento a su mascota Willy y su logo. Encantado de pertenecer a este grupo. Si queréis más información visitad la página web: Resistencia Literaria   Besos y abrazos a repartir.

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MIS OTROS RELATOS (y XVII)

No solo de concursos vive el hombre, también de antologías para buenas causas. Aquí os dejo un relato para una asociación contra el cáncer con la que participé. Espero que os guste, os dejo el enlace por si queréis comprarlo y participar. Besos y abrazos a repartir.

sueña lucha viveY EL GANADOR DEL PREMIO PLANETA ES….

 Juan pasaba sus horas entre fogones. Era cocinero en un importante restaurante, y no había sido de casualidad. Empezó como friegaplatos, fue poco a poco, a base de constancia y ganas de aprender, que consiguió ascender hasta llegar a ser el segundo de a bordo, tras el chef. Era una de sus pasiones, disfrutaba preparando deliciosos tournedós con patatas panadera, gambones con salsa de ostras y miles más de recetas que había ido aprendiendo de su maestro y jefe el gran Pierre Duchesne. Pero a pesar de las horas que pasaba delante del fuego, mezclando ingredientes, añadiendo especias, tenía otra pasión. No solo de alimentar el cuerpo vive el hombre, decía con una sonrisa, sino también el espíritu. Su gran pasión era la escritura. Al principio solo eran ideas que le venían en los momentos en los que pasaba los platos por la máquina y fregaba las cacerolas y sartenes. Pero nunca llegó a plasmarlas en papel, cuando llegaba a casa estaba fatigado y lo único que le apetecía era descansar. Luego, cuando empezó como pinche de cocina, aquellas historias fueron tomando cuerpo y mientras pelaba patatas y preparaba ensaladas su mente se evadía e imaginaba mundos con sus habitantes y sus seres mitológicos.

            Un día mientras volvía a casa en autobús, empezó a plasmar en papel aquellos bocetos que se le habían ocurrido mientras preparaba cogollos con atún, pimiento, endivias y anchoas. Para dicho menester había comprado un cuaderno y empezó a plasmar en aquellas líneas, las ideas que habían brotado aquella mañana. Sin darse cuenta fueron llenándose páginas y páginas. Para cuando fue consciente de que necesitaba poner todo aquello en orden ya llevaba cinco cuadernos y había empezado un sexto. Finalmente uno de sus días libres decidió que era el momento de pasar todo aquello al ordenador, dar vida a los personajes y crear ese mundo en el que vivirían, crecerían y morirían. Al principio fue duro, le dolían los dedos de pasar toda aquella información de manera coherente, pero poco aquel mundo fruto de su imaginación, fue cogiendo forma, fue moldeándolo, forjándolo, alimentándolo. Las pocas horas libres que le quedaban las pasaba delante del teclado.

            “Crónicas de Kittel” alcanzó un tamaño descomunal, más de mil páginas, pero no podía parar, cada vez que sus dedos se apoyaban en el teclado, surgían más ideas, nuevos personajes, nuevas aventuras. Era su mundo, había nacido en el office de una cocina, entre platos sucios y cacharros manchados de grasa y restos de comida, pero tenía personalidad propia. Nunca se le había pasado por la cabeza publicar. Para él aquello era un sueño, una fantasía, se sentí feliz viendo como sus personajes, sus hijos como los llamaba en su cabeza, crecían, sufrían, salían victoriosos o derrotados pero aprendían de sus errores y continuaban adelante.

            En su trabajo seguía siendo un hombre disciplinado, y su rápida capacidad de aprendizaje hizo que el cocinero se fijase en él y empezase a enseñarle algunas técnicas de cocina más sofisticadas, a preparar los platos más complicados e incluso le dejaba que dejase volar su imaginación para crear nuevas recetas. La primera sorpresa llegó el día en el que en la carta aparecía una de sus creaciones prueba del afecto que el chef que le tenía. Un día mientras investigaban que se podía hacer con sandía y rape, Pierre le comentó que una editorial quería editar un libro con las mejores recetas del restaurante, y pensaba que eso podía venir bien para el negocio ya que le daría todavía más publicidad y en los tiempos que corrían toda ayuda extra venía bien. Le pidió si podía añadir al libro algunas de las ideas que él había tenido y Juan se mostró encantado. Le dijo que durante un tiempo se tendría que encargar del restaurante, que confiaba en él ya que iba a necesitar al menos un par de semanas para escribir el libro. Entonces sin saber muy bien el motivo dijo:

            —Yo también he escrito un libro, pero no es de cocina.

            Pierre le miró y con una sonrisa cómplice le dijo:

            —No me extraña, tienes una gran imaginación, algo que tanto en cocina como en la literatura es fundamental. El arte es algo que se tiene o no se tiene. Tienes la capacidad de hacer que la gente se estremezca con tus platos, que desee probar otro más, que cuando salen por la puerta deseen volver para vivir otra experiencia parecida. Eso es arte, pero el arte se manifiesta de muchas otras formas. Tú lo haces escribiendo, y estoy seguro, sin haberte leído que lo haces bien. Aunque para serte sincero algo sospechaba… te voy a confesar una cosa, además de cocinar también soy pintor, y me gusta la fotografía, son otras expresiones del arte, de ese que nos corre por dentro y que necesita que lo plasmen, que los demás lo disfruten. Somos unos privilegiados ya que tenemos la capacidad de hacer sentir, sin tocar, de remover almas y dejarles siempre con el deseo de querer un poquito más.

            Juan se sonrojó, no esperaba aquel halago por parte de su jefe y comprendió que era verdad, que tenían un don, esa era la palabra exacta, un don que les permitía hacer cosas increíbles, y por primera vez fue consciente de que podía intentar hacer llegar sus historias a más gente, compartir con el público sus creaciones, como hacía con sus recetas y dejar que las primeras alimentaran el alma con el mismo placer que las segundas lo hacían con el cuerpo. Continuaron hablando durante un rato y finalmente Pierre le dijo que hablaría con el contacto de la editorial que se iba a encargar de editar su libro e intentar sondear la posibilidad de publicarlo.

            Nunca, ni en sus mejores sueños aparecía la posibilidad de ver uno de sus libros en los estantes de las librerías del país y sin embargo nueve meses después de la conversación con Pierre, aquello se hizo realidad. Fue como un parto. Empezaron las campañas publicitarias, las entrevistas, la firma de autógrafos, el que le saludaran por la calle. Pero lo más sorprendente es que la gente quería saber más de Kittel, aquel héroe que había nacido en su interior y que ahora era un miembro más de aquella sociedad. No tardó en salir el segundo libro, pero no fue suficiente para saciar el apetito de un público entusiasmado y entregado a la causa. Y llegó un tercero.

            Resultaba complicado compaginar su vida pública de escritor y la de cocinero del más prestigioso restaurante de la ciudad, pero lo hizo durante varios años y las “Crónicas de Kittel” llegaron a los ocho volúmenes. El restaurante, desde que se publicó el libro de recetas y, porque no decirlo sus libros también, estaba siempre lleno, la gente acudía no solo a saborear los mejores platos de la ciudad, si no también a conocer a aquel hombre  que delante de unos fogones era capaz de crear tanto arte. Pero no solo de historias de fantasía vive un hombre. Además de forjar un héroe y de hacerlo parte de este mundo, ya que en carnaval la gente había empezado a disfrazarse como Kittel, había empezado una novela costumbrista, ambientada en la España de la guerra civil y que le estaba costando más de lo previsto. Exigía mucha documentación. Eso implicaba tiempo para ello, del que casi no disponía, y aquella historia de una familia rasgada en dos por la mayor barbarie de nuestro país avanzaba a pasos de tortuga.

            Tres años después, con el manuscrito ya registrado se presentó al premio Planeta de novela. Muchos se reían de él y decían que a pesar de ser un excelente escritor de narrativa fantástica, aquello eran palabras mayores y además estaban convencidos que ese tipo de premios estaba amañado de antemano y que sería mejor que no perdiese el tiempo en enviarlo, que probase en otros concursos menos conocidos y en el que tal vez pudiese ser más fácil ganar. Nadie le dio ánimos, decían que lo suyo era la fantasía y que lo que había escrito, sin ni tan solo haberlo leído, no encajaba en su estilo.

            En su fuero interno era consciente de que precisamente necesitaba quitarse esa etiqueta, dejar de lado aquellas tierras lejanas y demostrar que estas tierras más cercanas y dolorosas, también las conocía. Mientras tanto seguía compaginando, arte culinario con arte literario, hasta que unos meses después le llegaba la noticia: su novela había pasado las primeras fases y entraba en la quiniela de finalistas. En teoría dicha información ha de ser confidencial, pero alguien se fue de la lengua. Para Juan era una noticia increíble, por un lado callaba la boca a aquellos detractores que no creían en su trabajo y por el otro se sentía contento consigo mismo, ya que demostraba que el trabajo, el tesón y la fuerza de voluntad junto con el tiempo invertido en aquel proyecto, había merecido la pena. Aunque todo acabase ahí ya se podía sentir satisfecho y orgulloso.

            Durante todos esos años que transcurrieron hasta que estuvo acabada su novela más personal, aquella que presentó al premio Planeta, tuvo ocasión de llevar el restaurante durante algunos meses, aquellos en los que el chef se ausentaba o bien para escribir nuevos libros de recetas, o bien por motivos publicitarios y también por la inminente apertura de un nuevo local en la ciudad de Paris. Pierre confiaba ciegamente en él y este no le defraudó. Y un día, estando en pleno servicio, le llegó la tan esperada noticia: era finalista. La otra novela que optaba al premio era de un afamadísimo escritor y a pesar de las felicitaciones que todo el mundo le dispensaba, también empezaron de nuevo a decirle que no tenía nada que hacer, ya que estaba claro quién iba a ser el ganador, que estaba todo amañado, que se diese con un canto en los dientes con estar en la final, etc. Sólo una persona le dijo que podía ganar y ese fue su jefe.

            Por fin el gran día había llegado, se encontraba en una sala inmensa, llena de mesas con las autoridades políticas, las literarias, algunos famosos y él. Se sentía más extraño que nunca, más solo que nunca a pesar de estar con tanta gente. Por haber sido finalista estaba en un lugar privilegiado y compartía mantel con algunos personajes influyentes, pero aquel no era su lugar. Era cierto que le encantaba escribir, que junto con la cocina eran sus dos pasiones, pero en aquel ambiente aburguesado en el que la mayoría de la gente no tenía ni idea, por mucho que quisiesen aparentar, de literatura se sentía fuera de lugar. Apenas participó en las conversaciones, sonreía de vez en cuando y procuraba no hablar mucho. Sus compañeros de mesa pensaban que se debía a los nervios del momento. Debería de estar contento, y aunque estaba satisfecho de estar allí aquella noche, no sentía esa alegría que se supone debía de mostrar. Pasaron las horas, pasaron los diferentes platos de los que constaba el menú, y para ser sinceros algunos dejaban bastante que desear, pero para los que le hacían compañía eran un manjar, y llegó el momento. Las luces del pequeño escenario se iluminaron, las voces en la gran sala se fueron atenuando hasta que todo quedó en silencio. Todos miraban hacia el lugar en el que el presidente del Grupo Planeta con un micrófono delante y un sobre en la mano iba a anunciar el que iba a ser el ganador del premio en metálico más importante del país, y uno de los más prestigiosos del mundo.

            El silencio era sepulcral. El tiempo parecía haberse congelado. Las miradas puestas no en el hombre que ocupaba el centro de aquel estrado, si no en el sobre que tenía en sus manos. Empezó con un pequeño discurso, unas palabras de agradecimiento a los presentes, a los encargados del catering, a los del marketing… hasta que con sus largos y gruesos dedos abrió el lacrado sobre pronunciando las palabras que todos esperaban…

            —Y el ganador del premio Planeta es…

            Durante unos segundos nadie pestañeó, nadie se movió, se podía decir que nadie respiró, todos esperaban el nombre con ansiedad. Juan y el otro finalista eran un manojo de nervios, pero la suerte ya estaba echada y solo quedaba esperar.

            —…¡Juan Rosales!

            Un aluvión de sensaciones le invadió. Era su nombre, era él el ganador, ahora se cerrarían bocas, sus amigos, si se podían llamar así se tendrían que tragar sus palabras. Se quedó sentado en lo que le pareció una eternidad sin saber qué hacer, al final se levantó, subió al pequeño estrado y miró a toda aquella gente aplaudiendo, a él, a su obra, a su novela. Cerró los ojos buscando inspiración para decir unas palabras…

            …y fue el despertador el que le hizo ser consciente de la terrible realidad haciendo que abriera los ojos. No era cocinero y mucho menos escritor. Eso sí se llamaba Juan Rosales y era albañil en una obra. Pero se despertó con una idea en la cabeza. Escribiría un relato sobre alguien al que leibrosle tocaba el premio Planeta… ¿vería la luz alguna vez? Tal vez la respuesta, está en tus manos.

Sueña… Lucha… Vive Editorial Leibros

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