PARA EMPEZAR UN RELATO

Hoy para empezar esta nueva etapa, os traigo un relato para que lo recordéis, puesto que en breve os colgaré la segunda parte, absolutamente inédita para adelantaros una parte de uno de mis nuevos proyectos en los que estoy trabajando, aunque sigo sin saber si verá la luz o no, puesto que no lo tengo claro, o para decirlo mejor, no tengo ganas. Besos y abrazos a repartir.

EL MISTERIO DE SAN MIGUEL DE ARRIBA

        Hay pueblos hermosos, no solo por su belleza intrínseca, sino también por el paraje natural que les rodea. Y hay pueblos que encierran oscuros y aterradores secretos. San Miguel de Arriba se encuentra englobado en ambas categorías. A su belleza propia de calles estrechas y empedradas, de edificios medievales, de castillos y de antiguos monumentos, se une la belleza de la naturaleza que le rodea. Situado en un lugar privilegiado, sobre la loma de una colina, embutido siempre en neblina, circunstancia que en verano le convertía en un lugar fresco y agradable; frío y triste en invierno

       A su alrededor es como si la naturaleza se hubiese conjurado para crear un paisaje bucólico. Altos árboles, dándole todo el año tonalidades que pasan desde el verde de la primavera, al naranja del otoño, provocando un estallido de color y una explosión de beldad para las retinas. La única carretera que le comunica con el mundo circundante, está vieja y llena de baches, de todas formas casi nadie circula por ella. Y no es de extrañar, ya que a pesar de esa belleza que lo envuelve, pocos son los que se atreven a visitarlo. Y digo se atreven porque esas callejas estrechas, empinadas en ocasiones, llenas de historia y desgastadas por el paso del tiempo; esos edificios medievales muchos de ellos, señoriales, reflejo de tiempos pasados que fueron, sin duda mejores; aquella iglesia de fachada otrora blanca, ahora ensuciada y triste por la falta de cuidados; encierra un terrible secreto.

        Era una mañana lluviosa del mes de febrero. Aquel año estaba siendo pródigo en lluvia y eso, según decía la gente, auguraba una primavera hermosa, llena de verde en los campos y el colorido de las flores. Este año también hacía frío, y había nevado mucho, otra de las características de esa estación. A pesar de que en aquella zona la presencia de la nieve no era normal, finísimos copos se mezclaban con la lluvia que caía sin cesar desde el día anterior. Desde la ventana del autobús en el que me dirigía hacia allí, contemplaba las inclemencias del tiempo. Digo que me dirigía hacia allí, aunque la verdad es que no pasaría por el pueblo. Nadie quería pasar por él. De hecho cuando compré el billete, la taquillera me miró, mitad sorprendida, mitad asustada y me dijo:

        -¿Está usted seguro de querer ir allí?

        Aquella pregunta me provocó un ligero escalofrío y no supe que decir. La verdad es que tenía que ir. Era una cuestión de negocios, ni más ni menos. Ahora, sentado junto a la ventana del autocar, aquella pregunta me provoca, al rememorarla, las mismas sensaciones. Entonces el conductor dijo:

        -Esto es lo más cerca que le puedo dejar.

        Al bajarme, y cuando la puerta se cerraba, vi como el hombre se santiguaba. Arrancó y me dejó solo, en medio de aquella carretera, con la lluvia mezclada con la nieve cayendo y por si fuera poco, la niebla, espesa, casi sólida, lo cubría todo. Por primera vez sentí miedo. No tenía motivos, no conocía el sitio al que me dirigía. Pero ese signo del conductor, me dejó un regusto amargo en la boca. Al contemplar todo lo que me rodeaba, uno se daba cuenta de que era el día perfecto para ser retratado en blanco y negro, ya que esos eran los únicos colores que se podían ver, y por mucho que forzase la vista, ninguno más se vislumbraba. Era un día triste, esa sería la definición perfecta. Y me encontré en medio de aquella carretera, solo, olvidado de todos y de todo, con escalofríos recorriendo cada centímetro de mi piel, y sin atreverme a dar un solo paso.

        Fue una ráfaga de aire helado la que hizo que me decidiese a empezar a andar. Curioso también el hecho de que fue la única que sopló en todo el día. Dirigí mis pasos hacia aquella masa que envolvía la neblina y que a duras penas podía definir como pueblo porque nada se podía ver ni distinguir. En mi cabeza resonaban todavía las palabras de la taquillera, revivía una y otra vez el gesto al santiguarse del conductor del autobús y lo único que conseguí fue que la comezón y el miedo se apoderasen de mí. Me detuve. ¿Cómo podía tener miedo de un pueblo tan apacible, como ese, al que me dirigía, y del que no conocía nada?

        No iba a tardar en darme cuenta de la maldad y el terror que aquel pueblucho encerraba entre callejas y plazas.

        Tras avanzar unos cientos de metros pude ver que el mal estado de la carretera se acrecentaba a medida que se acercaba a la entrada del pueblo y que en los instantes finales era más un camino mal asfaltado que otra cosa. Seguía sin vislumbrar prácticamente nada, todo estaba envuelto por una espesa niebla que parecía abrazar aquel paraje y no tenía intención de abandonarlo. Formaban un todo, una unidad, y daba la sensación de que no podrían vivir el uno sin la otra. No fue hasta que no entré en lo que parecía ser una plaza, que no me di cuenta de que ya me encontraba en el interior del mismo. Fue una sensación extraña, encontrarme allí en medio con la bruma por única compañera, puesto que ni un alma se veía. Lo correcto sería decir dos compañeras, la otra era la lluvia mezclada con nieve, que no dejaba de caer. Intenté buscar algún lugar en el que resguardarme, pero me di cuenta de que estaba en medio de un lugar abierto, la plaza, y no había ningún techo cerca. Conseguí acostumbrar mis ojos a la brumosa opacidad que me envolvía y empezar a situarme en aquel lugar. A la derecha distinguía un campanario, sin duda perteneciente a la iglesia, tal vez allí encontraría refugio y podía encontrar una voz amiga que me orientase hacia mi objetivo. A la izquierda se veía un grupo de casas bajas, a ambos lados de un callejón estrecho y empinado. Así que me encaminé hacia la aparente seguridad de la iglesia.

        Mis músculos empezaban a encontrarse entumecidos a causa del frío y la humedad y suponía que si conseguía llegar a la iglesia y entraba en su interior, encontraría refugio y algo de calor. No estaba demasiado lejos, y si las condiciones climáticas hubiesen sido otras, o incluso si hubiese sido otro pueblo, no me habría costado mucho llegar a ella. Pero tardé más de dos minutos en recorrer los apenas cien metros que me separaban de ella. Continúo sin encontrar ninguna explicación para ello, pero cada paso que daba, era como si la iglesia se alejase dos y sin embargo cuando llegué al pórtico bello y bien trabajado de la puerta principal y miré hacia atrás, pude constatar que la plaza se encontraba cerca, aunque tal vez en otro ángulo u orientación. No pude evitar sentir un escalofrío, aquella extraña visión casi provocó que me marease. ¿Era una alucinación provocada por la niebla y la lluvia? No supe encontrar una respuesta que me convenciese y no quería pensar en ello, hacía que mi alma se enturbiara y una comezón extraña recorría mi ser.

        Al menos la lluvia, que a cada minuto que pasaba era más nieve, no podía golpearme en el lugar en el que me encontraba. Intenté entrar a la iglesia, pero la puerta estaba cerrada. Golpeé varias veces con las manos, pero pareció que nadie escuchaba. Permanecí unos instantes atento para ver si oía pasos, pero nada pude distinguir. De repente y cuando pensé en abandonar la seguridad de aquel sitio para buscar mi objetivo, la mansión del Señor Alamedo, la puerta se abrió tan súbitamente, de manera tan silenciosa a pesar de su monstruoso tamaño, que me sobresalté. Al otro lado el cura, un hombre de unos cincuenta años, y de rostro tan blanquecino como todo lo que me rodeaba, me preguntaba:

        -¿En qué puedo ayudarle?

        El aspecto cadavérico que mostraba me inquietaba, pero el olor que expelía, aun más. Me quedé allí mirándole un buen rato sin saber que decir, finalmente, con una voz algo entrecortada y nerviosa le pregunté:

        -¿Podemos hablar dentro?

        Cuando la puerta se abrió para que pudiese pasar un olor extraño que provenía del interior, me abrazó. Era difícil definir a que se parecía y por un instante me pareció tan desagradable que preferí no saber de dónde o de qué provenía. La iglesia estaba a oscuras, tan solo la tenue luz que entraba por las cristaleras, a medio tapar con viejas y polvorientas sábanas, iluminaba con dificultad, la nave. Me sobresalté. Aquel templo tenía el aspecto de no haber sido utilizado en muchos siglos. El polvo lo llenaba todo, los bancos, escasos para la enormidad del lugar, se encontraban rotos y arrinconados. Lo peor de todo era el olor. A medida que avanzábamos hacia el altar, se hacía más patente, más poderoso y más insoportable.

        Cuando mis ojos se acostumbraron a aquella penumbra, empecé a mirar, con terror todo lo que me rodeaba. Aquello no era una iglesia normal, no sólo ya por el hecho de tener los asientos medio carcomidos y apilados en un lateral, sino por la ausencia total de imágenes, crucifijos, etc. Las vidrieras, como ya he dicho, estaban a medio tapar por viejas y roídas sábanas. Pero aún me quedaba por descubrir lo peor. Caminaba tras el padre, que cojeaba ligeramente, o para ser sinceros, su caminar era extraño y pensando en ello, se diría que forzado, como si el simple hecho de andar supusiese un esfuerzo. Cuando finalmente nos acercamos al altar un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me equivoqué al decir que no había imágenes. Sí que las había, pero tan horrendas y abyectas que no podían ser humanas. Allí sobre los pedestales que antaño ocuparon los apóstoles y la virgen, se veían horrendos seres, unos con alas de murciélago, otros con el rostro lleno de extrañas prolongaciones, otros sin rostro y cada uno de ellos más infame que el anterior. Fue cuando a lo lejos vi unos ojos amarillentos, ocultos tras las cortinas que se atisbaban al fondo, cuando palidecí.

        -Por favor acompáñeme a la sacristía- dijo el sacerdote.

        -Podemos hablar aquí- dije tartamudeando, y con miedo.

        -Allí le puedo ofrecer un café caliente.

        No sabía muy bien definir el acento de que aquel cura, pero no me recordaba ninguno de los idiomas a los que estoy familiarizado y a pesar del miedo que cada vez me atenazaba más y más, no encontré una excusa para negarme a un café caliente, entre otras razones por qué me apetecía algo con lo que poder calentar mi cada vez más entumecido cuerpo. Así que seguí a aquel hombre, con su caminar extraño, hacia la izquierda del altar, hacia una pequeña puerta desgastada y desvencijada, donde un cartel, medio caído, indicaba sacristía.

        No sé qué es lo que hay en una sacristía, entre otras razones por qué nunca he estado en una, pero seguro que lo que en aquella había no es lo normal. Libros antiguos abiertos sobre la mesa, escritos en lenguas que no entendía, fabricados en materiales repulsivos, como constaté al tocar uno de ellos y tener que retirar mi mano asqueado, con títulos abyectos y obscenos: “Libro de los muertos en vida”, “Shantar y el valle de Neptuno”, “Los verdaderos dioses de más allá de las estrellas”; sobre la mesa, en un rincón y en precario equilibrio, un cráneo, sin duda humano, con signos evidentes de violencia y extraños signos y dibujos por todas las paredes de la estancia. Al ver mi cara de asombro, el cura me dijo:

        -Estamos de reformas, perdone el desorden.

        Y cogiendo una cafetera, el único objeto normal en aquella habitación, añadió:

        -¿Solo o con leche?

        -Solo.

        Por mucho que lo intentaba no conseguía que mi voz sonase normal, seguía teniendo ese tono asustadizo y tembloroso. Me indicó con la mano una polvorienta silla, en la que hacía mucho tiempo que nadie se sentaba, y tras quitar un poco del manto blanco que la cubría, con la mano, me senté, con la carpeta que llevaba en el regazo, y la taza del café, que por cierto estaba delicioso, en la mano; con la mirada puesta de manera casi patológica en la puerta, atento a los ruidos, a si alguien entraba, o, para ser sinceros, por si tenía que salir con los pies en polvorosa, porque a pesar de ser un lugar sagrado, no estaba dándome ninguna seguridad.

        Permanecimos unos instantes callados, saboreando el café. Aquel hombre me miraba con unos ojos que no sabía definir muy bien, puesto que la estancia estaba en penumbras, como toda la iglesia, pero apercibí en ellos un brillo, que lejos de relajarme, estaba provocando que el pánico, que ahora empezaba a tomar las riendas de mi ser, fuese en aumento. ¿Cómo podían brillar de aquella manera si no había ningún punto de luz, qué se reflejase en ellos? Al tercer sorbo, las manos me temblaban cuando me acercaba la taza a la boca y allí seguía aquel cura, saboreando su café y sin retirar sus ojos de los míos, con una mueca por sonrisa. Finalmente me armé de valor y pregunté:

        -¿Conoce al señor Alamedo?

        -Conozco a todo el mundo aquí.

        Su voz sonó seca, dura, con eco, y provocó en mí que el corazón se me acelerase. Notaba el bombeo de la sangre en mis sienes y un deseo de abandonar aquel lugar lo antes posible empezó a tomar fuerza en mi mente.

        -¿Puede indicarme como llegar a su mansión?

        -No está en su casa.

        Cada vez que hablaba, su voz parecía tomar más fuerza, retumbaba en cada rincón y llegaba a mí amplificada. Me atreví a mirar de nuevo aquellos brillantes ojos y me pareció que estaban más arriba que antes, como si se hubiese puesto de pie, pero si era así, yo no recordaba que fuera tan alto. Dejé la taza sobre el suelo y me levanté, no podía permanecer más tiempo en aquel antro, pero cuando me disponía a salir por la puerta, aquel hombre, que instantes antes estaba sentado tras la mesa, ahora estaba plantado en el umbral y no me dejaba salir. Aquello ocurrió de manera tan rápida y tan inesperada, que la carpeta se me cayó al suelo, resonando al estrellarse contra el parqué, tan carcomido y viejo como todo lo que me rodeaba.

        -Nadie está en su casa. Están todos aquí conmigo, haciéndome compañía.

        Al pronunciar esas palabras, oí el ruido de pasos acercándose por detrás, pero no eran pasos normales, unos arrastraban los pies al andar, otros sonaban como pezuñas, otros… no quiero ni pensar como sonaban. No sé de donde saqué las fuerzas para pegar un empujón a aquel engendro que estaba delante de mí, porque ahora que podía verlo con claridad tenía la piel cubierta de escamas, como los lagartos. Corrí, aprovechando el momentáneo instante de sorpresa que mi empujón le produjo, hacia la puerta de la iglesia. Descorrí el pesado cerrojo y cuando me disponía a abrir las lamas de la mastodóntica puerta, algo me sujeto, me giré y propiné un puñetazo sin fijarme en que o en quién me agarraba y lo que vi provocó que el cabello se tornase blanco en mi cabeza. Aquello no era un hombre, tenía la apariencia humana, pero aquel rostro y aquella piel legamosa, aquellas piernas acabadas en pezuñas, no podían serlo. Oí una voz atronadora, surgida de una garganta inhumana que dijo:

        -Nuestro dios sea grande, él es su sacrificio, que no escape.

        No me giré a mirar que ocurría a mi espalda y salí, al aire enviciado y cargado de la niebla y corrí. Pero aquel pueblo maldito me deparaba otras sorpresas. La plaza, que se encontraba cuando llegué enfrente de la iglesia, ya no estaba allí, se había escorado hacia la izquierda, entonces lo comprendí: las calles giraban en torno a aquella iglesia como los planetas lo hacen alrededor del sol, aquel antro del horror era el corazón del pueblo. Busqué una calle ancha, difícil en aquel pueblo medieval y recé para que me llevase a algún lugar desde donde pudiese llegar a la carretera por la que había entrado. Corrí hasta desfallecer y finalmente el paisaje que me rodeaba me resultó familiar: eran los árboles que había vislumbrado cuando entré, situados justo a mi derecha. Continué por aquella calle mal asfaltada hasta la carretera principal donde me dejó el autocar apenas unos minutos o unas horas antes, por qué no conseguía saber cuánto tiempo llevaba en aquel abominable pueblucho. Ahora no llovía, ni nevaba, pero la niebla seguía rodeándolo. A lo lejos oí el ruido familiar del motor de un autocar al acercarse, y encaminé hacia allí mis pasos. Hice señal al conductor para qué parase y subí. Un trueno resonó al fondo, donde la plaza del pueblo se encontraba, o eso me pareció. En realidad fue un NO pronunciado por gargantas que no eran humanas, y lo llenó todo. Imagino que mi aspecto debía ser horrible puesto que todos los pasajeros me miraban con cara de sorpresa y de estupor. Me senté al fondo, alejado de todos. De la carpeta extraje la carta que tenía que entregar al señor Alamedo y tras hacer con ella miles de trocitos, abrí la ventanilla y los arrojé, dejando que el aire frío de febrero se los llevase y arrastrarse. Me acomodé en aquellos asientos de la parte trasera del autobús y me dormí. Cuando desperté más tarde no sabía si todo había sido fruto de mi imaginación o un mal sueño, pero el pelo encanecido sobre mi cabeza me recordó la tremenda realidad. Me puse a mirar por la ventana y dejé que el paisaje desfilase delante de mí mientras las lágrimas lo hacían por mis mejillas.

 

 

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