UN RELATO INÉDITO

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Hoy os comparto lo que dice el título, un relato inédito, nunca publicado. Besos y abrazos a repartir.

SEÑALES

Punto, raya, punto, punto, raya, raya.

Llevo dos horas escuchando el mismo sonido, lo he aprendido de memoria, me martillea, me taladra los tímpanos, se clava en mi cerebro y me está volviendo loco. He cogido un cuchillo, quiero cortarme las orejas, arrojarlas en medio del bosque para dejar de oírlo, pero no puedo.

Esta mañana fui dando un paseo al museo de las telecomunicaciones, tenía curiosidad por saber como ha evolucionado a través de los años la comunicación entre los humanos, y a pesar de que estaba lleno de curiosos artilugios, me llamó poderosamente la atención el telégrafo. Estaba en una urna de cristal, aislado del resto de las cosas allí expuestas. Bajo el aparato una tablilla con el abecedario en código morse. Me paré un instante para verlo mejor.

Entonces, ocurrió algo muy extraño, aquel viejo trasto que no estaba conectado a ninguna parte empezó a moverse, a golpear con el punzón la base metálica. Miré a mi alrededor, pero la escasa afluencia de público, en especial en la sala en la que me encontraba, no mostraba interés alguno en el mismo, y por un instante me planteé si de verdad lo había visto moverse y escuchado ese sonido que emitía, o todo había sido fruto de mi imaginación.

Me agaché un poco más y comprobé, con cierto temor que no sufría alucinaciones, aquello se movía, y parecía que seguía un ritmo concreto. Fue al traducirlo cuando el miedo me invadió: “Voy a por ti, voy a por ti”. Corrí todo lo que pude, mientras la gente me miraba sin entender nada, señalándome y murmurando que parecía loco, y tal vez lo estuviera.

No me detuve hasta que no crucé la puerta de mi casa. Pero ese sonido me seguía acompañando, martilleándome sin cesar. Me metí en mi habitación y cuál fue mi sorpresa al encontrarme sobre la mesita de noche el mismo aparato del museo. Lo sé porque nunca tuve ninguno, y aquel tenía las mismas muescas del uso del tiempo que el que había visto en una vitrina.

Intenté deshacerme de él, arrojándolo por la ventana, rompiéndolo con un martillo, pero siempre aparecía de nuevo en la mesita de noche, con el repiqueteo constante, emitiendo siempre la misma frase, la misma amenaza: “Voy a por ti, voy a por ti”.

Dos horas y cinco minutos. No lo soporto más, abro la ventana y salto, sonrío aliviado mientras desciendo velozmente pensando en que todo habrá acabado cuando golpee contra el gris asfalto. Se oye un ruido seco, es el de mi cabeza al reventar, y mientras la vida se me escapa sigo escuchando punto, raya, punto, punto, raya, raya.

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MIS OTROS RELATOS (y XXIII)

Bueno pues lo prometido es deuda y como este relato no lo había publicado todavía en el blog, procedo a ello. Espero que os guste y si es así compréis el libro, realmente merece la pena. Hay relatos y poesías muy buenos de gente que de verdad sabe escribir. Besos y abrazos a repartir.

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MÁS ALLÁ DEL VINO

Como todas las mañanas, Pedro se dirigía a la bodega. Su vino, denominación de origen Castilla la Mancha, era sin duda, el mejor de la región. Pero eso no se conseguía solo, era necesario mucho trabajo, tesón y dedicación. Puntual, a las siete y media descendía los dos escalones que separaban el mundo exterior del interior de aquella bodega. La enorme puerta de madera, tenía más de doscientos años, desde que su tatarabuelo, empezó a elaborarlo. Un gran amante de Baco ese hombre. La tradición fue pasando de padres a hijos, y ahora era él el responsable de que aquel vino continuase llegando a los restaurantes más exquisitos, tal era la calidad del mismo.

Llevaba la enorme llave que abría aquella puerta en la mano. Silbaba. Hoy lucía el sol, buena señal. A pesar de los años, la llave y la cerradura encajaban perfectamente, y el portón se abrió sin rechinar, con total suavidad. Ahora, una pequeña escalera descendía hasta el suelo de la bodega propiamente dicho y la oscuridad allí dentro era total. Accionó el pequeño interruptor situado a la derecha llenándose poco a poco el espacio de una luz mortecina, la justa para poder ver y la necesaria para no estropear el líquido de las botellas, muchas de ellas llenas de polvo, de años, y sin duda de un caldo excelente. Inició el ritual cotidiano, el que hacía cada día, primero inspeccionaba las situadas a la derecha, acariciándolas con esmero, luego lo haría con las de la izquierda, y acabaría el recorrido, con los barriles, seleccionaría cuatro al azar, haría una cata, y si todo estaba en orden, lo anotaría y saldría, luego a mediodía haría una segunda ronda, y antes de acabar el día una tercera. Solo así se conseguía tener el mejor vino de Castilla La Mancha, solo así se conseguía la perfección. Llegó hasta el final de la enorme estancia y se disponía a dar la vuelta y salir cuando algo sobre el suelo le llamó la atención. Había un lugar en aquella bodega del que su tatarabuelo le hablaba con misterio, casi con devoción. Era un enorme barril, dos veces más grande que los normales situado en un pequeño recodo al final de todo. Desde la puerta de entrada no se veía. Nunca explicó el motivo por el que aquel rincón era tan especial, pero se fue transmitiendo de generación en generación y nunca nadie puso objeciones. Aquel barril no podía ser movido, ni desplazado, ni reparado. ¿Los motivos? Se los llevó a la tumba, aunque lo correcto sería decir que se los llevó allí donde quiera que estuviera, ya que un día, desapareció, así sin más. Un misterio al que nunca se pudo encontrar respuesta.

Desde la distancia a la que se encontraba solo podía divisar lo que parecía ser un pie. Se preguntó si alguien durante la noche habría entrado a robar, aunque poco iba a encontrar allí, y en la oscuridad intentase salir, tropezase y cayese al suelo. No parecía probable puesto que acababa de entrar él y como pudo comprobar la puerta estaba cerrada.

-¿Hay alguien? -preguntó.

La única respuesta fue el silencio. Permanecía quieto, y desde la posición que ocupaba, sin moverse, volvió a preguntar. De nuevo el silencio por respuesta. Sacó el teléfono móvil de su bolsillo, encendió la linterna y con paso trémulo se dirigió hacia aquel cuerpo, que a medida que se acercaba quedaba claro que era eso. Cogió con la otra mano una barra de metal, que usaban para separar las lamas de los barriles más viejos. Toda precaución era poca.

-¿Se encuentra bien? -preguntó.

Ninguna respuesta. Estaba claro que o bien estaba inconsciente, o estaba haciéndoselo, o lo que era peor: estaba muerto. Ojalá la última opción fuera la incorrecta, tendría que llamar a la policía, eso no era bueno para el vino ya que la luz estaría encendida más tiempo del necesario, el trasiego de la gente allí dentro sería numeroso, y todo eso afectaría al líquido contenido en los recipientes. Rezó para que esa pesadilla no se hiciese realidad. Envuelto en sus pensamientos había llegado junto al cuerpo. No se movía y el mal sueño empezaba a tomar forma. Ahora que se fijaba había algo extraño y tardó poco tiempo en saber qué era: los ropajes, estaban desfasados. Enfocó la linterna a aquel rostro y palideció. ¡Era imposible! En el pasillo de la oficina de la bodega situado en el otro edificio, estaban los retratos de todos sus antepasados y no quedaba ninguna duda. Conocía aquel rostro casi de memoria, era el orgullo de toda la familia, era el fundador de la empresa, el creador del mejor vino de la región. Era su tatarabuelo.

Pero era imposible, llevaba más de ciento cincuenta años desaparecido. Se acercó con miedo, con mano temblorosa acercó sus dedos al cuello, no había pulso, estaba claro que estaba muerto. Parecía reciente, el cuerpo estaba todavía algo caliente, volvió a enfocar aquella cara. Los ojos eran inconfundibles, el hoyuelo de la barbilla también, el bigote retorcido era el mismo. ¿Cómo podía un hombre que llevaba más de siglo y medio desaparecido aparecer muerto de repente como si nada? Se alejó, dejó la barra de metal apoyada en un barril y mientras abandonaba el lugar hizo tres llamadas, una a la policía, las otras a sus hermanos, que le cosieron a preguntas cuando dijo que había encontrado un cadáver en la bodega, pero no les dijo lo que sospechaba, no quería que le tomaran por loco, pero estaba empezando a sospechar que lo estaba. No tardó en presentarse la policía, y casi al unísono lo hacían sus hermanos. Los agentes le saludaron y preguntaron;

-¿No ha entrado nadie desde que nos llamó?

-No, señor.

-¿Podemos entrar entonces?

Y dirigiéndose a uno de sus hermanos le dijo:

-Juan, ¿puedes traer el retrato del tatarabuelo por favor?

-¿Para qué?

-Tráelo, ahora te lo explico.

-Agente, deme unos minutos, en cuanto mi hermano venga abriré la puerta.

-¿Tan importante es?

-Quiero que lo vean con sus propios ojos.

-¿Ver el qué?- pregunto su hermano Santiago.

-Que no estoy loco.

Aquella afirmación lo único que hizo fue sembrar la incertidumbre. Los agentes se miraban con cara de sorpresa y su hermano no paraba de agitarse sin acabar de entender lo que Pedro decía, pero su cara, la palidez que mostraba, no era normal. Algo había pasado allí abajo y parecía ser gordo. Durante unos segundos, que se hicieron eternos nadie dijo nada, se limitaron a mirarse unos a otros hasta que Juan apareció con el retrato. Al verlo Pedro no pudo evitar sentir un escalofrío, no le quedaba ninguna duda.

-¿Para qué lo quieres? -preguntó.

No contestó, se limitó a abrir la puerta, entró el primero, encendió la luz, dejó pasar a los demás y señalando el lugar donde descubrió el cadáver dijo:

-Está allí al fondo.

Los agentes descendieron primero, luego Pedro y a continuación sus hermanos. Durante los metros que recorrieron, nadie se atrevió a abrir la boca. La tensión se podía respirar, mezclada con el polvo y el aroma del vino.

-¿Lo ha movido? -preguntó uno de los policías.

-No, lo único que he hecho ha sido tomarle el pulso.

-Está claro que este hombre está muerto, pero ¿qué hace vestido así? -preguntó uno de los policías.

-A lo mejor estaba en una fiesta de disfraces y se coló aquí por error -dijo el otro agente con una sonrisa.

-La única puerta de entrada es esa -dijo Pedro señalando por la que ellos habían accedido- y estaba cerrada cuando he llegado.

Movieron el cuerpo hasta que su cara quedó visible. Entonces, sorprendiendo a todos, Pedro arrebató el retrato a Juan, lo colocó junto al hombre muerto y todos quedaron atónitos, el rostro de aquella foto y el del cadáver eran el mismo. La ropa también.

-¡Es imposible! -grito Juan que también estaba pálido.

-¡Lleva desaparecido más de un siglo! – exclamó Santiago.

-Es cierto que el parecido es increíble -dijo uno de los policías- pero seguro que hay una explicación, no puede ser ese hombre.

-Por eso te pedí que trajeras la foto, porque no me ibais a creer.

El silencio llenó toda la bodega. Unos miraban a otros, los otros a los unos. Nadie podía creer lo que todo parecía indicar. Para los agentes de policía, que no dejaban de rascarse la cabeza, acostumbrados a cosas lógicas, todo aquello carecía de sentido y seguro que, si profundizaba, algo sensato podían intentar deducir. Para los tres hermanos aquello era tan sorprendente que no podían articular ninguna palabra.

-Tiene que haber una explicación -dijo uno de los policías.

-Mira -dijo el otro- tiene algo en el bolsillo.

Con sumo cuidado extrajeron el documento. Parecía tan antiguo como todo lo que acompañaba a aquel cuerpo. La letra era de esas que se enseñan en caligrafía, recargada, elegante, anticuada. El texto, lejos de aportar soluciones, añadía un nuevo enigma al conjunto. Explicaba el motivo por el que el vino que se hacía en aquella bodega, en aquel lugar de Castilla la Mancha, era tan excelente. Hablaba del ingrediente secreto que solo existía en aquella tierra, y que le daba ese sabor tan exclusivo.

Cuando acabaron de leerlo, los rostros de todos eran la viva expresión de la sorpresa. ¿Estaba el tatarabuelo loco? ¿De verdad aquella tierra tenía un secreto tan sorprendente? ¿Podía estar la respuesta a millones de años luz de distancia? De nuevo se cruzaron unas miradas. Solo había una forma de averiguarlo.

-No puede ser. ¿Por qué nadie en la familia lo supo? -preguntó Juan.

-Porque no se puede creer, pero vamos a comprobar si es cierto -sentenció Pedro.

Se acercaron a aquel enorme barril, estuvieron tanteando todo el borde buscando el pequeño resorte que según indicaba el documento encontrado en el cuerpo accionaba su apertura, y de repente ocurrió. La parte frontal empezó a moverse hacia el interior, era cierto, era una puerta que llevaba a un lugar desconocido para todos, sobre todo para los hermanos que iban a descubrir el secreto mejor guardado de la familia. Supuestamente la oscuridad tendría que ser total y sin embargo un extraño resplandor amarillento lo llenaba todo. Los agentes de policía se encontraban en una incómoda disyuntiva, llamar para pedir el levantamiento del cuerpo, o explorar lo desconocido. No tardaron en tomar una decisión: el cadáver no se iba a salir corriendo, así que decidieron acompañar a Juan, Pedro y Santiago. No hacía falta iluminar con las linternas de los móviles, ya que la claridad era suficiente para poder avanzar sin problemas.

¿Cómo definir lo que estaban viendo? No era fácil, pero era soprendente. Las paredes estaban talladas directamente en la roca, estaban cubiertas de extraños dibujos y aquí y allá se veían lo que parecían antorchas que emitían la extraña luz amarilla que lo llenaba todo. El suelo estaba liso, se podía caminar sin dificultad, el aire era respirable y la temperatura era fresca. ¿Hacia dónde se dirigía aquella especie de ancho pasillo por el que circulaban? Solo había una forma de saberlo, adentrándose en él. Iban uno al lado del otro, los policías, más por instinto que por otra cosa, habían desenfundado sus armas. A pesar de ser cinco personas todavía quedaba algo más de un metro a cada lado hasta llegar a la pared. Quién construyó aquello, puesto que era evidente que no era natural, tuvo que realizar un trabajo enorme. No pudieron precisar cuantos metros avanzaron, pero al menos lo habían hecho durante más de diez minutos y lo único que se veía hasta el momento, era unas paredes con dibujos de vez en cuando y unas teas. Nada más. Atrás había quedado el olor a vino, aquel aroma tan particular que solo aquel caldo de Castilla la Mancha, tenía. Alguien sugirió volver hacia atrás, posiblemente uno de los hermanos de Pedro, pero ninguno lo hizo. Pasados unos cuantos minutos más aquel pasillo desembocaba en una enorme sala, cuyas dimensiones eran difíciles de calcular, pero varios campos de fútbol podían caber allí dentro sin problemas. Pero lo increíble se encontraba en medio de todo. Una roca, de un tamaño descomunal con incrustaciones metálicas, ocupaba aquel espacio. Y entonces ocurrió algo fantástico, unas pequeñas criaturas de color gris hicieron acto de presencia. Medían algo más de medio metro y tenían grandes cabezas y unos no menos enormes ojos negros almendrados.

Lo inesperado de esa aparición hizo que reculasen y cayesen. A uno de los policías se le escapó un disparo que impactó en el techo, pero aquellos seres parecieron no inmutarse. Se acercaron aún más y hablaron, aunque ninguna de sus bocas se abrió.

-No tengáis miedo. No os haremos daño.

Infundían mucha paz. Una voz siguió hablándoles:

-Esa piedra que veis viene de un lejano planeta, el nuestro, somos sus guardianes, los custodios de su maravillosa cualidad. Desprende una sustancia especial, única, desconocida en vuestro mundo y que impregna la tierra poco a poco, de manera constante. Esa es la clave del extraordinario sabor de vuestro vino. Tu tatarabuelo la encontró por casualidad -dijo señalando a Pedro- y supo mantener el secreto. Espero que vosotros también lo hagáis.

-¿Qué le ha pasado a él? -preguntó Santiago.

-Murió, hace mucho.

-¿Hace mucho? -preguntó Pedro-. Eso no es posible, hemos encontrado su cuerpo hace un rato y gracias a sus indicaciones hemos podido llegar hasta aquí. ¿Qué le habéis hecho?

Uno de aquellos seres extendió su mano, tocó la cabeza de Pedro y al momento cayó al suelo. Como si de un hipnotizador se tratase, era el mismo efecto. Nadie osaba moverse o mejor dicho, nadie lo hacía; estaban paralizados. Pero no tenían miedo. Dos de aquellos hombrecillos se fueron acercando al cuerpo yacente de Pedro, colocaron sus manos sobre la cabeza del hombre, este se convulsionó un poco pero enseguida quedó quieto. Su rostro mostraba un semblante sereno, una sonrisa de felicidad lo surcaba.

Cuando abrió los ojos, se sobresaltó. Se había quedado dormido sobre la mesa de la oficina. Estaba desconcertado y no sabía muy bien donde estaba. Cogió las llaves y corriendo, casi volando, se encaminó hacia la bodega, abrió la puerta y se dirigió hacia el fondo. ¿Qué esperaba encontrar? No había ningún cuerpo. Se acercó al enorme barril, aquel que no podía ser movido por orden de su tatarabuelo. Recorrió todo el borde del mismo dos veces, una en cada sentido, pero allí no había resortes, ni sistema de apertura ocultos, tan solo era un barril de madera, nada más. Recorrió toda la bodega despacio, mirando en cada rincón, debajo de todos los lugares que estaban algo elevados. No había nada. Algo más relajado se puso a silbar y abandonó el lugar.

Tenía dos pasiones, una el vino, por ello llevaba una de las mejores bodegas de Castilla la Mancha, otra la lectura de novelas de ciencia ficción, no era bueno mezclar ambas cosas, sobre todo si uno se dormía leyendo una de ellas. Todo había sido un mal sueño, solo eso. Regresó sonriendo, casi se podía decir que a carcajadas. Su imaginación le había jugado una mala pasada. En cuanto entró de nuevo en la oficina se sirvió una copa del mejor caldo, la saboreó y la disfrutó como nunca. Era el mejor vino del mundo. Encendió el ordenador y abrió el programa de correo. Había tenido la idea de renovar la etiqueta de la bodega, hacerla más moderna, más acorde al siglo XXI y su diseñador había prometido enviarle esa misma mañana el nuevo modelo. Recorrió con la mirada la bandeja de correo entrante y allí estaba el que esperaba. Lo abrió y esperó que el dibujo se cargara. Al verlo palideció.

Sobre un fondo verde, una piedra con incrustaciones brillantes se veía y a ambos lados de ella dos pequeños hombrecillos grises cabezones la custodiaban, Bajo ellos un lema: “un vino de otro mundo”. Uno de aquellas criaturas le guiñó un ojo cómplice…

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MIS OTROS RELATOS (y XXII)

ancrofobia juntos por un sueño

Como todos ya sabéis hace mucho que dejé de escribir, pero se acaba de publicar un libro en el que aparecen dos relatos míos, es una antología de la Editorial Leibros, y luego os pongo el enlace de compra. Incluso creo que los relatos ya los he publicado por aquí, uno se titula “Reflexiones desde el hospital” y el otro “Más allá del vino”. Pero en la otra antología “Ancrofobia”, aparece un relato inédito, uno que escribí no hace mucho, que envié al concurso que organizaban y que ha sido seleccionado y publicado. Se titula “¡Corren por mis venas!” y es el relato que acompaña esta entrada. De vez en cuando pongo cuatro palabras seguidas, pero ahí acaba todo. También os dejo el enlace de compra por si os animáis. Y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

¡CORREN POR MIS VENAS!

Aquel día no lo olvidaré nunca.

Salimos a dar una vuelta mi mujer y yo. Como todos los días, sin importarnos el tiempo. Aquel domingo llovía ligeramente, habían bajado las temperaturas, lo cual era de agradecer ya que el calor de los últimos días había sido intenso, para ser primavera.

Siempre hacíamos la misma ruta, pero sin explicarme todavía el motivo, nos dirigimos hacia el cementerio. Era uno de esos camposantos sin nichos, en el que las tumbas se extienden en todo cuanto la vista abarca. De vez en cuando algún panteón, de las familias más pudientes, se ve aquí y allá. Casi todos ellos abandonados hace muchos años ya sin que nadie se haya preocupado por arreglar los desperfectos del tiempo y la climatología.

El fin de semana, solía estar concurrido, la gente acudía a dejar flores a sus muertos, mientras recorrían en sepulcral silencio, las calles habilitadas para ello separando los enterrados en parcelas numeradas para su más fácil localización, pero ese domingo, imagino que por la lluvia que caía, estaba casi desierto.

De vez en cuando nos gustaba pasear por aquel lugar, sobre todo cuando necesitábamos alejarnos del ruido del resto de la ciudad, se respiraba paz, aunque el olor que más predominaba era el de la humedad, mezclado con algo indefinible, algo que tampoco queríamos saber que era.

Nos adentramos en la parte más antigua, allí donde las tumbas tienen muchos años, incluso siglos, era pura morbosidad. Eran las que se encontraban en un estado de abandono mayor, donde casi nadie acudía, tal vez porque ya no hubiese descendientes de aquellos que yacían bajo la tierra, o tal vez el aspecto de aquella parte del cementerio les intimidara más.

Caminábamos despacio, no teníamos prisa y la lluvia era tan fina, que no se notaba cuando te golpeaba, y aportaba algo de frescura que era bienvenida. Fue entonces cuando lo vimos, nunca hasta ahora, en todos nuestros paseos, habíamos llegado tan lejos, y por eso no habíamos sido conscientes de su presencia hasta ese fatídico día. Era un edificio totalmente de piedra, y si la fecha que aparecía sobre el dintel de la puerta era la correcta, tenía más de trescientos años de antigüedad, posiblemente fuese el más antiguo del lugar.

Movidos por una curiosidad insana, nos encaminamos hacia la puerta de madera, enorme y desgastada por el tiempo y cual fue nuestra sorpresa cuando vimos que estaba algo entreabierta, cosa extraña ya que ninguna otra, en todos los panteones que habíamos visto, lo estaba. Puede que llevase años así ya que seguramente hacía mucho que nadie accedía a su interior.

Entonces lo escuchamos con total claridad. Era un lamento, un gemido que venía del interior, nos quedamos paralizados, sorprendidos mirando hacia aquella puerta que parecía llamarnos. Fue cuando escuchamos por segunda vez aquella voz, que, como movidos por un resorte invisible nos movimos. Nos miramos, buscando confirmación de que lo que habíamos escuchado era cierto.

-¡Ayuda!

Era un sonido débil, pronunciado por alguien de corta edad, un niño o una niña. No podíamos quedarnos allí parados sin intentar saber que ocurría, así que avanzamos un par de pasos, lo que nos separaba de la entrada, y con cuidado empujamos aquella mastodóntica puerta que se abrió por completo sin emitir el más mínimo chirrido.

Al principio la oscuridad del lugar nos impedía ver nada, tuvieron que pasar unos segundos hasta que nuestros ojos se acostumbraron. Era un sitio mucho más grande de lo que por fuera parecía, y eso que era el edificio más grande del cementerio, sin contar el tanatorio y la capilla. Había varios ataúdes dispuestos en huecos en las paredes, todos con flores frescas, lo que hizo que me replantease el hecho de su abandono.

Al final se podía ver una escalera que descendía, y que estaba excavada directamente en el suelo, dando la impresión de ser mucho más antigua que todo lo demás. Era ahí donde una niña, vestida con ropas blancas antiguas gemía y pedía ayuda. Nos acercamos con paso tembloroso, entonces, una ráfaga de aire cerró la puerta, lo que provocó que se levantara el polvo del lugar.

A la oscuridad le siguió una carcajada inhumana, que solo podía proceder de aquella niña, pero nada parecido podía surgir de una criatura como esa. Empezamos a temblar, el frío, que instantes antes no habíamos notado, empezó a hacerse patente. De repente el lugar se iluminó con una fantasmagórica luz que no tardamos en descubrir que procedía de unas antorchas que no había sido capaz de ver y que ni siquiera puedo saber como se encendieron todas a la vez.

Bajo la tenue luz de aquellas teas comprobamos la cruda realidad. No estábamos ante una niña indefensa. Lo que teníamos delante se puede definir de muchas maneras, pero ninguna de ellas angelical.

-Ingenuos.

Fue la única palabra que salió de su ¿garganta? Aquello no podía hablar, no tenía una boca como la de cualquiera de nosotros. Era un amasijo de carne, con tentáculos y ojos por todos lados, y con cientos de aperturas llenas de afilados dientes que se abrían y cerraban a una velocidad endemoniada emitiendo un ruido ensordecedor. Entonces vimos realmente las paredes que nos rodeaban, no solo estaban llenas de féretros, sino que estaba llena de extraños signos, que parecían ondular y bailar bajo los destellos de las antorchas.

Lo que pareció ser una carcajada brotó de una de aquellas aperturas dentadas y de otra de ellas surgieron cientos de miles de pequeñas cosas parecidas a insectos, que se dirigieron hacia nosotros. Intentamos huir, golpeamos la puerta pidiendo socorro, probamos a abrirla, la golpeamos con piedras del interior, y no conseguimos moverla ni un milímetro, ni hacerle la más mínima marca.

-Pronto seréis como nosotros y moraréis en nosotros.

Sonó tan aterrador, que nos tapamos los oídos mientras un grito surgía de nuestras gargantas al tiempo que aquellas obscenas cosas se introducían en nuestras bocas.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una habitación acolchada. Estaba solo, tenía el cuerpo lleno de cortes desde el cuello a los pies. Fuera dos hombres vestidos de blanco, protegidos por un cristal de 10 centímetros de espesor, decían que había matado a mi mujer a cuchilladas, que cuando la policía llegó tenía un cuchillo de grandes dimensiones en mi mano, y me estaba apuñalándome a mí mismo mientras gritaba:

-¡Sacádmelos! ¡Están vivos! ¡Corren por mis venas!

Piensan que estoy loco, pero sentado en un rincón veo como mis venas se mueven, como algo las recorre, mientras una voz en mi cabeza me dice:

-Pronto seréis como nosotros y moraréis con nosotros.

Me giro hacia esos dos hombres, y les suplico:

-¡Por favor sacádmelos! ¡Corren por mis venas!

Juntos por un sueño (Editorial Leibros)

El libro Ancrofobia, ya está agotado.

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MI ADIOS DEFINITIVO (II)

Bueno por fín puedo traeros el vídeo con la entrevista radiofónica que me hicieron. Besos y abrazos a repartir.https://www.youtube.com/watch?v=fPNYK5F7c34

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MI ADIOS DEFINITIVO

Hace un tiempo me hicieron una entrevista, en la que explicaba los motivos por los que dejo el mundo de la escritura. Como no he conseguido el enlace, cuando lo haga os lo pasaré, os cuento algunas de las razones por las que abandono. Hay muchos motivos, tanto editoriales, como personales. Me voy a centrar en estos últimos.

Creo que cuando nos metemos en esto de la escritura, es porque nos gusta, porque es una manera de expresar algo que llevamos dentro y que necesitamos sacar, pero cuando decides dar el paso de publicar es para compartir con los demás todo eso y en un mundo en el que las redes sociales y el contacto con los lectores es fácil, uno espera algo de la otra parte, un comentario, una crítica, lo que sea. Y es aquí donde no he conseguido el objetivo. No he sabido llegar a mis lectores, si es que alguna vez los he tenido, y no ha habido esa comunicación. Las empresas cuando sacan un producto y este no funciona, no dudan en retirarlo del mercado, pues bien, en este caso el producto soy yo, y como no he funcionado, me voy. Uno tiene que saber aceptar las cosas como son y está claro que mis historias no han gustado. No pasa nada. Me lo he pasado genial escribiéndolas, y agradezco a todos los editores que han depositado su confianza en mí, lamento haberos fallado.

También hay otro detalle personal que me lleva a dejarlo. La fuente de las ideas, ese manantial del que todos los que escribimos bebemos, en mi caso se ha secado, no hay más ideas, no tengo nada más que contar. Tampoco voy a profundizar por si un poco más abajo hubiese alguna, no tengo ganas. No sé si alguna vez volveré a plasmar en papel algo, pero las dos novelas que tengo empezadas y el libro de relatos, se van a quedar así.

Y para acabar, quiero agradecer de corazón a los que han estado conmigo en esta aventura, fue bonito mientras duró. Y hasta aquí hemos llegado, y no quiero despedirme sin las palabras con las que he estado cerrando las entradas todos estos años: besos y abrazos a repartir.

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ASI EMPIEZA “ASESINA DE HOMBRES”

Bueno vamos a continuar con las primeras páginas de mis libros descatalogados. Hoy le toca el turno a “Asesina de hombres” una novela que nació como un encargo de la editorial, que un día me mandaron la portada por mail y me dijeron si podía hacer una historia a mi aire con ese título. Así nació. Hubo muchos descartes de ideas por obvios y otros porque podían ser utilizados en un futuro. Al final una mezcla de cultura japonesa, mujeres asesinas y mucha acción. Espero que os guste este inicio. Besos y abrazos a repartir.

CAPITULO UNO

1

—Bien, eso es todo por hoy, podéis recoger vuestros apuntes, nos vemos mañana.

En apenas unos instantes, el aula quedaba vacía entre gritos y vitores de los alumnos que con prisas abandonaban aquellas cuatro paredes, dejando tras de sí el desorden de mesas y sillas movidas de su sitio. Esperó a que todos ellos salieran, deseando que hubiesen sido capaces de asimilar algo de lo que les había explicado. Cuando la clase quedó en silencio, se dirigió con paso lento hacia el interruptor de la luz, apagó, echó una última ojeada al interior y finalmente cerró la puerta. Delante tenía un largo pasillo que recorrer, no lleno de peligros ya que los alumnos, que estaban deseosos de salir, corrían sin mirar, sin prestar atención a los demás, era mejor permanecer parado, ya que en breve el silencio daría paso al momentáneo ajetreo.

No tardó en quedar todo sumido en una tranquilidad total y pudo constatar que no era el único profesor que había esperado a que los alumnos abandonasen el recinto para dar señales de vida ya que del resto de aulas se veían cabezas que asomaban y cuerpos que empezaban a emerger por entre los dinteles de las puertas. Algún alumno rezagado, podía verse todavía pero sin las prisas de sus compañeros, esos no suponían ningún peligro. Al quedar el corredor vacío, los profesores se reúnen un instante para conversar, comentar como han ido las clases y despedirse hasta el lunes. Ahora les quedaba un fin de semana alejado de aquellos a los que intentaban instruir, la familia pasaba a ser prioritaria, pero la tranquilidad total para muchos de ellos no iba a llegar. Ahora tocaba lidiar con otra especie: los hijos.

Collins se despidió de sus colegas con un saludo lejano, una sonrisa amplia en la cara, y el maletín en la mano derecha. Cruzó todo el pasillo hasta la puerta principal y tras recorrer los escasos metros que le separaban del aparcamiento de profesores, se montó en su Pontiac negro. Arrancó sin violencia, sin dejar parte de los neumáticos sobre el asfalto como les gustaba hacer a los actores en Hollywood, y enfiló la calle principal. No vivía demasiado lejos del colegio, en aquella pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos, en realidad nada estaba demasiado lejos. Ante él desfilaron edificios de apartamentos, supermercados, tiendas de armas, droguerías, negocios propios de toda urbe que se precie allí en América. Al llegar al segundo semáforo giró a la derecha y pocos metros después el paisaje urbanístico cambió totalmente. Ya no había bloques de edificios, ni negocios, ahora eran las viviendas unifamiliares y las consultas privadas de médicos, dentistas, etc., las que predominaban. En medio de aquel pequeño paraíso, ya que entre casa y casa se podían ver jardines, todos ellos perfectamente cuidados, piscinas todavía vacías ya que el calor de verdad todavía no había llegado (aunque en algunos casos ya se oían los chapoteos de los más valientes) y barbacoas en casi cada rincón, se encontraba su hogar. Abrió la puerta del garaje con el mando a distancia, dejó aparcado el coche en su interior, y a pesar de que podía pasar al interior de la vivienda por una puerta situada en el mismo, decidió salir, cerrarlo de nuevo con el mando, y encaminarse al buzón de la entrada. No había correo. Se detuvo alzando la vista al cielo, tomó una gran bocanada de aire y empezó a llorar.

Hoy era un día especial. Martha hubiera cumplido años, la que había sido su compañera, su amante, su amiga, su mujer. No era muy grande, apenas algo más de metro y medio, pero llena de dulzura, de ternura, de amor. Si todavía estuviera viva, hoy le habría recibido en la puerta, con su melena rizada al viento, con aquella sonrisa capaz de enamorar hasta las estatuas de piedra y sobre todo con aquellos hermosos ojos verdes en los que tan a menudo se perdía. Pero Martha no estaba y eso nada podía cambiarlo. Retrocedió unos metros hasta la puerta blanca a la que se accedía tras subir dos pequeños escalones, sacó la llave del bolsillo y la abrió. El interior estaba limpio y ordenado, ya que aunque él no solía limpiar tenía una asistenta que venía tres veces por semana para que todo estuviera siempre a punto. Arrojó el maletín casi sin mirar sobre el sofá del gran salón, se desabrochó la corbata, se encaminó hacia la no menos enorme cocina, abrió la nevera y sacó una cerveza. La vació casi de un trago, dobló la lata con una mano y la arrojó al cubo de basura. Cogió otra, la abrió y tras dar un largo trago, volvió al salón. Se sentó junto al maletín, buscó entre los cojines el mando a distancia del televisor, no lo encontró, recordó que hoy era uno de los días en los que venía Cynthia, la asistenta a limpiar, echó un vistazo a la pequeña mesita de cristal situada a sus pies, entre el sofá y el televisor, lo encontró y encendió el aparato. Tenía sintonizada siempre la FOX, el canal 24 horas de noticias, pero nada interesante estaban dando. Dejó encendida la tele y volvió a la cocina, tenía hambre y necesitaba prepararse algo para comer. Era un excelente cocinero y cuando vivía con su mujer era él el que solía cocinar de vez en cuando, demostrando sus buenas dotes culinarias, pero ahora solo le apetecía una tortilla, tenía cosas que hacer en su despacho, en el que pasaba las horas que no estaba dando clase, el lugar que era su verdadera casa, el motivo que le quedaba para vivir tras la pérdida de su mujer.

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OTRO INICIO: “LA MUERTE NO PERDONA”

Quiero compartiros hoy el primer capítulo de una novela corta, dicen algunas lenguas por ahí que mi mejor novela. Como habéis adivinado está descatalogada, sin previsiones de ver la luz nunca más. En fin espero que os guste y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

LA MUERTE NO PERDONA

CAPÍTULO UNO

Toledo 8 de mayo de 1988

Hacia un sol radiante el cielo estaba de un azul hermoso y no había ni una sola nube en el cielo. Se oía el canto de los pájaros y la temperatura era agradable en extremo. Todo parecía indicar que iba a ser uno de los más bellos días del año, salvo por un pequeño detalle: estaban en el cementerio y era un funeral. Pocas personas se encontraban alrededor de la tumba, todas ellas ataviadas de negro, de la cabeza a los pies y llorando por la fallecida, una mujer de apenas 25 años. Allí estaban su madre, su padre, ambos desconsolados, lloraban y se lamentaban de la pérdida de su única hija; algunos amigos de la víctima y su marido. En los brazos de él, con apenas un año y medio de vida se encontraba la única hija que el matrimonio había tenido, que no era consciente del tremendo dolor que se acumulaba en aquél trozo de terreno y que jugaba ajena a todo lo que ocurría a su alrededor y sonreía. Era la única gota alegre en aquel mar de tristeza. Y allí seguían escuchando la homilía que el padre Serafín realizaba y a la que, para ser sinceros, casi nadie hacía caso. Tenían tanto dolor que sus oídos no escuchaban, sólo pensaban en la hija que se les había ido en plena juventud, y con toda una vida por delante que recorrer junto a su recientemente nacida niña.

La habían encontrado en la bañera, con dos cortes en las muñecas y completamente desangrada y nadie entendía que llevó a aquella hermosa mujer de preciosos ojos azules a quitarse la vida y dejar sola con su padre a lo que más quería en este mundo: su preciosa niñita como la solía llamar. No dejó ni una miserable nota. Y nadie podía imaginar ni suponer las razones que llevaron a una joven madre a dejar este mundo de aquella manera. Una mujer como ella no merecía abandonar este mundo saliendo por la puerta de atrás y a escondidas. Todo el mundo hablaba bien de ella, era una buena amiga, una excelente vecina y una mejor madre. Nunca se peleó con nadie, nunca dijo una palabra más alta que otra. Era conocida por todos y su simpatía y su forma educada de hablar supo llegar al corazón de la gente. Por eso cuando se supo lo de su muerte, todo el mundo se sintió conmovido y la pena se notaba en el rostro de sus conciudadanos y vecinos. Si hubiese sido un funeral público, ni la catedral, con toda su hermosura y grandeza hubiera sido suficiente para acoger a la gente que habría acudido a despedirse de ella. Por eso se optó por un funeral íntimo, para la familia y amigos más allegados. Ahora que la homilía estaba acabando las lágrimas y los lamentos de los asistentes lo llenaban todo. Finalmente la tierra la cubrió y durante varios minutos permanecieron de pie, mirando hacia el espacio donde unos minutos antes se veía el ataúd. En la lápida tan solo una frase, escrita desde lo más hondo de los corazones de todos: “Nunca te olvidaremos”. Y poco a poco fueron abandonando en silencio el cementerio, con la pena y la congoja como únicas compañeras. En la entrada se volvieron a abrazar, se despidieron con las lágrimas en los ojos, de nuevo todos dijeron que nunca podrían olvidarla y que formaría parte para siempre de sus vidas, que ese vacío sería imposible de llenar. Para muchos fue una realidad, para otros tan solo una frase dicha en un momento de enorme pena. Al cabo de tres años, moría su madre. Se la llevaba una enorme congoja que arrastraba desde aquel día. Nunca se recuperó. Nunca volvió a sonreír y finalmente un 20 de marzo dejaba este mundo, rodeada de antidepresivos y fotografías de su hija en todos los rincones de la casa. Pocos meses después el padre fallecía víctima de un infarto y seguramente por esa angustia que empezó como una espina y acabó siendo un cuchillo clavado en su corazón y en su alma.

Su marido nunca se volvió a casar, tuvo varias aventuras cortas, pero nunca tuvo el valor de afrontar otra relación. Y finalmente la pequeña Nuria que creció ajena a todo. No tuvo tiempo de llorar a su madre porque sencillamente era muy pequeña para saber qué era la muerte cuando esta acaeció, y creció sabiendo que no tenía una madre y nunca le importó, porque su padre se encargó de cuidarla y de que no le faltara de nada. Y hay que reconocer que tuvo todo lo que quiso, que fue criada con exceso de celo por parte de un padre que le dio tal vez demasiados caprichos. Pero su madre estuvo siempre a su lado, siempre la cuidó desde el más allá como sólo una madre puede hacerlo y siempre trató de avisar a su hija de la amenaza que se cernía sobre ella y que fue la que la llevó a ella a la tumba.

la muerte

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EL INICIO DE “EL ÍDOLO DE JADE”

La historia de esta novela es triste para mí digo. Tras varios años intentando publicarla, consigo que una editorial lo haga, tengo ejemplares para la presentación, y nunca más se supo. Poco después la editorial cerró o no porque todavía no lo sé, pero rescindí contrato, y a pesar de que nunca llegó a comercializarse la novela, resulta que se considera que está publicada porque está registrada con su ISBN y todo. Os puedo asegurar que los pocos ejemplares que se imprimieron me los quedé yo, pero ahora nadie quiere publicarla, otra razón para dejar de lado ese mundo. Pero quiero compartir con vosotros las primeras líneas. Espero que os guste, besos y abrazos a repartir.

CAPÍTULO UNO – Extraños paisajes

1

No sabía muy bien dónde se encontraba. Nada de lo que veía a su alrededor le resultaba remotamente conocido. Todo lo que conseguía divisar era una enorme pradera, de hierba mullida y húmeda, que notaba por qué correteaba descalzo. Ni la ropa que llevaba le resultaba familiar. El cielo estaba plagado de estrellas, bien es cierto, pero ninguna de aquellas constelaciones le era conocida, incluso el olor del aire era rancio, distinto al que podía respirar en cualquier sitio. Pero lo más sorprendente era el color de aquella hierba, era azulada. De hecho todo el paisaje que le rodeaba era extraño, los árboles que se divisaban al fondo, a la derecha, tenían un no menos sorprendente color morado, y los troncos eran de un amarillo aún más increíble. Sobre su cabeza no se vislumbraba una hermosa y crateada luna, sino varias, aunque no tan grandes. Aquello no tenía ningún sentido. Como tampoco lo tenía la perspectiva que tenía ante sí, era extraña, ajena a todo lo que conocía. Se rascó la cabeza incrédulo. ¿Qué estaba pasando?

Siguió caminando, absorto en el paisaje que le rodeaba, aunque extraño, era hermoso, desconcertante, pero bello. Todo cuanto veía estaba envuelto en una fantasmagórica sombra, no menos insólita, que todo cuanto su vista alcanzaba a ver. Volvió a levantar la mirada y observó el cielo sobre su cabeza. No entendía nada, ninguna de aquellas constelaciones tenía sentido. Por un instante se sintió mareado, era como si el enviciado aire que respiraba, le faltase. Se detuvo y se sentó sobre la húmeda hierba, necesitaba sentir el frescor de la misma sobre su piel. Optó por tumbarse, y tras colocar las manos en la nuca, se extendió sobre la interminable pradera que era lo único, junto con el morado bosque, que se divisaba en el horizonte. Entonces su turbación aumentó. Ahora que contemplaba con detenimiento el movimiento de las estrellas se estremeció: giraban en sentido contrario al que tenían que hacerlo, o para ser más precisos, era el suelo en el que se encontraba el que lo hacía. Pero aquello no tenía ningún sentido. Se incorporó como movido por un resorte, había escuchado algo. Se puso de pie y observó todo lo que había a su alrededor y un escalofrío le recorrió cuando contempló que el paisaje que le envolvía había cambiado. El bosque de árboles morados se encontraba más lejos que cuando se tumbó sobre la hierba, y en aquella llanura en la que no se divisaba nada en el horizonte, se vislumbraban ahora unas colinas. Aquello ya era el colmo. Nada de todo aquello tenía explicación racional. Empezó a caminar de nuevo, hacia los collados que parecían mucho más cercanos, que unos segundos antes, aunque ya no estaba seguro ni de las distancias, ni del tiempo, ni de nada. Tenía dificultades para respirar, el aire que llegaba a sus pulmones estaba enrarecido y a cada paso que daba, la dificultad aumentaba. Finalmente tuvo que detenerse y sentarse de nuevo sobre la azulada alfombra de hierba que cubría todo. Notaba como el pecho subía y bajaba aceleradamente, intentando llenarse de un cada vez más escaso aire. De repente un sonido espectral hizo erizar el vello de su cuerpo. No sabía definir que era, parecía un graznido, un aullido, un bramido, o solo Dios sabe qué. Volvió a escucharlo y esta vez un escalofrío le recorrió. Aquello sonaba demoniaco. Se incorporó nuevamente, y a pesar del escaso aire que le rodeaba, corrió con todas las ganas con las que fue capaz, pero sufrió un nuevo sobresalto: ya no había colinas frente a él, y el bosque ya no estaba a su izquierda, se había desplazado, sin saber de qué manera a su derecha.

el idolo

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UN RELATO

Antes de compartir este relato quiero confesaros una cosa, los dos libros de relatos que tenía publicados “¿Hay alguien aquí?” y “Bocados de terror”, los quise publicar de nuevo, para ello los desmenucé y los volví a ordena, cambiando los títulos, y ordenándolos de otra manera. En uno de ellos puse todos los relatos largos e incluí una novela corta que también estaba descatalogada, y en el otro puse todos los relatos cortos y micros que tenía juntamente con todos los relatos que han sido finalistas en concurso y que al estar publicados en las correspondientes antologías, no creí necesario incluirlos en las primeras ediciones de los libros. Como las desgracias no vienen solas, la inmensa mayoría de esas antologías han quedado descatalogadas puesto que las editoriales que las publicaban han cerrado. Como tampoco van a ver la luz estas nuevas versiones de mis libros, quiero ir compartiendo con vosotros algunos relatos. El de hoy aparece en “¿Hay alguien aquí”?, de hecho es el que abre el libro, espero que os guste, y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

 51zwB2EtVrL 24 DE ABRIL

Era una noche estrellada. Son de esas cosas que no se pueden olvidar, sobre todo porque ver un cielo así en una ciudad es difícil, y sin embargo la luna brillaba como nunca y el resto de las estrellas la acompañaban como centinelas en una noche de guardia. Hoy se cumplen 5 años y aquí estamos los dos, depositando como siempre un ramo de flores, mientras ella llora desconsoladamente. Intento servir de pañuelo de lágrimas, quiero aliviarla de la carga que lleva y que le hace sufrir sobremanera, pero es imposible, no lo consigo.

-¡Te quiero!- clama entre sollozos- ¡Siempre te querré!

El cielo se tiñe de negro, las primeras gotas de una lluvia suave comienzan a caer y se mezclan con las lágrimas que ella empieza a derramar. Permanecemos unos instantes más allí contemplando aquel trozo vacío de tierra dónde hace cinco años encontraron el cadáver.

Aquel día no lo puedo olvidar. Lo llevo grabado en mi memoria a fuego. Estábamos en el único bar del pueblo, en las afueras, cercano a la carretera. Era una reunión de amigos con la única intención de celebrar simplemente la camaradería que nos unía desde hacía años. Alrededor de una mesa compartíamos unas cervezas y unos bocadillos, mientras jugábamos una partida de dardos.

-Venga, te toca.

Era mi turno. No es modestia pero de toda la cuadrilla, soy el mejor jugando, el hecho de tener una diana en casa también ayuda a ello. Así que me coloqué sobre la línea, apunté y… ¡60 puntos! ¡Triple 20! Apunté de nuevo y el dardo se clavó junto al otro. Lo cierto es que aunque practique a diario, la suerte siempre es una ayuda y admito que aquel día, especialmente, estuve muy inspirado. Mi tercer tiro también se clavó en el triple 20. He de confesar que pocas veces me ocurría algo parecido y sonreí. Mi rival no tuvo tanta suerte, apenas sumó 45 puntos tras conseguir dos dardos en el 20 y uno en el 5. Parecía claro que las cervezas no las iba a pagar yo. Era esa otra de las costumbres que solíamos realizar los viernes, quién pagaba las consumiciones. Unas veces lo hacíamos, como aquel día, jugando a los dardos, otras lo hacíamos jugando a las cartas, o incluso a los dados y a los bolos. Lo importante era compartir juntos unas horas, reírnos y pasarlo bien. Era el día que dedicábamos a nosotros, los amigos; nuestras parejas lo hacían también, se reunían y charlaban de sus cosas. Era algo que desde los primeros momentos de relación decidimos: los viernes por la tarde era el día de los amigos.

Recuerdo que hacía un tiempo maravilloso, bien es cierto que la primavera ya hacía tiempo que se había instalado, pero con esos traicioneros golpes de frío que la caracterizan; las noches no dejaban de ser una sorpresa y uno tenía que ir prevenido para cualquier cambio de tiempo imprevisto. Recuerdo también que aquel día el local estaba bastante lleno, además de nuestro grupo de amigos, había diez personas más, lo cual dado el tamaño del garito tenía su mérito. Algunos llevaban varias copas encima, y aun quedaban algunas horas hasta el cierre del local, sin embargo a nosotros nos bastaba con tomar un par de cervezas por cabeza, no queríamos emborracharnos, tan solo pasar un rato juntos.

-¡Otro 180!- gritaba mi compañero de partida- hoy creo que no pagamos nosotros. Me entran ganas de pedir otra ronda…

-Estoy de suerte, eso es todo- fue lo único que alcancé a decir.

Uno de los chicos que se encontraban en la barra, empezó a subir el volumen de su voz, al parecer había empezado una discusión. Rápidamente fue zanjada por el dueño, el mismo que servía las copas y que no permitía ningún tipo de altercado en su bar. Si proseguía con esa actitud, lo echaría de allí. El joven pidió perdón, pero no tardó mucho en enfrascarse en otra conversación elevada de tono. No sería la última, aquello fue el desencadenante de todo lo que ocurrió después, desgraciadamente. Me tocaba de nuevo, triple 19, triple 20, doble 12. Habíamos ganado. Esta noche ni Pedro ni yo pagaríamos las copas. Juan, Javier, Iván y Miguel nos miraban con envidia, entre ellos tendrían que jugar la partida para decidir quién abonaría las consumiciones.

Recuerdo que cuando los jóvenes de la barra abandonaron el local, uno de ellos me dio un golpe al no poder mantener el equilibrio, me pidió perdón con una voz pastosa, tan típica de aquellos que han bebido en exceso y a los que les cuesta expresarse con claridad. Se quedaron en la puerta, justo en el sitio dónde apenas un par de semanas más tarde el dueño instalaría la terraza, cuando el buen tiempo definitivamente llegase.

Nosotros, una vez decidido quién pagaba, nos dedicamos a las confidencias, a mantener encendida la llama de la amistad, a recordar los buenos momentos vividos, los no tan buenos, a sonreír con los chistes malos y a reírnos con los buenos. Simplemente éramos un grupo de compañeros reunidos por el puro placer de la amistad. Dos horas más tarde abandonábamos el lugar. Nos despedimos y quedamos en encontrarnos dentro de una semana en el mismo sitio. Nunca más volveríamos a vernos.

Alguien no recuerdo quién, me dijo que fuese con él en el coche; le dije que no, hacía una noche preciosa y quería pasear. Además, no vivía demasiado lejos de allí, ya que mi casa quedaba justo a la entrada del pueblo siguiendo la misma carretera en la que se encontraba el bar, donde seguían aquellos jóvenes, bebiendo, medio desnudos y vomitando junto a la puerta del local, tal vez como venganza por haberlos echado. Miré hacia atrás por última vez para contemplar a mis amigos alejarse. No los volví a ver más. Aquel 24 de abril hacía una noche excepcionalmente hermosa, la visibilidad era total y el cielo brillaba con su miríada de estrellas saludándome y eso a pesar de las luces de las farolas de la carretera que llevaban encendidas un par de horas. Sonreí, y a pesar de que no hacía frío, subí la cremallera de la cazadora, me arrebujé en ella y empecé a caminar. Escuchaba el canto de los grillos y a saber que otros animales que les acompañaban en aquel coro nocturno. Dejé que se llenasen mis fosas nasales del olor de los jazmines y las lilas. Caminaba despacio, disfrutando de cada centímetro de aquel paseo que no tenía por costumbre realizar de noche. Entonces llegué a la fatídica curva. No me dio tiempo a esquivarlo, no lo vi llegar. Aquellos jóvenes que no habían parado de beber durante toda la noche, volvían a sus casas montados en un coche rojo, al que por descuido, por los efectos del alcohol o por otra causa que desconozco, no llevaba las luces encendidas. No lo vi y posiblemente ellos no me vieron a mí. Acabé en la cuneta, morí casi al instante, mientras ellos huían sin pararse a auxiliarme.

24 de abril. Hoy hace cinco años de todo, y aquí estamos mi mujer y yo, ella empapándose con la lluvia que al final cae con fuerza, yo en vano intentando consolarla diciéndole que sigo aquí, que también la quiero y la querré siempre, que la amo con locura. Pero no me ve, no me escucha, no puedo hacer nada por calmar su dolor. Tardé mucho en entender por qué no podía, pero ahora lo sé. Soy un fantasma. Se gira, por fin se marcha, me atraviesa y su fragancia me llega. Unas lágrimas espectrales ruedan por mi mejilla, le susurro al oído que la querré eternamente. Se detiene, se vuelve nuevamente, es como si hubiese notado mi presencia. Llora amargamente y se arrodilla sin importarle si el barro que lo cubre todo la manchará. Levanta su rostro, entre las gotas que se deslizan por su cara, mezcla del agua que cae y las lágrimas que derrama; esboza una sonrisa, la primera en cinco años, mientras susurra:

-Yo también te querré siempre.

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LIBROS DESCATALOGADOS

Sin contar aquellos que empecé a publicar con una editorial de autoedición y que ya no existe, tengo varios libros descatalogados, que ya no se pueden comprar, y de los que ni siquiera dispongo de ejemplares. Tampoco van a ser publicados de nuevo, ya que la mayoría de las editoriales no quieren hacerlo, se escudan en que ya ha sido publicado y que por lo tanto, no les interesa. Respeto absoluto a esa idea, pero eso lo único que hace es sumar capas de tierra a mi decisión de dejar este mundo.

Os comparto las portadas de esos libros por si los véis en alguna página, que sepáis que no tienen mi permiso para aparecer ahí, así que os pediría que si los veis anunciados me lo comuniquéis para poder emprender las acciones pertinentes, el único sitio en el que hay ejemplares con mi permiso, es en ABACUS Mollet de la novela “Asesina de hombres”, gracias desde ya. Besos y abrazos a repartir.

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