ECLIPSE DE SANGRE (I)

Todavía no tengo portada para la nueva edición, pero sí os puedo contar algunas cosillas sobre la novela. Para eso me tengo que ir a mi época de jugador de rol. Pasábamos horas mis amigos y mi hermano jugando a rol, sobre todo a uno basado en H.P. Lovecraft y que me cautivaba por los escritos en los que estaba basado. Y aunque fui director de juego casi siempre, lo de hacer historias para el mismo no se me daba bien. Pero poco a poco fui dando forma a una novela basada en aquellas historias, ambientada en nuestro país, pero con toques americanos, y con ese batiburrillo nació Eclipse de sangre. La primera versión, soy consciente de ello, tiene varios fallos, y por eso nació esta segunda. Ampliada, corregida, revisada, y creo que muchos de aquellos errores han sido subsanados. Espero que os guste y que podáis disfrutarla en breve, en cuanto esté a la venta os lo comunicaré. de momento os dejo un pequeño fragmento, para abriros el apetito:

CAPÍTULO UNO

1

Era una mañana fría y lluviosa típica de Otoño. Las hojas se desprendían de los árboles arrastradas por la lluvia que caía pertinazmente formando un manto anaranjado y marrón sobre el asfalto de las calles. Los transeúntes, con mayor o menor suerte, intentaban guarecerse de la lluvia, bien bajo sus paraguas o bien caminando bajo las cornisas de los edificios. Las tiendas de ropa y los almacenes en general se encontraban abarrotados, llenos de gente que así buscaban refugio del mal tiempo. En aquella ciudad abrían y cerraban temprano. Según las previsiones iba a seguir lloviendo durante un par de días más y la temperatura iba a continuar siendo fresca. No soplaba viento y eso, en cierta manera facilitaba, si podía decirse de esa manera las cosas. Entre toda esa muchedumbre de gente que iba y venía, se encontraba él, Alain Sánchez, detective privado, especialista en divorcios y separaciones. Qué ironía, toda una vida de estudio para acabar siendo un vulgar voyeur, porque consideraba que espiar la vida de los demás, disfrutar de sus miserias, de sus penalidades, era una forma de voyeurismo, camuflada bajo la apariencia de una profesión digna y respetada como era la de detective privado. Caminaba con las manos en los bolsillos de su inseparable gabardina, con la vista fija en el suelo, intentando esquivar los charcos que encontraba a su camino, con la mente puesta en los casos que le esperaban cuando llegase a la oficina, casi todos, por no decir todos, asuntos dignos de la prensa rosa. Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se percató del hombre vestido de negro con el que tropezó y que le hizo dar un traspié que casi acaba con su metro ochenta en el suelo. Se giró para intentar descubrir entre la multitud al causante de semejante estropicio, pero no consiguió verlo.

—Y ni siquiera me ha pedido perdón.

Siguió caminando, esta vez con la vista puesta no en el suelo, sino en el frente. No quería tropezar de nuevo, más ahora que casi había llegado a la oficina. Oficina. Bonita palabra. En realidad se trataba de un cuchitril alquilado y bastante caro por cierto para el tamaño que tenía, en un edificio de oficinas viejo, situado en las afueras de la ciudad. Quizás no era el mejor sitio para atraer a los clientes, sobre todo si veían la montaña de papeles en un orden desordenado que coronaba su mesa como le gustaba decir, pero era el único que tenía y era todo cuanto poseía. Bueno la verdad es que no estaba solo, también estaba Marta, su secretaria, amiga y confidente. En realidad solo era su secretaria aunque él prefería pensar en ella como algo más. Y por lo que le pagaba a final de mes, bastante tenía con que todavía siguiera trabajando para él. Levantó la vista y se encontró ante la puerta del número 23 de la calle Princesa, donde en la quinta planta de ese viejo edificio sin ascensor se encontraba su lugar de trabajo. Miró el reloj, las ocho y cinco. Otra vez llegaba tarde. Marta ya se encontraría en el interior, ya habría preparado una buena cantidad de delicioso café. Sonrió. En el fondo le daba igual si llegaba tarde o no: era el jefe y un jefe siempre podía hacer lo que quisiera. Sabía lo que le diría Marta nada más abrir la puerta: “¡Vaya ejemplo, otra vez tarde!”, y sonrió.

Pero aquella mañana, cuando abrió la puerta, esas no fueron las primeras palabras que salieron de la boca de ella.

Y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

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