UN RELATO INÉDITO

Hoy os traigo una primicia, un relato absolutamente inédito. Este relato era para aquellos que se suscribían a mi página web para ser informados de las novedades de la misma, pues bien visto el increíble éxito alcanzado (dos personas) he creído conveniente compartirlo con todos vosotros, total tampoco os vais a suscribir. Espero que os guste y no estoy siendo irónico, digo la verdad, ¿que duele? Pues de eso se trata. Besos y abrazos a repartir.

2:22

Abrió los ojos de repente. Llevaba un par de horas dando vueltas en la cama y cuando finalmente había conseguido conciliar el sueño, algo lo había alterado. Miró el reloj. Eran las 2:22 de la mañana, si conseguía relajarse todavía podía dormir algo más de cuatro horas. Se dirigió al cuarto de baño y tras vaciar la vejiga volvió a la cama, pero se sentía insegura, intranquila. A su cabeza acudía una y otra vez la extraña pesadilla que había tenido justo antes de despertarse. Esa tenía que ser la razón de que su descanso se hubiese visto alterado de manera tan repentina. Se acurrucó bajo las sábanas. ¿Era una sensación suya o hacía frío? Debía ser lo primero ya que estábamos en pleno mes de julio, sin embargo era tan real, que hasta los dientes le temblaban. Miró de nuevo el reloj: las 2:22. No podía ser. Ya llevaba varios minutos despierta, y el tiempo tenía que haber corrido. Pensó que tal vez se había parado, pero un vistazo rápido al móvil del que no se separaba nunca y que estaba junto al despertador en la mesita, le confirmó la terrible realidad, eran las 2:22.

A la inquietud que empezaba a reinar en su espíritu se unía otra sensación que no podía definir. Como el frío empezaba a ser intenso, se levantó, abrió la puerta del armario y tras rebuscar unos instantes cogió una manta ligera, de las que usaba durante los periodos de otoño cuando todavía el calor de las mañanas parecía no alejarse y el frío de las noches tardaba en llegar y la usaba para ver la televisión en el salón sin tener que encender la calefacción. Con eso estaba segura que sería suficiente. Antes se dirigió a la cocina, se sirvió un vaso de agua y cuando se disponía a volver a su dormitorio, un escalofrío recorrió su cuerpo. Temblaba y constató que en vez de estar en verano, parecía una mañana gélida de los meses de invierno. Corrió hacia su habitación, colocó la manta sobre la sábana y se arrebujo no sin antes echar otro vistazo al despertador. No podía ser cierto, pero el móvil le demostró la dura realidad. La hora no había cambiado.

De repente supo qué había estado soñando antes de despertarse con violencia y eso explicaría la jugarreta que su mente le estaba infringiendo, ya que el frio que creía sentir era tan solo una reminiscencia de ese sueño, ya que en él se encontraba en lo que parecía ser un pequeño pueblo de montaña, rodeada de nieve y esquiando. Ella que odiaba la nieve y que el último lugar del mundo al que acudiría sería precisamente a un sitio parecido. Pero a pesar del poder que la mente pueda ejercer sobre uno, a pesar de lo sicológicamente que pueda alterar la realidad, el frío que estaba haciendo era real, y su cuerpo tembloroso bajo la manta, era una prueba de ello. Pero la parte más profunda de su cerebro le decía que tenía que haber algo más, que la visión de un pueblo nevado no es suficiente motivo para despertarse sobresaltada. Entonces supo la verdad, no esquiaba, intentaba huir de algo que la perseguía y en aquel pueblo, o tal vez solo fuese una cabaña abandonada en medio de la montaña, no había nadie que pudiera ayudarla. Se estremeció e intentó encogerse todavía más para alejar de su cuerpo esa helada sensación, pero era imposible. No le quedaba más remedio que levantarse y coger otra manta, esta vez tendría que ser de las gordas, de las que tan solo usaba en lo más duro del invierno, cuando las temperaturas nocturnas en la calle no subían de los cero grados y en su habitación apenas llegaban a los 10. Pero también podía ser que tuviera fiebre, y esa fuese la causa de los temblores. No tardó en descartarlo ya que era evidente que su cuerpo no desprendía calor. Mientras pensaba en ello ya había iniciado el movimiento de la mano hacia el cajón de la mesita donde guardaba el termómetro y no pudo evitar coger el móvil y comprobar, una vez más la hora: las 2:22.

Abrió los ojos tanto que casi se le salen de las órbitas, era imposible, físicamente imposible. No quería pensar en ello, entre otros motivos porque hacía tanto frío que lo primero que necesitaba era coger una manta, ya tendría tiempo de analizar que estaba pasando. Pero no estaba preparada para lo que iba a ocurrir. Cuando sus pies tocaron el suelo tuvo que retirarlos de manera inmediata: el suelo estaba helado, no es que fuese una sensación debida al frio que sentía, era real. Una fina capa de hielo cubría todo el linóleo, esa era la primera impresión. Sus manos se dirigieron, sin dejar de mirar el blanco suelo, hacia el interruptor de la pared para encender la lámpara del techo y el terror empezó a invadirla, la pared también estaba cubierta de una fina capa de hielo. Cuando sus dedos presionaron el botón se quedaron ligeramente pegados. Pero nada ocurrió, al parecer todo estaba congelado. Con dificultad se calzó las zapatillas de andar por casa, que también se encontraban cubiertas de escarcha y con un cuidado extremo para no resbalarse, volvió a abrir la puerta del armario y extrajo la manta más gorda que pudo encontrar. Se la lio alrededor del cuerpo y con la sensación de que todo su ser estaba entumecido, intentó recorrer la distancia que le separaba de la puerta de su alcoba y pudo constatar que lo que su vista abarcaba en aquella oscuridad era frío y blanco. Avanzó hacia su derecha, hacia la ventana de la habitación e intentó abrirla, pero estaba tan llena de escarcha que le fue imposible, tenía la necesidad de mirar que ocurría en el exterior, necesitaba buscar una explicación, por loca que pareciese a lo que estaba pasando.

La ventana del salón siempre solía dejarla con la persiana a medio bajar, desde allí podría hacerse una idea de si todo era un mal sueño o por el contrario un cataclismo de dimensiones bíblicas, expresión que escuchó recientemente en televisión en labios de un ministro y que le hizo gracia, era la causa de todo. Lo que vio a través de aquel ventanal le dejó sin palabras. Todo estaba quieto. Y no era debido a la hora que era, todo estaba literalmente quieto. Eso fue lo que la sumió en un estado de pánico absoluto ya que al final de la calle, un gato estaba flotando en el aire. Imaginó que había intentado saltar y cuando ocurrió el extraño acontecimiento que había convertido el mundo que ella conocía en un mundo detenido, al pobre felino le pilló en aquella extraña postura. Pero no era lo único anómalo. En la otra esquina, se podía ver un policía que había disparado a un presunto delincuente que huía ante él intentando esquivar una bala… que flotaba a unos centímetros de su espalda.

Lo poco que divisaba desde aquella ventana era igual, los coches, que podía ver en ambas calles laterales, también se encontraban detenidos, pero se notaba que no estaban estacionados. Todo era inquietante. Pero ni rastro de esa capa de hielo que se encontraba en cada rincón de la casa. Se acercó con tremenda dificultad a la puerta principal, pero ni siquiera fue capaz de abrir la mirilla, todo estaba congelado. Por su mente pasó una expresión que tal vez en aquel contexto tenía cierto sentido: congelar el tiempo. Regresó poco a poco a su alcoba, ya que cada vez era más complicado andar puesto que la capa de hielo se hacía más espesa por momentos. Una vez allí no supo que hacer. La cama, de la que hacía apenas unos minutos se había bajado, estaba tan fría, tan llena de escarcha, que era imposible subirse. Lo único que brillaba en aquella espectral blancura gélida era los números del despertador que seguían marcando inexorables la misma hora: las 2:22.

Eso era lo que la estaba matando. Era imposible. Ya hacía unos cuantos minutos, desde que se levantó sobresaltada que aquellos números tenían que haber cambiado. Aquel despertador era digital y no funcionaba con maquinaria, y como para reafirmarla en lo irreal que aquello resultaba, empezó a escuchar el tic-tac del mismo. Entonces lo oyó. Era el sonido de algo que se arrastraba, no podía decir de dónde provenía y mucho menos a dónde se dirigía, pero no estaba sola. Preguntó con voz temblorosa si había alguien, pero no obtuvo respuesta.

No sabía qué hacer, estaba en medio de su habitación envuelta en una manta, con todo cubierto de escarcha y muerta de frio, no podía ir a ningún sitio y estaba convencida que si intentaba usar el teléfono este no funcionaría ya que formaba parte de aquel extraño decorado congelado en el que el tiempo y todo lo que la rodeaba estaba detenido. Fue entonces cuando un pensamiento cruzó por su mente: todo estaba quieto, todo permanecía congelado, menos ella. Bueno menos ella y eso que creía haber escuchado arrastrase. Ya no estaba segura de si era cierto que lo había oído o no, pero para corroborar que no era una pesadilla, aunque lo pareciese, lo volvió a escuchar.

El pánico hizo que gritase, era lo único que rompía la monótona quietud que lo llenaba todo. Pero seguía sin saber que era. Entonces su mente viajó hacia atrás, justo al momento en el que dormía plácidamente y en el que se levantó sobresaltada por el mal sueño que estaba teniendo y en el que algo la perseguía y por irracional que pudiese parecer tal vez aquello se encontraba ahora allí, con ella y no podía huir ni escapar. Volvió a oírlo y su corazón se sobresaltó, el sonido venía de aquella estancia y al intentar moverse constató con terror que no podía hacerlo, sus pies se habían pegado al suelo y una capa de fino hielo empezaba a cubrirlos, pero lo que era estremecedor era que cada segundo que pasaba el hielo le cubría más y más, parecía extenderse lenta e implacablemente hacia las partes superiores de su cuerpo. Un nuevo grito surgió de su garganta, pero al igual que el anterior no llegaría muy lejos, nadie la escuchaba, nadie podía oírla. Desde donde se encontraba volvió a mirar el despertador, volvió a escuchar el tic-tac y contemplo con más sorpresa que miedo que seguía marcando aquella maldita hora: las 2:22.

Entonces lo vio salir de debajo de la cama. No supo definir con palabras que era o a que se parecía, porque nada de lo que ella hubiese visto en su vida se asemejaba a semejante horror. Aquello era enorme, gigantesco, y lo que más la lleno de terror fue la enorme boca llena de dientes afilados como agujas que se dirigía hacia ella. Intento gritar pero nada surgió de su garganta, era como si el hielo, que cada vez le cubría más y más el cuerpo, también le hubiese congelado las cuerdas vocales. Cerró los ojos, si su vida iba a acabar de aquella manera, no quería verlo.

Se levantó sobresaltada, acababa de tener una pesadilla, tal vez la más aterradora que nunca había sufrido. Miro el despertador y el grito que se escapó de su garganta llenó la quietud de la noche y de su habitación. Eran las 2:22 y una sensación de frío, lo llenaba todo…

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