UN RELATO POR ENTREGAS (y VII)

3 de Agosto de 1865

Llevo varios días sin dormir, no me atrevo, sobre todo desde la noche que encontré mi cama incrustada en medio del muro. ¿Qué hubiese pasado si hubiese estado en ella? Mi secretario se ha ido, los sirvientes me han abandonado, y la casa cada día me parece más aterradora. Voy entendiendo que es lo que le llevó a Louis a la locura. Esta mansión es toda ella demencia y terror a partes iguales. Sé que lo que estoy escribiendo parece incongruente e inconexo pero la falta de sueño, unido a los tranquilizantes que he tenido que tomar para soportar los últimos días habrán ayudado algo. Hoy estaba vagando por las estancias sin rumbo fijo, simplemente comprobando el vaivén de los muros al moverse sorprendido por lo rápido que lo hacen sobre todo porque los objetos son atravesados limpiamente, eso me llevó a tocar aquellas paredes y creedme cuando os digo que tuve que retirar la mano. Aquello no era sólido, pero no quiero pensar que era. Cada vez que hay un cambio el sonido, ese que parece un latido de corazón, se agudiza. He comprobado los muebles después de que esa cosa los atraviese, y parecen no sufrir daño alguno, pero repito, no quiero que algo parecido me ocurra mientras duermo.

Durante ese paseo he visto algo que me ha sorprendido. Oculta bajo una alfombra he encontrado una trampilla, tan bien camuflada, que de no haber sido por uno de esos movimientos de los muros posiblemente no la hubiera encontrado jamás. Llevado por la curiosidad, y por el deseo de saber realmente que ocultaba en realidad esta casa, la abrí. Sentí un escalofrío al comprobar que se divisaba una mortecina luz, ya que no sé donde podía proceder. Empecé a descender aquellos escalones amorfos, con sumo cuidado para no tropezar y caer, mi asombro inicial se convirtió en miedo cuando comprobé que la luz tenue que iluminaba el largo pasillo en el que eme encontraba procedía de unas antorchas colocadas estratégicamente en varios puntos del corredor. Lo que no tengo ni idea es quién o qué las puso allí abajo y mucho menos como pueden permanecer encendidas. No recuerdo los metros que recorrí, pero me parecieron una eternidad. Finalmente llegué a un punto en el que el pasillo parecía dividirse en varios más y que se adentraban cada vez más en las entrañas de la tierra. Fue entonces cuando me sobresalté y un escalofrío recorrió mi espalda. Aquí los latidos eran más intensos, era como si el origen de ellos se encontrase en uno de aquellos numerosos agujeros que se perdían en la profundidad. Me asomé a uno de ellos y comprobé que también estaba iluminado de antorchas. No supe calcular su longitud, pero parecía no tener fin. Entonces escuché otro sonido que hizo que me pusiese en alerta. De otro de aquellos orificios surgía un sonido distinto. Intenté localizar cual era y al hacerlo me asomé. Juro que lo vi no se puede describir con palabras. Hui.

Intenté no mirar atrás. Aquella vermiforme abominación me perseguía y la superficie del pasillo era irregular por lo que todos mis sentidos estaban puestos en intentar no tropezar, y en rezar. Durante un instante noté su fétido aliento tras de mí, y sentí algo que me rozaba, fue el impulso que necesitaba para acelerar, sacar fuerzas de flaqueza y llegar hasta la entrada de aquel antro. Subí los escalones de dos en dos o de tres en tres y finalmente alcancé la trampilla. Justo cuando salía aquella cosa intentó hacerlo también pero tuve las fuerzas necesarias para cerrarle la puerta en las narices, si es que ese horror las tenía. Escuché algo que parecía ser un quejido pero tuvo que ser mi imaginación, los horrores como ese no pueden hablar, aunque lo correcto sería decir que no pueden existir. Y sin embargo ahí bajo el suelo de mi morada había algo que no puede ser de este mundo. Tardé varios minutos en recuperar el aliento y cuando lo hice otro escalofrío me recorrió. La casa había vuelto a cambiar, y si bien ya me había acostumbrado a esos cambios, esta vez era distinto: de las paredes surgía un lamento que me destrozó los tímpanos. Creo que me desmayé porque cuando abrí los ojos nuevamente, todo había vuelto a cambiar y ya no entraba luz por las ventanas. No quise dormirme, no podía. Así que me preparé una buena cafetera y me dirigí a mi despacho, allí pasé el resto de la noche.

A partir de este momento el diario se vuelve inconexo, escrito a trozos, sin relación prácticamente unos fragmentos con otros. ¿Por qué no lo leí antes? Pero ya nada se puede hacer. En el fondo me alegro de no haberme quedado en la mansión una sola noche como en su día pensé hacer. Creo que no sería capaz de soportar lo que aguantó mi tío. Si tan sólo con los instantes pasados en ella ya me provocaron graves trastornos, no quiero pensar que me hubiera ocurrido si llego a estar un día entero allí. Él quería saber qué fue lo que provocó la locura a Louis y no tuvo tiempo de darse cuenta de que la casa le estaba arrastrando a la misma demencia. No, no lo tuvo, como ya he dicho a partir de ese momento el diario es una serie de hechos sin conexión, narrados por alguien que lleva tiempo sin dormir, atiborrado de tranquilizantes y por qué no decirlo, de alcohol también. Al pensar en lo que sentí en aquel sótano, el miedo tan atroz que me envolvió, puedo imaginar lo que aquel hombre tuvo que sufrir, miedo no, pánico.

Él llegó más lejos que yo. El vio lo que yo solamente intuí, y ni siquiera eso porque salí corriendo de aquel corredor obsceno en cuanto tuve ocasión. Sé que aquellos túneles se adentraban en la tierra, y solo Dios sabe hasta donde llegarían, o si encerraban más terrores como el que mi tío vio, pero de algo estoy seguro, quién construyó la casa allí, no lo hizo por azar, o bien sabía lo que en aquellos oscuros pasajes se escondía, o bien… sólo de pensarlo me hecho a temblar: o bien aquella cosa le atrajo para que sobre aquellos túneles se construyera la mansión. Suena a locura, pero después de todo lo que viví y lo que he descubierto leyendo el diario, hasta me parece coherente.

Mi tío no aguantó mucho más tiempo. La locura, la falta de sueño, el alcohol y hasta las drogas que tenía que tomar, aunque no lo mencionase pero estoy casi seguro de que lo tuvo que hacer, acabaron por arrastrarlo a un mundo en el que sus sueños, sus pesadillas y la realidad se mezclaron y acabaron por ser una sola cosa. Ya he dicho que el diario se vuelve incongruente y casi ininteligible, los pocos trazos de cordura que se apreciaban en él, eran en momentos puntuales, tal vez en los pocos en los que se encontraba sereno, y cada vez eran más escasos, hasta que acabaron por desaparecer. Por cierto nunca se supo que pasó con él. No hubo cadáver, no se encontró su cuerpo, simplemente se le dio por desaparecido.

9 de Agosto de 1865

Todo da vueltas, la casa, las paredes, el jardín. Se me acaban las botellas de whisky, ya no me quedan ganas de seguir luchando contra aquello que desconozco. Oigo su voz, me llama, me necesita, quiere que le sirva, pero me habla directamente a mi cabeza, y eso me tortura. Abjesina otoparthecia suigarnes. Son sus palabras, las repito una y otra vez y siento como la casa vibra, como esa energía atraviesa el suelo y llega más allá, donde mora mi amo y señor.

¿Qué estoy escribiendo? ¿Qué me ocurre? ¿Qué extraña maldición encierra esta casa que me arrastra inexorable a un sinsentido? Ni siquiera soy consciente de haber escrito lo anterior. Sólo recuerdo… ¿Qué es lo último que recuerdo? No lo sé. Esta casa me arrastra a un sentido del que quiero escapar, pero no puedo. He estado repasando las últimas anotaciones y ni recuerdo haberlas plasmado en papel, ni recuerdo haberlas sufrido, pero algo tiene que estar pasando porque el aspecto de mi cara, mi cabello prematuramente encanecido, y mi rostro fatigado y lleno de arrugas, son buena muestra de ello. De lo que sí puedo contar es lo que me ha pasado hoy, y no sé si tiene relación con la locura que me acompaña en las anteriores páginas pero me ha provocado un escalofrío. Me encontraba en mis aposentos, delante de la enorme mesa escribiendo algo tampoco recuerdo que era, y miré por la ventana. Hace ya muchos días que me he acostumbrado a los cambios que se producen, no sólo en la casa, si no también en el del jardín, pero lo de hoy nunca había ocurrido. Como he dicho me encontraba en mi habitación y en un momento dado miré hacia la ventana. Debo decir que mis estancias se encuentran en la última planta de la mansión, y sin embargo cuando miré hacia la ventana vi… ¿cómo definirlo? En aquella parte del jardín no hay ningún árbol, tan sólo pequeñas plantas indefinibles, extrañas, aterradoras y repulsivas, pero todas se encuentran a ras del suelo. Cuando he paseado por entre ellas, he notado como se enredaban a mis pies, pero lo que me provocaba auténtico pavor era el gemido, sí el gemido, que producían cuando las pateaba para que se desenredasen. Pues bien una de esas plantas, una de esas abominables cosas se encontraba en el alféizar de la ventana, y aunque suene extraño, aunque parezca una locura, tuve la sensación de que me miraba, y que incluso sonreía. Golpeo el cristal varias veces, como para asegurarse de que la miraba y entonces… ¡Dios mío que difícil es de describirlo! Entonces algo parecido a una boca llena de afilados dientes se abrió, ¡en lo que instantes antes era una hermosa hoja verde! Me sobresalté y debo decir que casi me caigo del sillón desde el que escribo estas notas, pero juro que no era una alucinación, como sin duda lo son todas las otras cosas que cuento y de las que no soy consciente de hacerlo. Me froté los ojos, quería… no mejor, necesitaba saber que no estaba viendo visiones, pero allí seguía aquella cosa, luego desapareció. Seguramente la rama que había trepado, porque sin duda debió ser eso, volvió a descender. Corrí hacia la ventana, la abrí y me asomé al exterior.  Lo único que se vislumbraba era el aspecto habitual y aterrador del jardín. Pero otro escalofrío recorrió mi espalda: aquellas malditas plantas se reían. Oía sus carcajadas, pero eso no puede ser, las plantas no se ríen…

Ya está de nuevo aquí. Oigo como se frota contra las paredes del sótano, casi puedo oler su fétido aliento. Me llama, me reclama, necesito acudir a su llamada…  oh maestro pídeme que necesitas y te lo daré… mi sangre, mi vida o la de los demás, todo te daré si me lo pides… Haj mantejar abseicualler, soy todo tuyo… siento tun presencia…

10 de agosto de 1865

Ya no soy consciente de mis actos. Sé que he escrito esto porque es mi letra, pero está tan temblorosa y desdibujada que no estoy seguro del estado en el que me encontraba cuando lo hice. Y ya no sé si es real lo que escribo o son imaginaciones. Entre botella y botella no tengo muchos momentos de lucidez, pero sé que algo pasa, y lo de la planta estoy seguro de haberlo visto, de haber sido testigo de semejante atrocidad, en cuanto al resto… pero es mi letra. Aunque hay algo que me tortura más y más… es mi letra, pero también ¡es mi sangre! He estado escribiendo con ella, lo sé porque tengo varios cortes por todo el cuerpo, algunos ya han cicatrizado y otros están en ello, pero también por otra razón: yo no tengo tinta rojo, y es ese color el que predomina en esos instantes en los que mi cuerpo, mi mente y mi alma seguramente se

Hay acaba todo. No hay nada más. No sé que le ocurrió, nadie lo sabe. El resto de papeles era un sinfín de facturas, de cartas, informes contables, escrituras de la casa y otros papeles sin importancia. Pero la caja en la que todo estaba metido no es normal. Ya he dicho que el primer día que la toqué noté algo extraño, que no supe definir y que achaqué a los nervios del momento, pero ahora sé que mi primera impresión era correcta. Está fabricada con piel humana, desconozco su antigüedad, pero hay algo que me aterra: son fragmentos distintos, de varios colores y texturas, como si cada uno de ellos perteneciera a una persona distinta. Y late, por increíble que pueda parecer ya que no tiene ningún corazón. Por eso cuando puse mi mano por primera vez en ella noté algo repulsivo, pero ahora hay algo que todavía me aterroriza más. En uno de los laterales de la caja ha aparecido un hueco, un pequeño espacio en blanco en el que no hay piel como en el resto, incluso se diría que se puede ver el cartón debajo del forro, por así decirlo, pero lo aterrador, lo que está haciendo que la locura se esté apoderando de nuevo de mí, ahora que empezaba a alejar los terrores de la casa ligeramente, es que sobre mi brazo ha aparecido un hueco exactamente de la misma forma y tamaño que el que hay en la caja. La cicatriz que lo rodea supura un pus amarillento verdoso que hiede mal. Sé que ese trozo es el que le falta a la caja y que acabará formando parte de ella, latiendo junto con los demás y formando un solo organismo.

He intentado deshacerme de la misma de varias formas y es inútil. Siempre acaba volviendo al armario del despacho de mi oficina donde la guardé el primer día. La he arrojado al vacío, he pasado por encima de ella con las ruedas de mi coche, la he dejado abandonada a varios kilómetros de mi casa e incluso le he prendido fuego. Nada ha funcionado. Además sigo teniendo las horribles heridas que me hice cuando tropecé en los escalones del sótano, siguen sin cerrar y continúan teniendo ese color feo y soltando ese líquido extraño. Pero hay algo aún peor que todo eso.

Lo he oído, en mi cabeza, tal y como le había sucedido a mi tío. Aquella cosa de la casa me llama, me reclama… y no puedo rechazarla.

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MIS OTROS RELATOS (y XIII)

sensacionesBueno a punto de sacar mi última novela, me entero que han vuelto a elegir un relato mío para una antología, y alegría doble ya que otro de ellos es de mi hermano. Espero que os guste. Besos y abrazos a repartir.

ESTREMECIMIENTO

Tus dedos recorren ágiles mi piel. Se recrean en cada centímetro de mi cuerpo, sin dejar nada sin ser explorado. Sentimientos encontrados, gemidos reprimidos, placer silencioso. Todo se puede explicar con una sola palabra: estremecimiento, es lo que tu presencia me provoca, es lo que tu pasión desata en mí.

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UN RELATO POR ENTREGAS (VI)

            -¿Qué está pasando aquí?- exclamó un hombre a mi lado.

            -¿Qué es esta casa?- dijo otro.

            Entonces un ruido, aun mayor que los anteriores hizo que girásemos nuestras cabezas en dirección a la casa. Lo que presenciamos no se puede describir con palabras, o al menos yo no puedo hacerlo puesto que todavía sigo temblando cuando rememoro lo que vimos. La casa entera explotó y desapareció. Pero lo que nos llenó de pavor fue la abominación que surgió del hueco que la explosión había dejado. No sé qué era, pero no era de este mundo, aquí no hay nada conocido con ese aspecto. Huimos por puro instinto, salimos corriendo sin pensar si quiera en los pobres indefensos que dejábamos atrás sobre el suelo del jardín, inconscientes. Los vecinos de las casas vecinas salieron ante el estrépito que se estaba formando y muchos de ellos cuando vieron la obscenidad que intentaba abrirse paso a pocos metros de sus viviendas volvieron a introducirse cerrando puertas y ventanas.

            Corrimos sin mirar atrás todo lo rápido que nuestras piernas, no acostumbradas a semejantes esfuerzos, nos permitían y finalmente, agotados nos detuvimos. Yo fui uno de los primeros en hacerlo ya que la falta de ejercicio en mi vida es una constante. Cuando recuperé algo de aliento, me giré de nuevo en dirección a la mansión. El pánico me recorría, pero al mirarla esa sensación de terror que me invadía se cambió en sorpresa: la casa estaba entera, aterradoramente entera, y no había ninguna criatura abominable en las cercanías. Grité al resto de hombres que seguían corriendo que se detuvieran y aunque algunos lo hicieron a regañadientes, otros continuaron con su alocada y desenfrenada huida. No volví a verlos. Poco a poco emprendimos el camino de regreso, pensando, por primera vez desde que nos alejamos, en los que se habían quedado en el jardín. Movidos inconscientemente por ese pensamiento, poco a poco aligeramos nuestro paso hasta que llegamos a la escena del crimen, por así decirlo. Vi algunas sombras de curiosos tras las cortinas de sus casas, pero nadie salió a cotillear, parecían aterrorizados. La verja, que habíamos dejado abierta en nuestra desesperada carrera por la salvación estaba cerrada y tuve que sacar la llave de mi bolsillo para abrirla de nuevo. Al hacerlo nos precipitamos en el jardín para comprobar que había sido de los pobres hombres que dejamos allí pero no había rastro de nadie. Corrimos hacia la parte trasera y más de lo mismo: nadie. No podía ser. Estábamos asustados, aturdidos y sin saber que hacer.

            -Mire amigo- dijo uno de los hombres- no sé lo que ha pasado aquí ni quiero saberlo, pero nos largamos. No hace falta que nos pague nada. He perdido a unos cuantos de mis trabajadores y no tengo ni idea de cómo voy a explicárselo a sus familias, pero nunca he visto nada parecido.

            -Yo tampoco- dije yo.

            Sin decirme nada más recogieron todas las cosas, se montaron en sus furgonetas y se alejaron. Tampoco he vuelto a verlos. Cuando me encontré de nuevo solo, exploré con detenimiento todo el perímetro de la casa y sobre todo las zonas donde estaban los cuerpos de los desdichados que murieron. No había ni el más mínimo rastro de sangre. Era como si nada hubiese pasado. Me adentré en la casa y miré cada una de las habitaciones, todo estaba igual, si es que la palabra igual en un sitio en el que todo cambia de sitio es la más adecuada. Pero lo más sorprendente es que no había nada que indujese a pensar que la casa había explotado, porque eso es lo que vimos todos. Pero todo parecía tranquilo. Me detuve en el salón y aquel temblor, aquel latido que ya había notado otras veces, me hizo compañía. Entonces se produjo algo que me erizó el pelo de todo el cuerpo. Oí una carcajada, juro que era eso, que se alejaba en las profundidades del sótano, una carcajada de victoria, de aterradora victoria.

            Aquel día abandoné la casa y hasta entonces no he vuelto. En algunas ocasiones he ido a preguntar a los vecinos más cercanos que fue lo que vieron aquel día, pero nadie quiere hablar de ello, todos se muestran asustados y algunos no me abren ni la puerta. Parezco un apestado. Sé que cuando me alejo miran de reojo por entre las cortinas y puedo ver en sus rostros una mueca de terror.

            Desde aquel día me acompañan extrañas pesadillas todas las noches y mi trabajo se ha visto afectado por esa falta de sueño, pero no fue hasta pasados varios días de aquel incidente que me acordé de la extraña caja que guardé y de aquellos papeles que contenía. Ahora me arrepiento de no haberlos leído antes ya que nunca habría puesto los pies en aquella mansión demencial y sobre todo nunca me habría embarcado en la aventura de reformarla. Me torturan las muertes de aquellos trabajadores, siento el peso de la culpa sobre mí. Pero cuando acabé de leer aquel legajo de papeles, algo nuevo me invadió: la impotencia. Ahora entiendo el motivo por el que mi lejano tío quiso deshacerse de aquella casa y por qué no pudo, entiendo también que nos la dejase en herencia, nadie en su sano juicio querría semejante abominación. También soy consciente que nunca conseguiré venderla, ni alquilarla, nadie querrá vivir allí y yo el primero.

            Ha llegado el momento de contar lo que en aquella caja encontré. Era el diario de Jean Pierre Rochelle. Ya he dicho que cuando supe que era un tío lejano intenté localizar información sobre él. Fue un gran esfuerzo pero mereció la pena. Aunque ahora sé que todo lo que se dice de mi pariente se aleja mucho de la verdad. No murió, y no es que esté diciendo que sigue vivo, simplemente se volvió loco, aquella mansión lo llevó hacia la demencia, y un buen día desapareció. Sin más. Cuando pasaron los años sin noticias de él, su abogado decidió abrir el testamento. El resto ya lo sabéis. Me ha costado mucho decidirme a plasmar lo que aquellas páginas encerraban, pero era necesario para aliviar mi apesadumbrada alma de la carga que llevaba.

25 de Julio de 1865

Hoy he tomado posesión de la casa, y debo confesar que su aspecto me impresiona. Al verla entiendo el motivo por el que mi buen amigo Louis, estaba enamorado de ella. Pero necesito saber por qué ese amor le arrastró a la locura. Tenía intención de quedarme a pasar la noche allí antes de traer todo el equipaje, pero a pesar de que la impresión ha sido buena, ha ocurrido algo que ha hecho que lo piense mejor. Puede parecer una locura y por eso quiero dejarlo por escrito, para apaciguar mi alma inquieta. Cuando rodeaba la casa para explorarla completamente, me ha parecido oír un crujido y un lamento, y cuando me alejaba de ella para volver al coche que me tenía que llevar de vuelta al hotel, me pareció escuchar algo parecido a una carcajada y al volver mi vista hacia la finca me dio la impresión de que algo había cambiado aunque no sabría muy bien como definirlo. Es cierto que a medida que nos alejábamos de allí, me sentía… aliviado, esa es la palabra, pero ¿de qué? No puedo explicarlo con más detalle, pero he sentido como si un peso se alejase de mi corazón. No lo entiendo. Es una bella propiedad y me alegro de que mi amigo me la dejase en su testamento, ya que no tenía familiares. Bien es cierto que nuestra relación se fue enfriando con los años, sobre todo en los últimos, aquellos que pasó en ella, en los cuales sus cartas eran cada vez más distanciadas en el tiempo y sus palabras más incoherentes e inconexas. Esa es la razón por la que he aceptado la mansión, necesito saber que fue lo que le arrastró a la locura. La casa es hermosa, habría que arreglar un poco el jardín y darle una mano de  pintura a la fachada, pero de ahí a considerarla la aberración que Louis comentaba, media una gran distancia.

Escribo estas líneas en la habitación del hotel, después de un buen baño y una cena caliente, pero me noto extraño, noto que las manos me tiemblan ligeramente pero la temperatura es agradable y no puedo achacarlo al frío. Creo que lo mejor que puedo hacer es dormir un poco y relajarme, los nervios por visitar mi nueva casa puede que me estén pasando factura. Mañana me instalaré en ella, tal vez invite a algunos amigos para celebrarlo.

26 de Julio de 1865

            No he dormido bien. No lo entiendo. Normalmente suelo tener un sueño reparador, pero esta noche la he pasado dando vueltas en la cama, inquieto y los pocos momentos en los que caía en brazos de Morfeo, me despertaba envuelto en sudor frío; sé que se trataba de pesadillas, pero no recuerdo el contenido de las mismas. Supongo que una parte de esa inquietud estará provocada por los nervios al pensar en volver a ver mi nueva residencia, pero sé que hay algo más. Mi secretario me ha comunicado que ya está todo preparado para partir, pero antes de hacerlo necesitaba escribir estas pocas palabras, y pongo a Dios por testigo que ha servido para  tranquilizarme un poco. Proseguiré con este diario esta noche, una vez me haya instalado definitivamente.

                Unas horas más tarde:

Esta casa es extraña, en el interior los crujidos y los lamentos son más intensos, y pueden llegar a aterrorizar. Pero todo se queda pequeño con lo que pasa en su interior. La casa se mueve, los muros agrandan o empequeñecen las estancias a voluntad, pero además de todo eso parece girar en un extraño eje, ajeno a la física. Lo he comprobado cuando he abandonado mis aposentos y he intentado volver a ellos, la disposición del pasillo, y de la propia habitación había cambiado. El personal que tenía contratado, ha salido huyendo gritando que la casa estaba embrujada y no han vuelto a aparecer. Mi secretario ha mantenido el tipo más rato, pero cuando su propia habitación ha sufrido también esos extraños cambios, me ha rogado, casi suplicado, el volver al hotel hasta mañana. Confieso que al principio creía que todo era producto de los nervios y las supersticiones de trabajadores de otros países, pero es cierto, esta casa sufre constantes variaciones en tamaño, y los ruidos que acompañan a todo ese movimiento no son normales. He decidido quedarme. La curiosidad puede más que la sensatez y la cordura y aunque siento un estremecimiento en cada metamorfosis, necesito saber que causa las provoca. He accedido a la petición de mi secretario pero a condición de que se incorpore a primera hora de la mañana, entre otras razones para que se encargue de seleccionar el personal que necesito para la casa. Ahora que se han ido todo y el silencio envuelve todas las estancias, parece que todo está tranquilo. Hace varios minutos que nada se mueve, sé que suena aterrador pero es como si la casa durmiese, como si aquello que provoca los constantes cambios estuviera aletargado durante la noche, pero ahora hay otro sonido que me tiene hipnotizado. Al principio era una ligera vibración pero luego se ha convertido en algo rítmico, y tan constante que lo que voy a decir puede ser una locura pero parecía un corazón, un enorme corazón. No quiero parecer un chiflado pero la certeza de que esta mansión está viva crece en mi corazón. Puede que esto fuese lo que provocó la locura de Louis, pero me parece tan irreal y tan fantástico a la vez… Tengo sueño, pero no me atrevo a dormir, me da miedo que la casa cambie de nuevo mientras lo hago y quede atrapado entre los muros sin poder escapar, pero debo descansar e iniciar mañana una búsqueda que me aclare este sinsentido.

Durante varios días el relato es similar, pero a medida que avanza en el tiempo la letra se vuelve más insegura, temblorosa y se ve claramente que los nervios empiezan a tomar posesión de él. Yo que ni siquiera llegué a pasar una noche entera en la casa, soy consciente de lo que la misma ha provocado en mi espíritu, pero no puedo llegar a imaginar lo que pudo provocar en el suyo, habiendo pasado no una sino muchas noches en su interior. Poco a poco fui descubriendo que el nuevo personal que contrataba, se marchaba con la misma celeridad que el anterior y finalmente el secretario personal también lo hizo. Apenas estuvo una semana en aquella casa del horror. He investigado y he intentado localizar a algún pariente de aquel hombre que sirvió con tanto celo a mi tío, pero todos se niegan a hablarme de la experiencia que vivió en aquel sitio y que sin duda les transmitió. Se santiguan cuando menciono la finca y algunos mencionan al diablo, pero nadie quiere hablar. Y las familias que trabajaron en el servicio hace tiempo que dejaron este país sin dejar ninguna pista, es como si hubiesen huido con el rabo entre las piernas.

Ya sé que las fechas del diario son antiguas para llamarlo mi tío pero se trata de esos tipos de parentesco difíciles de definir. También he intentado localizar a algún familiar de Louis o algún descendiente de los hombres y mujeres que trabajaron para él, pero de los primeros no hay nadie, por eso dejó en herencia la casa a mi tío su mejor amigo; y de los segundos ocurre algo parecido a aquellos que trabajaron para Jean Pierre, se marcharon sin dejar huella. Lo que en aquella mansión ocurría era demasiado terrible para aquellos supersticiosos que pensaban que el diablo había poseído la casa. Afortunados ellos que desconocían la verdad, todavía más aterradora de lo que aquella mansión encerraba. Ojalá esa verdad nunca hubiera salido a la luz, pero es tarde para lamentos. Me siento culpable de lo sucedido, sobre todo sabiendo que he tenido estos papeles en mi mano tanto tiempo, y no los he ojeado. Ahora entiendo la extraña sensación que recorrió mi cuerpo el primer día cuando toqué la caja que contenía todos estos documentos. Era una advertencia, un aviso, no sé de quién, pero ojalá hubiese sido capaz de darme cuenta en su momento.

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UN RELATO POR ENTREGAS (V)

              Salí de mi apartamento, y dejé que mis pasos me llevaran por la ciudad, caminaba sin rumbo fijo, sin prestar atención a los edificios que veía, simplemente me dejaba ir. Fue cuando me di cuenta de una terrible realidad: me estaba dirigiendo de manera inconsciente hacia la zona residencial donde se encontraba la mansión. Me detuve sintiendo un enorme escalofrío. Giré en redondo y deshice el camino realizado y entré en el primer restaurante que encontré, uno de reciente apertura, de cocina de autor y según los comentarios de la gente que había ido a comer, de excelente relación calidad precio. Tenían razón, la comida era extraordinaria, y tomé nota de la dirección para acudir allí si en alguna ocasión tenía algo que celebrar. Pero a pesar de las excelencia de todo cuanto me sirvieron, no acabé de disfrutarlo. Seguía sintiendo algo extraño, algo que no podía controlar: la obsesión de aquella casa. Cuando abandoné el restaurante no dudé en coger el camino de regreso a mi apartamento, tenía muchas cosas que hacer todavía y quería acabarlas lo antes posible. De repente me detuve asustado, ya no era una sensación o un deseo de volver a la mansión lo que sentía, era una voz, no se como explicarlo pero estoy seguro que la voz era la de ella que me susurraba con voz aterradora que volviese, que me necesitaba. Entonces aceleré el paso, intentado de esa forma alejarla de mi mente, como si eso sirviese de algo. Me imagino que aquellos que me vieran cuando regresaba a mi apartamento y comprobaran mi comportamiento me tomarían por loco: iba hablando solo y con la mano intentaba alejar a aquella voz, como si de una molesta mosca se tratara.

            Cuando finalmente llegué a casa, estaba decidido a realizar las llamadas y empezar con las reformas lo antes posible. Ni siquiera, en contra de lo que era mi costumbre, comparé precios. Abrí las páginas amarillas y las primeras empresas que encontré de jardinería y de reformas, son las que contraté. Ambas me dijeron que tendrían que hacer una visita preliminar para poder realizar un presupuesto y accedí a ello. La única condición que les impuse fue que tendrían que hacer los diferentes trabajos lo antes posible. No me importaba lo que me pudiese costar, lo único que quería era acabar cuanto antes mejor. Finalmente conseguí preparar la visita inicial para dentro de dos días. Al colgar el teléfono me prometí a mí mismo, por difícil que me resultase, mantenerme alejado de la mansión hasta que fuese con los responsables de las obras. Cuando me fui a la cama, pude dormir sin pesadillas por primera vez en varios días, y al levantarme me sentí reconfortado, con las fuerzas, las energías y sobre todo el espíritu, renovado.

            Ahora, cuando repaso aquellas horas en las que me sentí tan aliviado en las que no tuve pesadillas y en la que los días transcurrieron con absoluta tranquilidad, me estremezco al ver que no fui capaz de darme cuenta de que aquella paz no era normal. Si fuese una guerra se podía decir que la casa había lanzado una tregua, sabedora de que la batalla final estaba cercana y que en esa batalla la victoria la tenía asegurada. Pero en su momento lo único que pensé es que el momentáneo alivio era debido al hecho de saber que las reformas ya estaban en marcha, el inventario realizado, y en breve, podría poner todo aquello en venta. Y tal vez aquella obsesión se alejase para siempre. Finalmente llegó el gran día. Los operarios me llamaron para decirme que todo estaba listo y que en una hora estaban allí. Cogí el coche y me fui para la casa. Nada más ponerme en camino, la tranquilidad de los días había acabado y de nuevo la inquietud y el miedo se apoderaban de mi corazón, todo aliñado con otra sensación, indefinible, pero tan presente que me hizo estremecer. De nuevo no supe entender lo que ocurría, no supe ver la maldad oculta que aquella sensación traía, y de nada sirve arrepentirme, ya no hay vuelta atrás.

            Cuando llegué a la mansión, aún no lo habían hecho los trabajadores pero no tardaron en hacerlo. Miré la residencia, miré las furgonetas que se acercaban y por un instante no supe que haría si se producían cambios en el jardín o en el interior. Deseaba con todas mis fuerzas que eso no ocurriese, pero era consciente que la voluntad de aquella vivienda escapaba a mi control. Volví a mirarla, la mueca en forma de sonrisa tétrica era tan evidente que ni parpadeando conseguí que se borrara. Me giré de nuevo hacia la calle en el momento en el que tres furgonetas aparcaban junto a la acera frente a la mansión. Volví de nuevo la vista hacia la fachada y una plegaria se escapó de mis labios. En total eran diez hombres que miraban la mansión con recelo, casi se podía decir que con miedo.

            Me presenté, les dije que es lo que quería y les intenté explicar lo urgente de la situación. Me aseguraron que era imposible realizar todo lo que yo pretendía en tan poco tiempo. Intenté ofrecerles un cheque en blanco, pero insistieron. Necesitarían tres días. Aquella idea no me hacía gracia pero no me quedaba más remedio que aceptar… y rezar para que si se producían cambios fueran inapreciables. En menos de media hora estaba todo el material descargado, los jardineros en sus puestos y los demás admirando las paredes de aquella residencia que tanto imponía. La ventana me hizo un guiño y las piernas me temblaron. Si no llega a ser por la ayuda de un par de aquellos hombres, hubiera caído de rodillas. Me preguntaron si me encontraba bien y no supe que decir. Me entraron ganas de gritar y de decirles que abandonaran la propiedad y que ya no iba a hacer ningún tipo de reforma, pero no lo hice. En vez de ello les pregunté si les podía ayudar de alguna manera, y me dijeron que no era necesario, pero no quería alejarme de allí. Les dije que estaría en el salón haciendo papeleo, que si necesitaba hacerme cualquier consulta que me buscasen. Aquel primer día no pensaba tocar el interior de la casa, tan solo la fachada y una parte del jardín. No sabía todavía que no iba a haber más reformas. Mis inquietudes con la mansión se vieron pronto correspondidas, mientras me encontraba en aquella habitación, todo empezó a moverse, a cambiar de disposición y a crear nuevas estancias. Deseaba que tan solo el interior hubiese sufrido modificaciones y rezaba para que nada de todo aquello hubiese sucedido en el exterior. Esperé durante unos minutos con el corazón en un puño, y tras comprobar que nadie me molestaba, respiré aliviado. Nada parecía haber ocurrido en la selva del exterior. Pero la paz no duró mucho.

            No se como empezar a contar como ocurrió todo porque desconozco el momento exacto en el que todo empezó y además no fue solo un suceso aislado, y  mi mente se cierra intentando olvidarlo. Creo que todo empezó cuando escuché un grito procedente del jardín. Me levanté con presteza del sillón e intenté localizar la puerta de salida ya que el interior, como ya os he dicho había sufrido modificaciones. Tardé unos segundos en orientarme, finalmente alcancé la puerta y la abrí. Aquí los gritos eran más evidentes y aunque pueda parecer fácil el orientarse siguiendo el sonido de los mismos, en aquella casa nada es fácil y nada es evidente. Cuando llegué al lugar del que procedían me encontré con algunos trabajadores alrededor de un compañero que estaba en el suelo… ¡semienterrado! Intentaba zafarse de lo que fuera que le mantenía sujeto pero no lo conseguía y a pesar de que todos tirábamos con fuerza para sacarlo de allí, nos resultaba imposible. Entonces se oyó otro grito procedente de la parte trasera de la casa. En realidad la palabra grito se queda corta, aquello era un alarido inhumano, envuelto en el terror más absoluto. La mitad de la gente intentaba sacar al infeliz del suelo, mientras el resto corrimos hacia la el otro lado de la casa. A pesar de la corta distancia parecía que no íbamos a llegar nunca. Uno puede pensar en muchas cosas cuando corre pero nada de lo que te cruza por la mente se asemeja al horror que encontramos cuando llegamos allí. Algo indefinible, parecido a una enorme raíz, sujetaba en el aire a uno de los jardineros que quitaban las malas hierbas mientras otra mucho más estrecha y afilada se clavaba una y otra vez en su cuerpo.

            Nuestra primera reacción fue el pánico, el no saber que hacer, aquel hombre estaba siendo apuñalado delante de nuestras narices por algo que surgía de la tierra. Pero la reacción inicial duró tan solo unos segundos, alguien cogió una azada y golpeó aquella cosa que rápidamente soltó su presa y desapareció bajo tierra.  Pero si algo me llenó de pavor fue que cuando aquella cosa fue golpeada no sonó a madera y emitió un quejido inhumano que me perforó los el cerebro. No podía ser. Acudimos de inmediato a ayudar al pobre infeliz que había sido atacado, pero poco pudimos hacer por él. Estaba irreconocible, su cara había sido destrozada por cientos de cuchilladas y el cuerpo, hasta el punto en el que estaba siendo sujetado por aquella raíz, también mostraba cientos de pinchazos. Durante unos segundos nadie dijo nada, observábamos aquel cuerpo con sorpresa, indignación y temor. Fue cuando escuchamos el crujido de la casa cuando reaccionamos. La mansión empezó a girar, sobre sí misma, puede parecer irracional pero lo hizo, y no fue una alucinación porque todos lo vimos. Nos alejamos de allí y volvimos corriendo hacia el otro lado, intentando saber que había ocurrido al otro operario y el terror volvió a nuestros rostros: el desdichado estaba desenterrado, pero su cuerpo estaba partido en dos, mientras que el resto de la gente que se había quedado intentando ayudarle estaban inconsciente, tendidos sobre el jardín con muecas en sus caras de auténtico pavor.

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UN RELATO POR ENTREGAS (IV)

              La siguiente ocasión en la que visité la casa fue al cabo de una semana. Era un día especialmente cálido, soleado y despejado. No había nubes en el cielo y sin embargo cuando llegué allí el tejado seguía cubierto por una capa grisácea e incluso algunas gotas caían sobre el mismo. El aspecto amenazador de la fachada tampoco había cambiado. Abrí la verja y al traspasarla miré el jardín. Comprobé con absoluto horror que no era solo la casa la que cambiaba, todo lo que la rodeaba lo hacía también. Los árboles no estaban donde la última vez y las plantas parecían diferentes. No quise pensar en ello y me encaminé hacia la puerta de la casa y de nuevo la mueca de una sonrisa me dio la bienvenida. Saqué con determinación las llaves del bolsillo y abrí. Constaté que la disposición de las bisagras era la correcta e intenté forzar la puerta para ver si se abría en la dirección en la que lo había hecho la semana anterior, pero era imposible, o mejor dicho, era humanamente imposible. Aquello hizo que sintiera un escalofrío y por un momento tuve la duda de si era real lo acaecido unos días antes. Aunque sabía lo que encontraría, no pude evitar sobresaltarme al comprobar de nuevo la disposición de aquellos muros, de aquellas estancias y de como habían sido alteradas. Recuerdo que dejé la trampilla sin cubrir con la alfombra y la busqué, tenía que estar cerca de donde me encontraba y sin embargo cuando di con ella estaba en el salón, casi pegada a la chimenea. Me estremecía al pensar de nuevo en aquella cueva, en aquellos pasillos y corredores, y en los horrores que creí encerraban.  Nunca hasta ahora, salvo el incidente con la trampilla, me había atrevido a tocar los muebles, no quería hacerlo y no sabía muy bien la causa, tal vez aversión, repulsa, o algo indefinible, pero hoy tenía que hacerlo. Necesitaba abrir cajones de las cómodas, las puertas de los armarios. Tenía que comprobar la calidad de los materiales, las maderas, los adornos. Tenía que hacer un inventario completo de todo cuanto encerraban esos lugares y que hasta ahora no había realizado. Suponía que encontraría vajillas, cuberterías de plata y menaje en buen estado, pero aquella casa parecía tan antigua que tal vez encerrase más tesoros. Ya que la búsqueda involuntaria de la trampilla me había traído al salón, decidí que ese era un buen lugar para empezar a investigar. Entonces noté de nuevo ese ligero temblor, luego de nuevo nada, y al poco otra vez. Era rítmico, y me recordaba tanto a los latidos de un corazón que simplemente pensando en ello se me erizaba el vello. Entonces mi mano acarició el sofá e instintivamente levanté la sábana que lo cubría. Tenía un bonito color marrón, y la piel del que estaba fabricado parecía de excelente factura y el estado de conservación era extraordinario. No pude evitar sentarme para comprobar si los cojines, por falta de uso, o por lo antiguos que eran, estaban en perfectas condiciones y me sorprendí al comprobar lo cómodos que resultaban. Sin quererlo me acomodé en el sofá y sin poder evitarlo me adormecí.

            Ahora no recuerdo prácticamente nada de lo que soñé, pero los escasos retazos de lo que recuerdo hacen que la carne se me ponga de gallina. Soñé con abismos insondables habitados por extraños seres que caminaban sin tener patas, que hablaban sin tener boca, eran aterradores, obscenamente terroríficos. Soñé con un túnel interminable que me recordaba al que se encontraba bajo la casa, y en cuyo final encontré otro de esos seres pero mucho más grande. Pero había más. Vi un grupo de humanos que le servían y le adoraban, como si fuese un dios o algo parecido, pero lo terrible era que se ofrecían a él como sacrificio. Sufrí temblores, y un sudor frío me recorría todo el cuerpo cuando desperté asustado y sobresaltado. Aquella cosa había pronunciado mi nombre y eso me dejó sumido en un estado de tremenda desolación. Abandoné con toda rapidez la casa, aunque tenía que hacer el inventario completo de la misma, no me sentía con fuerzas para seguir allí, y lo que era peor me invadía un miedo atroz. Esta vez la carcajada que sonó en las entrañas de la casa fue tan claramente audible, que mientras me alejaba por la calle montado en mi coche, no dejó de atormentarme y de acompañarme hasta bastantes kilómetros después de haberme alejado de allí. Cuando finalmente llegué a mi domicilio, temblaba de manera tan ostensible que tuve que tomarme un tranquilizante acompañado de una copa de bourbon, para sentirme algo mejor.

            Pero aunque me juré a mi mismo que no volvería a ir allí por nada del mundo, que me tenía que olvidar de los tesoros que aquella mansión encerraba, no tardé en volver a hacerlo. La obsesión que tenía sobre mí era enfermiza y estaba empezando a afectarme de manera notable, no solo en mi salud, si no también en mi trabajo y en mis relaciones. A pesar de todo tenía que volver, tenía que acabar el inventario, esa era la razón que me movía a ello, aunque la verdad es que no era más que eso: una excusa.

            Durante los siguientes días dormí mal, la pesadilla de algo que me perseguía era tan real, tan vívida que me levantaba durante las madrugadas con la boca seca, envuelto en un sudor frío, y con el terror invadiendo todo mi ser. Me volví algo más huraño, hablaba menos, y mi aspecto exterior era desolador, a las grandes ojeras que cada vez eran más grandes, le acompañó un rostro más y más demacrado. La gente se preocupaba por mi estado de salud, y yo simplemente respondía que estaba pasando un periodo delicado ya que dormía poco. No podía contar lo extraordinariamente aterradores que eran mis sueños, no podía compartirlo con nadie.

            Finalmente pasadas un par de semanas volví a la casa. Nuevamente me recibió su aspecto aterrador, con las nubes rondando el tejado y los rayos cayendo sobre la misma. Me dije a mi mismo que no iba a dejarme influir por nada y tras abrir la reja me dirigí con determinación hacia la puerta principal, sin mirar a los lados, con la vista fijada en la cerradura y en el manojo de llaves que llevaba en la mano. Ya estaba familiarizado con las mismas y no vacilé al escoger la que necesitaba. Esta vez no quería dejarme influir por lo que pudiera encontrar en el interior, pero no pude evitar un escalofrío al comprobar como había cambiado nuevamente. No se parecía en nada a la casa que visité la primera vez, ni a la última. Aunque los muebles no cambiaban y siempre eran los mismos ¡ahora se veían entre las paredes! Los muros habían cambiado y  en ese cambio los muebles estaban incrustados en ellos, pero no estaban destrozados, formaban parte natural de las paredes. Eso me llenó de temor y me hizo pensar que ocurriría si de repente me ocurriese algo parecido y me emparedasen. Alejé esos pensamientos lo más rápidamente que pude, y saqué la pequeña libreta que había llevado en otras ocasiones para realizar el inventario, en la que ya había anotado lo que se veía a simple vista, y en esta ocasión estaba dispuesto a profundizar en los cajones, en los armarios, y en todos los rincones. Ahora tenía que resolver otro problema, encontrar el salón para empezar la búsqueda allí. No sé a que se debía ese deseo de empezar por el salón, tal vez simplemente se tratara de otra obsesión más, pero pensaba que podía ser el lugar perfecto para encontrar cuberterías de plata u otros objetos de valor. Empecé a caminar entre aquellas paredes que formaban habitaciones y corredores totalmente extraños para mí, y a la vez aterradores por no saber que me depararían. Intenté hacer el inventario lo más rápido que fuese posible, no quería permanecer más de lo necesario en aquel interior, sobre todo cuando las paredes empezaron de nuevo a moverse y empecé a notar de nuevo aquel latido que me llegaba desde el sótano.

            No sé al final el tiempo que estuve allí, pero si recuerdo que cuando abandoné la mansión era de noche. Pero había valido la pena. Solo yo se lo terriblemente mal que lo pasé allí dentro, como el miedo me envolvió y como la muerte quería hacerme compañía, pero había conseguido hacer lo que quería. Encontré muchos de los tesoros que siempre pensé que encerraba la casa y la libreta en la que había apuntado todo lo encontrado echaba humo de lo llena que estaba. Pero mi estado era lamentable como constaté al mirarme en el espejo retrovisor del coche. Parecía que hubiese envejecido una decena de años, tenía ojeras, y un feo color pálido cubría mi piel. Me alejé sin mirar atrás, solo deseaba llegar a mi apartamento, ducharme y dormir, ya revisaría el inventario más tarde y haría las valoraciones pertinentes.

            Esa fue la última vez que visité la mansión yo solo. La próxima vez que lo hice fue el fatídico día en el que todo ocurrió. Lamento terriblemente los acontecimientos que se desencadenaron, lo lamento aún más por no haber prestado más atención a aquellos papeles que me legaron y que no leí hasta que todo había pasado. Aquellos documentos encerraban una verdad terrorífica, abominable. Confieso que no he vuelto a la mansión, a pesar de esa atracción casi diabólica que ejercía sobre mí, y que sigue ejerciendo y esa atracción me está consumiendo poco a poco. He intentado deshacerme de todo cuanto rodea a esa maldita propiedad, pero a nadie le interesa, y mucho menos después de saber lo que ocurrió. Ahora se la conoce con el nombre de la “Casa del Terror”.

            Después de una bien merecida ducha y una noche de pesadillas, me levanté al día siguiente con dos tareas en mente, una de ellas preparar el inventario completo y detallado de todo lo que aquella casa encerraba y la otra organizar un equipo de mudanza y limpieza tanto de la casa como del jardín. Quería hacer las reformas lo más rápido posible y en el menor tiempo. Tendría que explicar los constantes cambios que se producirían, estaba seguro, tanto en la casa como en el jardín, pero pensaba que si me rodeaba de mucha gente, y todos estaban ocupados, tal vez esos fenómenos pasarían desapercibidos. Tampoco estaba seguro de cuanto tiempo pasaba entre cambio y cambio, ni siquiera si se producían varios en un mismo día o por el contrario era necesario un periodo de tiempo más largo, por eso necesitaba hacerlo todo lo más rápido posible, o buscar una explicación plausible para contar lo que no tenía lógica. Tardé más de tres horas en pasar el inventario a limpio y organizado en una hoja de Excel, pero ahora que lo veía todo junto, los ojos se me salían de las órbitas, aquella mansión encerraba una auténtica fortuna. Tenía que vender todo aquello y luego deshacerme de la propiedad, que aunque me fascinaba, me aterraba a la vez. Como el inventario me había llevado más tiempo del que en un principio calculé, decidí que era un buen momento para tomarme un descanso antes de buscar las empresas de jardinería y de reformas que necesitaba y decidí salir a comer, necesitaba tomar algo de aire fresco, dar un paseo, antes de comer.

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UN RELATO POR ENTREGAS (III)

             Mi hermano volvió a Londres aquel mismo día, sus negocios le reclamaban y fue la última vez que quiso saber algo sobre la casa. Hablamos varias veces por teléfono y me dijo que aquella casa no le gustaba, que no quería saber nada más sobre ella y que me encargase yo de todo. Incluso me dijo que si quería venderla o vender lo que había en el interior, que lo hiciese y me quedase con todo. Fue también cuando me confesó que desde el primer día que la visitamos sufría de extrañas pesadillas y su salud había empeorado. Y me dijo algo que se me quedó grabado en el corazón: aquella casa le daba miedo, un miedo atroz. No quise discutir y sobre todo no quise decirle que yo tenía sentimientos encontrados con ella, que por un lado me daba terror, pero que por otro me fascinaba. Y esa fascinación me iba a dar más de una sorpresa.

            Durante unos días no me acerqué hasta la casa, aunque tengo que confesar que ganas no me faltaban, pero asuntos laborales me lo impedían. Pero por las noches no dejaba de soñar con ella, o sería más preciso decir que no dejaba de tener pesadillas con ella. Por las mañanas me levantaba con enormes ojeras, cansado y con una vaga sensación de no saber muy bien donde me encontraba. Eso empezó a afectarme en mi trabajo y sobre todo en mi salud. Empecé a perder peso, ya que casi no comía, y las migrañas eran muy frecuentes. Pensé que una nueva visita a la mansión disiparía en algo mis males, así que finalmente, decidí hacer una nueva visita. No sería la última. Aquel día el cielo estaba despejado, era un precioso día, con un sol que brillaba en todo su esplendor y por consiguiente no había nubes en el cielo, sin embargo cuando me acerqué a mi propiedad constaté ya no con asombro puesto que había empezado a considerarlo como parte del paisaje, que las nubes negras seguían cubriendo el tejado de la casa, de manera amenazadora. Una vez más extraje las llaves del bolsillo y cogí la que abría la enorme verja. Ya estaba empezando a familiarizarme con las llaves de la casa y casi conocía de memoria qué abría cada una de ellas. Por un instante cuando se abrió me estremecí, nuevamente la puerta, y las ventanas parecían formar una mueca de satisfacción, como si… como si supiesen que acudiría. Sé que puede parecer una locura, pero fue tan solo un segundo, luego parpadeé y la sensación desapareció, aunque no del todo…

            Cuando traspasé el umbral de aquella reja no se como definir la impresión que me produjo ver el jardín. No estaba como la última vez que la visité, había cambiado a peor. Daba miedo. Fue cuando tomé la decisión de hacer limpieza de aquella selva que producía sobre mí aquel pánico irracional. Decidí que ya me encargaría de aquellas plantas más adelante y avancé pero no pude ir muy lejos y estuve apunto de caer al suelo. Una rama se había enredado sobre mi tobillo y cada vez me apretaba más y más. Se retorcía sobre mí y reptaba. Con el otro pie, le di una patada que casi me hizo perder el equilibrio, y aquello se retiró con un quejumbroso gemido. Sé que las plantas no pueden hablar, pero juro que es lo que oí. Ahora me pregunto si de verdad era algo vegetal o de otra índole, pero el sonido que produjo se me quedó grabado, no solo en mi mente, si no en mi espíritu. Mirando hacia todos los lados por si me enredaba de nuevo con alguno de los muchos vegetales que pululaban por el suelo, me acerqué a la puerta de entrada. Parecía más grande, o tal vez todo fuese producto de mi imaginación que ya estaba algo alterada por el incidente del jardín. A pesar de que cuando llegué me encontraba sereno y tranquilo, las manos me temblaban cuando saqué de nuevo el manojo de llaves del bolsillo. A lo lejos me pareció oír una carcajada. Con más esfuerzo del que era necesario conseguí abrirla y de nuevo un escalofrío recorrió mi cuerpo, al comprobar que el interior había cambiado una vez más, recordaba la disposición de la casa casi a la perfección de mi anterior visita, pero ahora parecía que me encontraba en una totalmente distinta. Acerqué mi mano hacia una de las paredes sobre la que había un hermoso cuadro, que hasta ahora no había visto y la tuve que retirar de inmediato, cuando comprobé que aquello no era sólido. Un gesto de repulsa y asco surcó mi cara al notar aquella especie de gelatina que tenía el aspecto de un muro sólido. Di un paso hacia atrás y fue cuando tropecé con algo que sobresalía del suelo.

            Tapado bajo una alfombra, que aunque estaba en el inventario por su extremada belleza  no se encontraba tan cerca de la puerta de entrada como ahora, encontré lo que parecía una argolla. Deslicé la alfombra hacia un lado y pude comprobar que había una trampilla. No la habíamos visto antes y si la casa tenía un sótano era el momento de echarle un vistazo por si encontraba algunas cosas más de valor que incluir en el inventario. No sin miedo tiré de la argolla y abrí la compuerta. Se abrió con absoluta facilidad, sin emitir el más leve chirrido. La única  prueba de que hacía años que no se abría fue la capa de polvo que cayó al hacerlo. Había una escalera toscamente trabajada que bajaba a una profundidad considerable por lo que podía ver desde donde me encontraba, pero no había una habitación como tal, si no un largo túnel. Busqué a tientas un interruptor para poder dar la luz, pero no encontré ninguno y enseguida me di cuenta de algo que me llenó de estupor, en realidad ese largo corredor estaba tenuemente iluminado… ¡por antorchas! Pero lo que me llenó de pavor fue el pensar que hacía años que nadie usaba ese pasadizo, con lo que no entendía como podía estar iluminado por antorchas ya que estas llevaban muchos años encendidas. Durante unos instantes vacilé antes de adentrarme en las profundidades de aquel agujero, pero finalmente lo hice, no sin antes sujetar la trampilla con una de las sillas de la estancia en la que me encontraba. Cuando comprobé que iba a resultar extremadamente difícil que se cerrase accidentalmente empecé a descender aquellos escalones toscamente realizados.

            A medida que me introducía más en aquel lúgubre túnel constaté que su aspecto era uniforme, pero no daba la sensación de haber sido creado por manos humanas si no más bien tenía el aspecto de ser algo natural. Eso hizo que por mi cabeza cruzara una idea que por descabellada, rechacé de inmediato: la casa había sido construida sobre el túnel o para expresarlo de otro modo, el túnel ya existía antes que la casa. Eso hizo que me estremeciese aún más, pero las sorpresas todavía no habían acabado y ahora que recapacito sobre todo lo ocurrido pienso que tras la experiencia vivida allí abajo, tendría que haberme deshecho de la mansión y no continuar con mi obsesión de reformarla. Ahora incluso después de los terribles acontecimientos que ocurrieron mientras limpiábamos la casa, sigue teniendo sobre mí una malsana atracción y una fascinación enfermiza.

            Avancé sin grandes dificultades por aquel pasadizo gracias a la luz de las antorchas que aquí y allá resplandecían de manera casi espectral. Tras varios metros de descenso por aquellos escalones amorfos, llegué a una gran caverna, completamente natural y cuyas paredes aparecían llenas de extraños dibujos, de no menos sorprendentes grabados y de símbolos que no conseguí identificar. Pero había algo más, era el olor que lo llenaba todo, un olor nauseabundo que provenía de algún lugar de allí abajo. Al final de la gruta se divisaban varios túneles más y al acercarme a uno de ellos constaté que se adentraba todavía más en el subsuelo. Considerando mi excursión finalizada y cuando me disponía a salir de allí, el piso de la cueva tembló ligeramente, y luego otra vez. Me recordó al latido de un enorme corazón. Aquello fue el impulso que necesitaba para abandonar definitivamente aquel lugar. Corrí o tal vez deba decir que volé hacia la salida y subí los escalones al galope, a tal velocidad que tropecé un par de veces y me hice un par de cortes en las manos al apoyarlas para evitar caerme. Esos cortes todavía siguen abiertos y no cicatrizan, destilan un pus amarillento, que hiede repulsivamente. Por unos momentos tuve la impresión de oír algo que me perseguía, mientras que los latidos, por definirlos de algún modo, se acercaban más y más. No miré hacia atrás, no tenía intención de saber si eso era real o tan solo fruto de mi imaginación. Finalmente llegué al final de la escalera, y con toda la rapidez con la que fui capaz, cerré la trampilla. En principio no noté nada extraño, pero después de haberme sentado sobre ella para recuperar el aliento comprobé con terror que todo había vuelto a cambiar. Por aquel día consideré mi visita acabada y me dispuse a buscar la salida, pero en el laberinto de aquellas paredes que habían vuelto a moverse, me resultó una tarea harto complicada. Finalmente conseguí orientarme y encontré mi salvación. Me disponía a girar el pomo de la puerta cuando ocurrió otro fenómeno extraño: la casa me expulsó. Sé que suena extraño pero tengo la impresión de que así fue. La puerta que por la disposición de las bisagras solo puede abrirse hacia adentro, lo hizo hacia afuera y casi simultáneamente una mano invisible me expelió hacia el exterior y aterricé sobre el camino que conduce a la verja. En ese momento la puerta se cerró por si sola. Me giré y miré la fachada, una vez más una mueca en forma de sonrisa dibujaron aquella puerta y las ventanas. Crucé la verja y esta se cerró por sí misma, incluso oí el sonido de la cerradura y el de la llave girando en su interior pero no había ninguna porque la tenía en mi mano y era la única copia. No miré hacia atrás cuando me monté en mi coche y me alejé de allí me pareció oír una carcajada entre el murmullo de las hojas agitadas por el viento.

            Poco a poco empecé a pensar en las reformas que quería realizar, pensaba restaurar el exterior, pintar la casa, adecentar la selva que tenía por jardín, pero lo que en realidad me atormentaba era como se podía arreglar un interior que estaba en constante movimiento. Y como intentar explicar algo así a los encargados de realizar la remodelación. Pensé que si volvía a la casa encontraría una excusa que resultase convincente, pero lo cierto es que era más un deseo que otra cosa.

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MIS OTROS RELATOS (y XII)

Recién salido del horno, os pongo la portada del úlitmo libro en el que han publicado un relato mío. Un micro para ser exactos, al final de la entrada os pongo el enlace por si alguno se anima a comprarlo y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

Predestinados_000003VACÍO

No estoy teorizando, la física cuántica nunca ha sido mi fuerte. Pero hay muchas formas de vacío. Aquel que sentimos cuando nos encontramos mal, aquel que deja la pérdida de un ser querido, el del rechazo del que amamos. Todos igual de dolorosos. Pero el vacío en el que me encuentro… no puedo describirlo. Lo llaman la nada, no hay ruidos, ni sonidos, ni luz, ni frío, ni calor. La locura ha tomado el mando, yo he dejado que sus brazos, me arrastren, que me lleven hacia un fin que no me asusta, que espero con los brazos abiertos.

Predestinados

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