UN REGALO ESPECIAL: RELATO INÉDITO

Para daros las gracias por la acogida de este nuevo blog, aquí os dejo este relato, continuación de EL MISTERIO DE SAN MIGUEL DE ARRIBA, inédito completamente y que no ha sido publicado en ninguno de mis libros, espero que os guste y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

REGRESO A SAN MIGUEL DE ARRIBA

            Hay lugares bucólicos, sitios donde la naturaleza te envuelve, te arrastra y te llena en un cúmulo de sensaciones maravillosas, son lugares de ensueño. Hay otros lugares donde el terror se abre camino, donde el pánico y el miedo van de la mano, son fruto de los malos sueños, de la pesadilla. A esos últimos pertenece San Miguel de Arriba. Necesito desahogarme, tengo que contaros lo que viví en aquel pueblo olvidado de la mano de Dios, donde nadie quiere ir, un lugar donde el sol no brilla, la niebla es la dueña de todo y el horror gobierna. Sé que os preguntáis cómo es posible que si hay un lugar tan aterrador estuviese dos veces, es fácil y complicado a la vez. En mi primera visita era el trabajo, la obligación quién me llevó a aquellos parajes. Era agente de seguros e iba buscando un cliente al que nunca localicé, aquella maldita iglesia…

            Perdonad estoy desvariando, hui despavorido, dejando atrás una buena parte de mi vida, envejecí prematuramente, quise borrar de mi mente y corazón aquellos minutos que pasé allí, pero permanecieron grabados a fuego en lo más profundo de mi ser. En mi segunda visita, no sé cómo llegué allí, o tal vez lo intuya, pero no quiero creerlo, es tan… imposible. Sólo sé que aquel fatídico día, o noche ya que no recuerdo todo lo que acaeció estaba en mi alcoba, la fiebre y el dolor me tenían en cama, seguramente fuera una gripe. Cerré los ojos un instante, la cabeza parecía que me iba a estallar y quería acallar aquel malestar. Vi una larga escalera que descendía hacia un abismo profundo, salpicado aquí y allá de antorchas que parecían indicar el camino. El túnel en el que aquellos escalones estaban esculpidos era de tierra, húmeda al tacto y rancia al olor. No puedo decir durante cuánto tiempo estuve bajando, me pareció una eternidad pero al llegar al final del trayecto una gran puerta de madera flanqueada por lo que parecían dos guardianes se alzaba ante mí. Tenía el aspecto de ser antigua, mucho, demasiado tal vez. Pero a pesar del aspecto enorme que tenía, se abrió de manera tan silenciosa que me sobresalté. Ante mi apareció una figura espigada, portando una lanza y un macuto, ataviada con ropajes que no puedo identificar ni situar en ninguna época, y me dijo:

            -Bienvenido a estas tierras forastero. Te esperábamos.

            -¿Me esperaban?

            Fue lo único que conseguí pronunciar balbuceante. ¿Cómo podía alguien esperarme en un lugar en el que no había estado nunca? Un escalofrío recorrió mi espalda, intenté girarme y huir por aquellos escalones que acababa de descender, pero la curiosidad me podía. Los dos guardianes de la puerta no se movieron, parecían estatuas. Sólo les delataba el movimiento de sus pulmones bajo una respiración apenas perceptible. Aquella figura me miró a los ojos me preguntó:

            -¿Contraseña?

            -¿Qué contraseña?- dije yo.

            Ante mi asombro se apartó para dejarme pasar diciendo:

            -Es correcto, entrad.

            Guiñándome un ojo añadió:

            -Esa es la contraseña.

            Cuando crucé el umbral, una niebla espesa me envolvió, no podía ver nada, me giré para ver si conseguía ver la puerta por la que había accedido, pero tampoco se veía, así que lo único que podía hacer era avanzar, adentrarme en lo desconocido y esperar. Poco a poco la neblina se fue levantando, no de forma excesiva, pero lo justo para poder ver algo y un escalofrío recorrió todo mi ser. Aquellas piedras que me rodeaban, aquellos edificios me eran familiares, aterradoramente familiares. A lo lejos, difuminada por la niebla se veía la silueta inconfundible de la iglesia, aquella que me había marcado tanto tiempo atrás. Sin saber muy bien la causa y a pesar del terror que empezaba a tomar las riendas de mi cuerpo, me encaminé hacia allí, tal vez porque de todos los monumentos de aquel lugar, era el único que realmente conocía, pero también una parte de mí quería alejarse, huir, darme la vuelta y olvidarlo todo. Pudo más el primer sentimiento y hacia aquel templo me acerqué. Al dar mis primeros pasos me asusté ya que en un primer instante la iglesia estaba a mi derecha, y ahora la tenía justo en frente y eso era imposible, pero entonces recordé algo de mi primera visita a aquel lugar: el pueblo se movía.

            Todo giraba en torno a aquel templo que era el corazón del lugar. Con un tremendo esfuerzo conseguí desviar la vista de aquella fachada que tanto me había marcado y decidí intentar dar una vuelta por el pueblo ya que en mi primera visita no lo pude hacer. Poco a poco aquel edificio religioso se fue alejando de mi campo visual y empecé a recorrer las calles empedradas y estrechas. Era un bonito lugar, medieval, lleno de encanto y que sin duda algunos siglos atrás rezumaría belleza, ahora con la niebla por compañera y el gris como tono dominante, parte de esa beldad se difuminaba y convertía un bonito lugar en algo frío y desolado. ¿Cómo había podido un pueblo cambiar tanto? ¿Por qué el horror y el terror se habían apoderado de él, como así parecía? Era algo que tal vez nunca llegaría a saber y si tengo que ser sincero no quería saberlo.

            Las casas que me iba encontrando se notaba que estaban desiertas y que llevaban mucho tiempo así, las ventanas estaban cerradas, las persianas bajadas, las puertas con la llave echada, el silencio como única compañía. Notaba como aquellas calles se movían, girando alrededor de la iglesia, y aunque quería huir, aunque deseaba abandonar aquel lugar, me sentía fascinado por el mismo. Casi sentía que formaba parte de él. Giré a la derecha, y por un momento pensé que mi imaginación me jugaba una mala pasada, ya que creí ver a una anciana que cerraba tras de sí la puerta de una pequeña choza.  Intenté llegar hasta allí y conversar con ella, ya que la primera vez que recorrí, muy a mi pesar este pueblo, no vi a nadie por sus calles. De paso confesar que me moría de curiosidad por saber algo más sobre aquella mujer y aquel pueblo. Cuando llegué a la puerta del modesto edificio en el que vivía, apenas tuve tiempo de ver como bajaba la persiana a toda velocidad, dejando claro su deseo de no querer tener ningún contacto conmigo. Pero aquello no me iba a amilanar y empecé a golpear la puerta.

            Estuve casi un minuto aporreándola, porque eso es lo que hacía, hasta que finalmente se abrió y con la misma rapidez con la que lo hizo, una mano me agarró y me arrastró al interior. Era un hogar humilde, tanto que la estancia en la que nos encontrábamos era la única. Ahora que tenía a aquella mujer delante de mí, no entendía como alguien tan menudo había tenido la fuerza para arrastrarme de aquella manera al interior puesto que nadie más habitaba aquella casa. Es cierto que no soy un hombre muy grande pero le sacaba la cabeza y unos cuantos kilos. Mis sorpresas no iban a acabar ahí, ya que cuando quise darme cuenta estaba flotando en el aire y aquella mujer me decía:

            -Salga de este pueblo y hágalo ya.

            Lo único que se me ocurrió fue preguntar:

            -Y usted ¿por qué no se ha ido?

            Tras un largo silencio comprobé que ya tenía de nuevo los pies en el suelo, sentí un gran alivio pero duró lo que ella tardó en decirme:

            -Lo he intentado. Durante los últimos 125 años, no he hecho otra cosa.

            -¿Qué? ¿125 años?

            Me miró y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo:

            -¿A qué aparento muchos menos?

            Me dejó tan sorprendido aquella respuesta que no supe que decir. Luego lo que ocurrió a continuación fue tan rápido que no se explicar cómo fue. La puerta se abrió, una mano invisible me empujó al exterior mientras una voz surgida, imagino que de la garganta de aquella mujer puesto que allí no había nadie más, aunque era gutural, profunda, aterradora, tenía la horrible facultad de erizar el vello de mi cuerpo, de hacerme sentir escalofríos, provocar que un sudor frío me recubriera y hacer sangrar mi nariz, dijo:

            -¡Huye! O morirás.

            La puerta se cerró y yo me quedé allí en medio de la calle, sin saber qué hacer. Una fina capa de nieve empezó a caer y el frío me atenazó. Decidí que era el momento de hacer caso a las palabras de aquella mujer y salir de aquel pueblo maldito. Di media vuelta y emprendí el camino de vuelta, pero como ya he dicho el pueblo se mueve, gira en torno a la iglesia, la que es verdadero corazón del mismo, y ahora no sabía muy bien dónde me encontraba, orientarme con la que estaba cayendo iba a ser complicado. Pero tenía que moverme y rápido. Volví sobre mis pasos, o eso creía ya que no era fácil saber con exactitud cuál era mi ubicación. Entonces empecé a escuchar aquella voz en mi cabeza, era una voz seductora, autoritaria, poderosa. No podía localizar de dónde provenía pero tenía la facultad de atraerme, mis pies, sin que yo fuese consciente de ello, empezaron a dirigirme hacia el origen de la misma. No podía hacer nada, me sentía hechizado, mi voluntad había desaparición, era una marioneta movida en medio de la nieve.

            Entonces volví a ver aquella silueta que me tenía aterrorizado en mis pesadillas, aquel campanario, aquella cruz. Pero no os hagáis ilusiones, nada de cristiano se encontraba en el interior de aquellos muros. La primera vez que estuve en su interior, lo único que sentí fueron escalofríos, un terror indescriptible lo llenaba todo y aquel cura… es mejor no pensar en ello, pero esa voz que escuchaba me resultaba tan familiar que por un instante no pensé en nada. Ahora entendía de dónde provenía aquella voz, del interior de aquel templo. Una parte de mí quería correr, pero la otra me arrastraba hacia aquel lugar del que no guardaba buenos recuerdos. Todo a mi alrededor giraba a gran velocidad, el pueblo entero había acelerado sus movimientos, como esperando algún acontecimiento especial. Entonces, cuando apenas me faltaban unos metros para llegar al enorme portón, se abrió tan sigilosamente como recordaba, y de nuevo aquel olor a rancio, a viejo golpeó mi nariz. Fue en ese momento cuando superé ese magnetismo, por decirlo de alguna manera, que me había arrastrado hasta allí y di un paso atrás. No quería saber nada de aquel sitio, no podía volver a entrar en aquellos muros, pero sobre todo no quería volver a verle a él. Lo primero lo conseguí, en cuanto a lo último… apenas había retrocedido cuando un hombre vestido de negro, surgió entre la niebla y la nieve que seguía cayendo y se plantó delante del umbral. Lo de hombre es por definirlo de alguna manera. Su cuerpo estaba deformado, abotargado, sus piernas… no eran tales, y aunque todavía se parecía en algo a aquel cura al que conocí, su rostro reflejaba una locura mayor que entonces. Me habló, con esa voz poderosa, profunda, seductora:

            -Esta vez no dejaré que te marches.

            Clavó sus ¿ojos? en los míos mientras ¿sonreía?

            -No puedo dejar que te marches, te necesito para completar el círculo.

            Con gran dificultad conseguí balbucear:

            -¿Qué… qué… círculo?

            Por respuesta un viento frío se levantó, abriendo por un instante la espesa niebla y apartando la nieve que caía formando un pasillo directo hacia aquel personaje parado en el umbral de la puerta. Levantó sus manos al cielo, y algo empezó a arrastrarme hacia allí. Quería dar la vuelta, huir pero no podía, aquello era más fuerte que yo. Ahora podía contemplar por completo el cuerpo de aquel sacerdote. El miedo recorrió cada centímetro de mi piel, aunque el rostro era humano, el resto no lo era. Los brazos se asemejaban a tentáculos, las piernas… eran todavía más aterradoras. Quise gritar pero era tan intensa la atracción que ejercía sobre mí que ni siquiera las cuerdas vocales me respondían. Una sonrisa sarcástica, demoniaca, surgió de la garganta de aquel hombre, si es que aquello la podía tener. La distancia que nos separaba cada vez era menor, y a medida que me acercaba a él podía constatar que la locura absoluta era lo que su cara reflejaba. Creí que aquel iba a ser el fin de todo, que mi vida iba a acabar en aquel lugar de pesadilla  al que nunca tuve que haber ido.

            A la distancia que me encontraba de aquella cosa, podía oler su pútrido aliento, eso hizo que al final consiguiese rehacerme en parte, que sacase fuerzas de lo más profundo de mi ser y consiguiese aferrarme al pomo de la ciclópea puerta. Al instante un intenso calor recorrió mi cuerpo y el dolor de la mano fue tan intenso que un alarido, más que un grito, se me escapó. Tal vez fuese ese el motivo por el que por un segundo el lazo invisible que nos unía se rompió y agarrando la mano quemada, con la sana, empecé una rápida huida, sin mirar atrás. Fue eso lo que me salvó. En mi atropellada escapada de la maldita iglesia conseguí escuchar algo que me heló la sangre, y por un momento hasta el dolor que me carcomía desapareció:

            -Algún día volverás, y ese día serás mío.

            Lo aterrador es que a pesar de que cada vez me encontraba más y más alejado de allí, lo oí con total claridad. Cerré los ojos, siendo consciente de que en cualquier momento podía tropezar, caerme y convertirme en presa fácil de cualquiera que quisiese seguirme, pero tenía que alejar de mi mente la imagen de aquel templo. No recuerdo cuanto tiempo estuve así, no pudo ser mucho, ya que la cordura al final se impuso, y cuando abrí los ojos, todo lo que me rodeaba, aunque seguía envuelto en niebla, no se asemejaba en nada a los alrededores de la iglesia, respiré aliviado, pero en seguida el dolor de la mano me hizo ser consciente de que debía moverme, de que tenía que intentar salir de aquel maldito pueblo costase lo que costase.

            Ya he dicho que lo que lo hace peculiar es la capacidad de girar y moverse en torno a lo que he llamado corazón, aquel aberrante templo que no merece ser llamado así por lo terrible que encierra en su interior, pero tenía que intentar orientarme y escapar de ese sitio de pesadilla. Intenté serenarme, alejar por un instante el dolor que me consumía y respirar hondo. Despacio empecé a observar todo cuanto me rodeaba, necesitaba encontrar un punto que conociese y con el que tal vez consiguiese mi objetivo, y entonces lo vi. A mi derecha un recuadro de luz, no muy brillante, pero si lo suficiente para que lo hubiese podido ver. Hacia allí encaminé mis pasos corrigiéndolos a medida que el suelo se movía, y cada vez me resultaba más complicado puesto que la velocidad de giro iba aumentando.

            Al llegar una sensación de victoria me invadió y un suspiro de alivio se me escapó. Era la misma puerta que acababa en las escaleras que había bajado horas antes, o minutos antes, ya que el tiempo que había transcurrido en aquel paraje resultaba difícil de definir. De nuevo el guardián vestido de manera identificable me recibía, y me invitaba a cruzar el umbral, en esta ocasión sin pedirme contraseña alguna. Me giré por última vez y palidecí, unos enormes tentáculos se agitaban tras de mí, se encontraban a escasos metros de donde yo me encontraba y no necesité nada más para atravesar aquella puerta, casi tengo que decir que me tiré al otro lado. Justo cuando aterrizaba en el linóleo se cerró y un último escalofrío recorrió mi cuerpo cuando escuché:

            -Volverás, lo harás y entonces no podrás escapar.

            No esperé más, ni siquiera esperé por si el guardián tenía algo que decirme, empecé a subir aquellos abruptos escalones esculpidos en la piedra y… desperté, en mi cama, envuelto en sudor, y gritando. Durante unos segundos no supe identificar que aquel era mi hogar, respiré aliviado cuando reconocí mis muebles. Me tumbé de nuevo, pensando que todo había sido un mal sueño, pero al apoyar la mano de nuevo el dolor me recorrió y al mirarla constaté la terrible realidad, en la palma de la mano se dibujaba perfectamente el pomo de la puerta de aquella iglesia, la quemadura era tan clara y tan grande que no me quedaba más remedio que reconocer que nada había sido fruto de mi fiebre o de mis pesadillas, que había estado de vuelta en aquel lugar olvidado de la mano de Dios. Lo peor era el signo que se dibujaba en medio de aquella herida, era una estrella de cinco puntas rodeada por un círculo que brillaba de manera espectral.

            Desde entonces no he vuelto a dormir, no quiero que mis ensoñaciones me arrastren de nuevo a un pueblo maldito, pero lo que de verdad me atormenta es la frase que escucho una y otra vez:

            -Volverás, lo harás y entonces no podrás escapar.

 

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