MI ADIOS DEFINITIVO

Hace un tiempo me hicieron una entrevista, en la que explicaba los motivos por los que dejo el mundo de la escritura. Como no he conseguido el enlace, cuando lo haga os lo pasaré, os cuento algunas de las razones por las que abandono. Hay muchos motivos, tanto editoriales, como personales. Me voy a centrar en estos últimos.

Creo que cuando nos metemos en esto de la escritura, es porque nos gusta, porque es una manera de expresar algo que llevamos dentro y que necesitamos sacar, pero cuando decides dar el paso de publicar es para compartir con los demás todo eso y en un mundo en el que las redes sociales y el contacto con los lectores es fácil, uno espera algo de la otra parte, un comentario, una crítica, lo que sea. Y es aquí donde no he conseguido el objetivo. No he sabido llegar a mis lectores, si es que alguna vez los he tenido, y no ha habido esa comunicación. Las empresas cuando sacan un producto y este no funciona, no dudan en retirarlo del mercado, pues bien, en este caso el producto soy yo, y como no he funcionado, me voy. Uno tiene que saber aceptar las cosas como son y está claro que mis historias no han gustado. No pasa nada. Me lo he pasado genial escribiéndolas, y agradezco a todos los editores que han depositado su confianza en mí, lamento haberos fallado.

También hay otro detalle personal que me lleva a dejarlo. La fuente de las ideas, ese manantial del que todos los que escribimos bebemos, en mi caso se ha secado, no hay más ideas, no tengo nada más que contar. Tampoco voy a profundizar por si un poco más abajo hubiese alguna, no tengo ganas. No sé si alguna vez volveré a plasmar en papel algo, pero las dos novelas que tengo empezadas y el libro de relatos, se van a quedar así.

Y para acabar, quiero agradecer de corazón a los que han estado conmigo en esta aventura, fue bonito mientras duró. Y hasta aquí hemos llegado, y no quiero despedirme sin las palabras con las que he estado cerrando las entradas todos estos años: besos y abrazos a repartir.

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ASI EMPIEZA “ASESINA DE HOMBRES”

Bueno vamos a continuar con las primeras páginas de mis libros descatalogados. Hoy le toca el turno a “Asesina de hombres” una novela que nació como un encargo de la editorial, que un día me mandaron la portada por mail y me dijeron si podía hacer una historia a mi aire con ese título. Así nació. Hubo muchos descartes de ideas por obvios y otros porque podían ser utilizados en un futuro. Al final una mezcla de cultura japonesa, mujeres asesinas y mucha acción. Espero que os guste este inicio. Besos y abrazos a repartir.

CAPITULO UNO

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—Bien, eso es todo por hoy, podéis recoger vuestros apuntes, nos vemos mañana.

En apenas unos instantes, el aula quedaba vacía entre gritos y vitores de los alumnos que con prisas abandonaban aquellas cuatro paredes, dejando tras de sí el desorden de mesas y sillas movidas de su sitio. Esperó a que todos ellos salieran, deseando que hubiesen sido capaces de asimilar algo de lo que les había explicado. Cuando la clase quedó en silencio, se dirigió con paso lento hacia el interruptor de la luz, apagó, echó una última ojeada al interior y finalmente cerró la puerta. Delante tenía un largo pasillo que recorrer, no lleno de peligros ya que los alumnos, que estaban deseosos de salir, corrían sin mirar, sin prestar atención a los demás, era mejor permanecer parado, ya que en breve el silencio daría paso al momentáneo ajetreo.

No tardó en quedar todo sumido en una tranquilidad total y pudo constatar que no era el único profesor que había esperado a que los alumnos abandonasen el recinto para dar señales de vida ya que del resto de aulas se veían cabezas que asomaban y cuerpos que empezaban a emerger por entre los dinteles de las puertas. Algún alumno rezagado, podía verse todavía pero sin las prisas de sus compañeros, esos no suponían ningún peligro. Al quedar el corredor vacío, los profesores se reúnen un instante para conversar, comentar como han ido las clases y despedirse hasta el lunes. Ahora les quedaba un fin de semana alejado de aquellos a los que intentaban instruir, la familia pasaba a ser prioritaria, pero la tranquilidad total para muchos de ellos no iba a llegar. Ahora tocaba lidiar con otra especie: los hijos.

Collins se despidió de sus colegas con un saludo lejano, una sonrisa amplia en la cara, y el maletín en la mano derecha. Cruzó todo el pasillo hasta la puerta principal y tras recorrer los escasos metros que le separaban del aparcamiento de profesores, se montó en su Pontiac negro. Arrancó sin violencia, sin dejar parte de los neumáticos sobre el asfalto como les gustaba hacer a los actores en Hollywood, y enfiló la calle principal. No vivía demasiado lejos del colegio, en aquella pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos, en realidad nada estaba demasiado lejos. Ante él desfilaron edificios de apartamentos, supermercados, tiendas de armas, droguerías, negocios propios de toda urbe que se precie allí en América. Al llegar al segundo semáforo giró a la derecha y pocos metros después el paisaje urbanístico cambió totalmente. Ya no había bloques de edificios, ni negocios, ahora eran las viviendas unifamiliares y las consultas privadas de médicos, dentistas, etc., las que predominaban. En medio de aquel pequeño paraíso, ya que entre casa y casa se podían ver jardines, todos ellos perfectamente cuidados, piscinas todavía vacías ya que el calor de verdad todavía no había llegado (aunque en algunos casos ya se oían los chapoteos de los más valientes) y barbacoas en casi cada rincón, se encontraba su hogar. Abrió la puerta del garaje con el mando a distancia, dejó aparcado el coche en su interior, y a pesar de que podía pasar al interior de la vivienda por una puerta situada en el mismo, decidió salir, cerrarlo de nuevo con el mando, y encaminarse al buzón de la entrada. No había correo. Se detuvo alzando la vista al cielo, tomó una gran bocanada de aire y empezó a llorar.

Hoy era un día especial. Martha hubiera cumplido años, la que había sido su compañera, su amante, su amiga, su mujer. No era muy grande, apenas algo más de metro y medio, pero llena de dulzura, de ternura, de amor. Si todavía estuviera viva, hoy le habría recibido en la puerta, con su melena rizada al viento, con aquella sonrisa capaz de enamorar hasta las estatuas de piedra y sobre todo con aquellos hermosos ojos verdes en los que tan a menudo se perdía. Pero Martha no estaba y eso nada podía cambiarlo. Retrocedió unos metros hasta la puerta blanca a la que se accedía tras subir dos pequeños escalones, sacó la llave del bolsillo y la abrió. El interior estaba limpio y ordenado, ya que aunque él no solía limpiar tenía una asistenta que venía tres veces por semana para que todo estuviera siempre a punto. Arrojó el maletín casi sin mirar sobre el sofá del gran salón, se desabrochó la corbata, se encaminó hacia la no menos enorme cocina, abrió la nevera y sacó una cerveza. La vació casi de un trago, dobló la lata con una mano y la arrojó al cubo de basura. Cogió otra, la abrió y tras dar un largo trago, volvió al salón. Se sentó junto al maletín, buscó entre los cojines el mando a distancia del televisor, no lo encontró, recordó que hoy era uno de los días en los que venía Cynthia, la asistenta a limpiar, echó un vistazo a la pequeña mesita de cristal situada a sus pies, entre el sofá y el televisor, lo encontró y encendió el aparato. Tenía sintonizada siempre la FOX, el canal 24 horas de noticias, pero nada interesante estaban dando. Dejó encendida la tele y volvió a la cocina, tenía hambre y necesitaba prepararse algo para comer. Era un excelente cocinero y cuando vivía con su mujer era él el que solía cocinar de vez en cuando, demostrando sus buenas dotes culinarias, pero ahora solo le apetecía una tortilla, tenía cosas que hacer en su despacho, en el que pasaba las horas que no estaba dando clase, el lugar que era su verdadera casa, el motivo que le quedaba para vivir tras la pérdida de su mujer.

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OTRO INICIO: “LA MUERTE NO PERDONA”

Quiero compartiros hoy el primer capítulo de una novela corta, dicen algunas lenguas por ahí que mi mejor novela. Como habéis adivinado está descatalogada, sin previsiones de ver la luz nunca más. En fin espero que os guste y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

LA MUERTE NO PERDONA

CAPÍTULO UNO

Toledo 8 de mayo de 1988

Hacia un sol radiante el cielo estaba de un azul hermoso y no había ni una sola nube en el cielo. Se oía el canto de los pájaros y la temperatura era agradable en extremo. Todo parecía indicar que iba a ser uno de los más bellos días del año, salvo por un pequeño detalle: estaban en el cementerio y era un funeral. Pocas personas se encontraban alrededor de la tumba, todas ellas ataviadas de negro, de la cabeza a los pies y llorando por la fallecida, una mujer de apenas 25 años. Allí estaban su madre, su padre, ambos desconsolados, lloraban y se lamentaban de la pérdida de su única hija; algunos amigos de la víctima y su marido. En los brazos de él, con apenas un año y medio de vida se encontraba la única hija que el matrimonio había tenido, que no era consciente del tremendo dolor que se acumulaba en aquél trozo de terreno y que jugaba ajena a todo lo que ocurría a su alrededor y sonreía. Era la única gota alegre en aquel mar de tristeza. Y allí seguían escuchando la homilía que el padre Serafín realizaba y a la que, para ser sinceros, casi nadie hacía caso. Tenían tanto dolor que sus oídos no escuchaban, sólo pensaban en la hija que se les había ido en plena juventud, y con toda una vida por delante que recorrer junto a su recientemente nacida niña.

La habían encontrado en la bañera, con dos cortes en las muñecas y completamente desangrada y nadie entendía que llevó a aquella hermosa mujer de preciosos ojos azules a quitarse la vida y dejar sola con su padre a lo que más quería en este mundo: su preciosa niñita como la solía llamar. No dejó ni una miserable nota. Y nadie podía imaginar ni suponer las razones que llevaron a una joven madre a dejar este mundo de aquella manera. Una mujer como ella no merecía abandonar este mundo saliendo por la puerta de atrás y a escondidas. Todo el mundo hablaba bien de ella, era una buena amiga, una excelente vecina y una mejor madre. Nunca se peleó con nadie, nunca dijo una palabra más alta que otra. Era conocida por todos y su simpatía y su forma educada de hablar supo llegar al corazón de la gente. Por eso cuando se supo lo de su muerte, todo el mundo se sintió conmovido y la pena se notaba en el rostro de sus conciudadanos y vecinos. Si hubiese sido un funeral público, ni la catedral, con toda su hermosura y grandeza hubiera sido suficiente para acoger a la gente que habría acudido a despedirse de ella. Por eso se optó por un funeral íntimo, para la familia y amigos más allegados. Ahora que la homilía estaba acabando las lágrimas y los lamentos de los asistentes lo llenaban todo. Finalmente la tierra la cubrió y durante varios minutos permanecieron de pie, mirando hacia el espacio donde unos minutos antes se veía el ataúd. En la lápida tan solo una frase, escrita desde lo más hondo de los corazones de todos: “Nunca te olvidaremos”. Y poco a poco fueron abandonando en silencio el cementerio, con la pena y la congoja como únicas compañeras. En la entrada se volvieron a abrazar, se despidieron con las lágrimas en los ojos, de nuevo todos dijeron que nunca podrían olvidarla y que formaría parte para siempre de sus vidas, que ese vacío sería imposible de llenar. Para muchos fue una realidad, para otros tan solo una frase dicha en un momento de enorme pena. Al cabo de tres años, moría su madre. Se la llevaba una enorme congoja que arrastraba desde aquel día. Nunca se recuperó. Nunca volvió a sonreír y finalmente un 20 de marzo dejaba este mundo, rodeada de antidepresivos y fotografías de su hija en todos los rincones de la casa. Pocos meses después el padre fallecía víctima de un infarto y seguramente por esa angustia que empezó como una espina y acabó siendo un cuchillo clavado en su corazón y en su alma.

Su marido nunca se volvió a casar, tuvo varias aventuras cortas, pero nunca tuvo el valor de afrontar otra relación. Y finalmente la pequeña Nuria que creció ajena a todo. No tuvo tiempo de llorar a su madre porque sencillamente era muy pequeña para saber qué era la muerte cuando esta acaeció, y creció sabiendo que no tenía una madre y nunca le importó, porque su padre se encargó de cuidarla y de que no le faltara de nada. Y hay que reconocer que tuvo todo lo que quiso, que fue criada con exceso de celo por parte de un padre que le dio tal vez demasiados caprichos. Pero su madre estuvo siempre a su lado, siempre la cuidó desde el más allá como sólo una madre puede hacerlo y siempre trató de avisar a su hija de la amenaza que se cernía sobre ella y que fue la que la llevó a ella a la tumba.

la muerte

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EL INICIO DE “EL ÍDOLO DE JADE”

La historia de esta novela es triste para mí digo. Tras varios años intentando publicarla, consigo que una editorial lo haga, tengo ejemplares para la presentación, y nunca más se supo. Poco después la editorial cerró o no porque todavía no lo sé, pero rescindí contrato, y a pesar de que nunca llegó a comercializarse la novela, resulta que se considera que está publicada porque está registrada con su ISBN y todo. Os puedo asegurar que los pocos ejemplares que se imprimieron me los quedé yo, pero ahora nadie quiere publicarla, otra razón para dejar de lado ese mundo. Pero quiero compartir con vosotros las primeras líneas. Espero que os guste, besos y abrazos a repartir.

CAPÍTULO UNO – Extraños paisajes

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No sabía muy bien dónde se encontraba. Nada de lo que veía a su alrededor le resultaba remotamente conocido. Todo lo que conseguía divisar era una enorme pradera, de hierba mullida y húmeda, que notaba por qué correteaba descalzo. Ni la ropa que llevaba le resultaba familiar. El cielo estaba plagado de estrellas, bien es cierto, pero ninguna de aquellas constelaciones le era conocida, incluso el olor del aire era rancio, distinto al que podía respirar en cualquier sitio. Pero lo más sorprendente era el color de aquella hierba, era azulada. De hecho todo el paisaje que le rodeaba era extraño, los árboles que se divisaban al fondo, a la derecha, tenían un no menos sorprendente color morado, y los troncos eran de un amarillo aún más increíble. Sobre su cabeza no se vislumbraba una hermosa y crateada luna, sino varias, aunque no tan grandes. Aquello no tenía ningún sentido. Como tampoco lo tenía la perspectiva que tenía ante sí, era extraña, ajena a todo lo que conocía. Se rascó la cabeza incrédulo. ¿Qué estaba pasando?

Siguió caminando, absorto en el paisaje que le rodeaba, aunque extraño, era hermoso, desconcertante, pero bello. Todo cuanto veía estaba envuelto en una fantasmagórica sombra, no menos insólita, que todo cuanto su vista alcanzaba a ver. Volvió a levantar la mirada y observó el cielo sobre su cabeza. No entendía nada, ninguna de aquellas constelaciones tenía sentido. Por un instante se sintió mareado, era como si el enviciado aire que respiraba, le faltase. Se detuvo y se sentó sobre la húmeda hierba, necesitaba sentir el frescor de la misma sobre su piel. Optó por tumbarse, y tras colocar las manos en la nuca, se extendió sobre la interminable pradera que era lo único, junto con el morado bosque, que se divisaba en el horizonte. Entonces su turbación aumentó. Ahora que contemplaba con detenimiento el movimiento de las estrellas se estremeció: giraban en sentido contrario al que tenían que hacerlo, o para ser más precisos, era el suelo en el que se encontraba el que lo hacía. Pero aquello no tenía ningún sentido. Se incorporó como movido por un resorte, había escuchado algo. Se puso de pie y observó todo lo que había a su alrededor y un escalofrío le recorrió cuando contempló que el paisaje que le envolvía había cambiado. El bosque de árboles morados se encontraba más lejos que cuando se tumbó sobre la hierba, y en aquella llanura en la que no se divisaba nada en el horizonte, se vislumbraban ahora unas colinas. Aquello ya era el colmo. Nada de todo aquello tenía explicación racional. Empezó a caminar de nuevo, hacia los collados que parecían mucho más cercanos, que unos segundos antes, aunque ya no estaba seguro ni de las distancias, ni del tiempo, ni de nada. Tenía dificultades para respirar, el aire que llegaba a sus pulmones estaba enrarecido y a cada paso que daba, la dificultad aumentaba. Finalmente tuvo que detenerse y sentarse de nuevo sobre la azulada alfombra de hierba que cubría todo. Notaba como el pecho subía y bajaba aceleradamente, intentando llenarse de un cada vez más escaso aire. De repente un sonido espectral hizo erizar el vello de su cuerpo. No sabía definir que era, parecía un graznido, un aullido, un bramido, o solo Dios sabe qué. Volvió a escucharlo y esta vez un escalofrío le recorrió. Aquello sonaba demoniaco. Se incorporó nuevamente, y a pesar del escaso aire que le rodeaba, corrió con todas las ganas con las que fue capaz, pero sufrió un nuevo sobresalto: ya no había colinas frente a él, y el bosque ya no estaba a su izquierda, se había desplazado, sin saber de qué manera a su derecha.

el idolo

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UN RELATO

Antes de compartir este relato quiero confesaros una cosa, los dos libros de relatos que tenía publicados “¿Hay alguien aquí?” y “Bocados de terror”, los quise publicar de nuevo, para ello los desmenucé y los volví a ordena, cambiando los títulos, y ordenándolos de otra manera. En uno de ellos puse todos los relatos largos e incluí una novela corta que también estaba descatalogada, y en el otro puse todos los relatos cortos y micros que tenía juntamente con todos los relatos que han sido finalistas en concurso y que al estar publicados en las correspondientes antologías, no creí necesario incluirlos en las primeras ediciones de los libros. Como las desgracias no vienen solas, la inmensa mayoría de esas antologías han quedado descatalogadas puesto que las editoriales que las publicaban han cerrado. Como tampoco van a ver la luz estas nuevas versiones de mis libros, quiero ir compartiendo con vosotros algunos relatos. El de hoy aparece en “¿Hay alguien aquí”?, de hecho es el que abre el libro, espero que os guste, y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

 51zwB2EtVrL 24 DE ABRIL

Era una noche estrellada. Son de esas cosas que no se pueden olvidar, sobre todo porque ver un cielo así en una ciudad es difícil, y sin embargo la luna brillaba como nunca y el resto de las estrellas la acompañaban como centinelas en una noche de guardia. Hoy se cumplen 5 años y aquí estamos los dos, depositando como siempre un ramo de flores, mientras ella llora desconsoladamente. Intento servir de pañuelo de lágrimas, quiero aliviarla de la carga que lleva y que le hace sufrir sobremanera, pero es imposible, no lo consigo.

-¡Te quiero!- clama entre sollozos- ¡Siempre te querré!

El cielo se tiñe de negro, las primeras gotas de una lluvia suave comienzan a caer y se mezclan con las lágrimas que ella empieza a derramar. Permanecemos unos instantes más allí contemplando aquel trozo vacío de tierra dónde hace cinco años encontraron el cadáver.

Aquel día no lo puedo olvidar. Lo llevo grabado en mi memoria a fuego. Estábamos en el único bar del pueblo, en las afueras, cercano a la carretera. Era una reunión de amigos con la única intención de celebrar simplemente la camaradería que nos unía desde hacía años. Alrededor de una mesa compartíamos unas cervezas y unos bocadillos, mientras jugábamos una partida de dardos.

-Venga, te toca.

Era mi turno. No es modestia pero de toda la cuadrilla, soy el mejor jugando, el hecho de tener una diana en casa también ayuda a ello. Así que me coloqué sobre la línea, apunté y… ¡60 puntos! ¡Triple 20! Apunté de nuevo y el dardo se clavó junto al otro. Lo cierto es que aunque practique a diario, la suerte siempre es una ayuda y admito que aquel día, especialmente, estuve muy inspirado. Mi tercer tiro también se clavó en el triple 20. He de confesar que pocas veces me ocurría algo parecido y sonreí. Mi rival no tuvo tanta suerte, apenas sumó 45 puntos tras conseguir dos dardos en el 20 y uno en el 5. Parecía claro que las cervezas no las iba a pagar yo. Era esa otra de las costumbres que solíamos realizar los viernes, quién pagaba las consumiciones. Unas veces lo hacíamos, como aquel día, jugando a los dardos, otras lo hacíamos jugando a las cartas, o incluso a los dados y a los bolos. Lo importante era compartir juntos unas horas, reírnos y pasarlo bien. Era el día que dedicábamos a nosotros, los amigos; nuestras parejas lo hacían también, se reunían y charlaban de sus cosas. Era algo que desde los primeros momentos de relación decidimos: los viernes por la tarde era el día de los amigos.

Recuerdo que hacía un tiempo maravilloso, bien es cierto que la primavera ya hacía tiempo que se había instalado, pero con esos traicioneros golpes de frío que la caracterizan; las noches no dejaban de ser una sorpresa y uno tenía que ir prevenido para cualquier cambio de tiempo imprevisto. Recuerdo también que aquel día el local estaba bastante lleno, además de nuestro grupo de amigos, había diez personas más, lo cual dado el tamaño del garito tenía su mérito. Algunos llevaban varias copas encima, y aun quedaban algunas horas hasta el cierre del local, sin embargo a nosotros nos bastaba con tomar un par de cervezas por cabeza, no queríamos emborracharnos, tan solo pasar un rato juntos.

-¡Otro 180!- gritaba mi compañero de partida- hoy creo que no pagamos nosotros. Me entran ganas de pedir otra ronda…

-Estoy de suerte, eso es todo- fue lo único que alcancé a decir.

Uno de los chicos que se encontraban en la barra, empezó a subir el volumen de su voz, al parecer había empezado una discusión. Rápidamente fue zanjada por el dueño, el mismo que servía las copas y que no permitía ningún tipo de altercado en su bar. Si proseguía con esa actitud, lo echaría de allí. El joven pidió perdón, pero no tardó mucho en enfrascarse en otra conversación elevada de tono. No sería la última, aquello fue el desencadenante de todo lo que ocurrió después, desgraciadamente. Me tocaba de nuevo, triple 19, triple 20, doble 12. Habíamos ganado. Esta noche ni Pedro ni yo pagaríamos las copas. Juan, Javier, Iván y Miguel nos miraban con envidia, entre ellos tendrían que jugar la partida para decidir quién abonaría las consumiciones.

Recuerdo que cuando los jóvenes de la barra abandonaron el local, uno de ellos me dio un golpe al no poder mantener el equilibrio, me pidió perdón con una voz pastosa, tan típica de aquellos que han bebido en exceso y a los que les cuesta expresarse con claridad. Se quedaron en la puerta, justo en el sitio dónde apenas un par de semanas más tarde el dueño instalaría la terraza, cuando el buen tiempo definitivamente llegase.

Nosotros, una vez decidido quién pagaba, nos dedicamos a las confidencias, a mantener encendida la llama de la amistad, a recordar los buenos momentos vividos, los no tan buenos, a sonreír con los chistes malos y a reírnos con los buenos. Simplemente éramos un grupo de compañeros reunidos por el puro placer de la amistad. Dos horas más tarde abandonábamos el lugar. Nos despedimos y quedamos en encontrarnos dentro de una semana en el mismo sitio. Nunca más volveríamos a vernos.

Alguien no recuerdo quién, me dijo que fuese con él en el coche; le dije que no, hacía una noche preciosa y quería pasear. Además, no vivía demasiado lejos de allí, ya que mi casa quedaba justo a la entrada del pueblo siguiendo la misma carretera en la que se encontraba el bar, donde seguían aquellos jóvenes, bebiendo, medio desnudos y vomitando junto a la puerta del local, tal vez como venganza por haberlos echado. Miré hacia atrás por última vez para contemplar a mis amigos alejarse. No los volví a ver más. Aquel 24 de abril hacía una noche excepcionalmente hermosa, la visibilidad era total y el cielo brillaba con su miríada de estrellas saludándome y eso a pesar de las luces de las farolas de la carretera que llevaban encendidas un par de horas. Sonreí, y a pesar de que no hacía frío, subí la cremallera de la cazadora, me arrebujé en ella y empecé a caminar. Escuchaba el canto de los grillos y a saber que otros animales que les acompañaban en aquel coro nocturno. Dejé que se llenasen mis fosas nasales del olor de los jazmines y las lilas. Caminaba despacio, disfrutando de cada centímetro de aquel paseo que no tenía por costumbre realizar de noche. Entonces llegué a la fatídica curva. No me dio tiempo a esquivarlo, no lo vi llegar. Aquellos jóvenes que no habían parado de beber durante toda la noche, volvían a sus casas montados en un coche rojo, al que por descuido, por los efectos del alcohol o por otra causa que desconozco, no llevaba las luces encendidas. No lo vi y posiblemente ellos no me vieron a mí. Acabé en la cuneta, morí casi al instante, mientras ellos huían sin pararse a auxiliarme.

24 de abril. Hoy hace cinco años de todo, y aquí estamos mi mujer y yo, ella empapándose con la lluvia que al final cae con fuerza, yo en vano intentando consolarla diciéndole que sigo aquí, que también la quiero y la querré siempre, que la amo con locura. Pero no me ve, no me escucha, no puedo hacer nada por calmar su dolor. Tardé mucho en entender por qué no podía, pero ahora lo sé. Soy un fantasma. Se gira, por fin se marcha, me atraviesa y su fragancia me llega. Unas lágrimas espectrales ruedan por mi mejilla, le susurro al oído que la querré eternamente. Se detiene, se vuelve nuevamente, es como si hubiese notado mi presencia. Llora amargamente y se arrodilla sin importarle si el barro que lo cubre todo la manchará. Levanta su rostro, entre las gotas que se deslizan por su cara, mezcla del agua que cae y las lágrimas que derrama; esboza una sonrisa, la primera en cinco años, mientras susurra:

-Yo también te querré siempre.

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LIBROS DESCATALOGADOS

Sin contar aquellos que empecé a publicar con una editorial de autoedición y que ya no existe, tengo varios libros descatalogados, que ya no se pueden comprar, y de los que ni siquiera dispongo de ejemplares. Tampoco van a ser publicados de nuevo, ya que la mayoría de las editoriales no quieren hacerlo, se escudan en que ya ha sido publicado y que por lo tanto, no les interesa. Respeto absoluto a esa idea, pero eso lo único que hace es sumar capas de tierra a mi decisión de dejar este mundo.

Os comparto las portadas de esos libros por si los véis en alguna página, que sepáis que no tienen mi permiso para aparecer ahí, así que os pediría que si los veis anunciados me lo comuniquéis para poder emprender las acciones pertinentes, el único sitio en el que hay ejemplares con mi permiso, es en ABACUS Mollet de la novela “Asesina de hombres”, gracias desde ya. Besos y abrazos a repartir.

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PROYECTOS SIN TERMINAR

El hecho de dejar de publicar, tiene su lado negativo. Muchas ideas se han quedado en el cajón, y aunque seguiré con ellas, no verán la luz. En el tintero se han quedado algunas novelas y un nuevo libro de relatos, que de momento no tengo ni prisa ni interés por continuar. Lo único con lo que estoy siguiendo es con una novela que tengo que acabar, es una promesa, y las promesas se cumplen. Lo demás… bueno un día se terminarán y quedarán guardadas en mi ordenador, si a nadie le ha interesado hasta ahora lo que escribo, no creo que puedan interesar después. Seguiré escribiendo, es algo que me gusta y eso es algo que nadie me podrá quitar. Mis historias pueden no interesar, pero son mis historias. Es cierto que la fuente se ha secado, que no brota nada nuevo, pero lo escrito. escrito está, y las ideas que lo motivaron siguen estando ahí. Una de las novelas que ya no verá la luz, es una en la que llevo trabajando algún tiempo ambientada en el barco más famoso de la historia, el Titanic. Gracias a los que habéis estado ahí siempre, besos y abrazos a repartir.

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