HOY DOS POR UNO

Pues sí hoy estamos de rebajas. Como Egarbook va a realizar una segunda edición de mi libro de relatos “¿Hay alguien aquí?”, hoy os voy a poner la sinopsis del mismo y el primer relato, para abriros la boca y las ganas de comprarlo. La portada es la de la primera edición, la nueva en cuanto la tenga os la paso y ahora sí, besos y abrazos a repartir.

¿HAY ALGUIEN AQUÍ?

hay alguien portada¿Hay alguien aquí? ¿Alguien valiente que se atreva a bucear en las gélidas aguas del terror? ¿Alguien alegre con ganas de reírse un rato? ¿Alguien que simplemente quiera pasar un momento con un libro entre sus manos y olvidarse de los problemas del día a día? Si es así hoy es tu día de suerte ya que todo eso y mucho más es lo que vas a descubrir entre las páginas de este volumen. Sumérgete en un cúmulo de sensaciones, desde el terror más profundo, a la caricia más suave, pasando por el estremecimiento del primer amor.

Si consigo transmitirte, querido lector, al menos uno solo de esos sentimientos, podré dormir tranquilo y pensar en el siguiente relato, si por el contrario quedas indiferente, que las pesadillas me acosen y no dejen que Morfeo me acune entre sus brazos. Y ahora, ¿te atreves con el desafío? No dejes que los malos sueños me arrastren…

24 DE ABRIL

Era una noche estrellada. Son de esas cosas que no se pueden olvidar, sobre todo porque ver un cielo así en una ciudad es difícil, y sin embargo la luna brillaba como nunca y el resto de las estrellas la acompañaban como centinelas en una noche de guardia. Hoy se cumplen 5 años y aquí estamos los dos, depositando como siempre un ramo de flores, mientras ella llora desconsoladamente. Intento servir de pañuelo de lágrimas, quiero aliviarla de la carga que lleva y que le hace sufrir sobremanera, pero es imposible, no lo consigo.

-¡Te quiero!- clama entre sollozos- ¡Siempre te querré!

El cielo se tiñe de negro, las primeras gotas de una lluvia suave comienzan a caer y se mezclan con las lágrimas que ella empieza a derramar. Permanecemos unos instantes más allí contemplando aquel trozo vacío de tierra dónde hace cinco años encontraron el cadáver.

Aquel día no lo puedo olvidar. Lo llevo grabado en mi memoria a fuego. Estábamos en el único bar del pueblo, en las afueras, cercano a la carretera. Era una reunión de amigos con la única intención de celebrar simplemente la camaradería que nos unía desde hacía años. Alrededor de una mesa compartíamos unas cervezas y unos bocadillos, mientras jugábamos una partida de dardos.

-Venga, te toca.

Era mi turno. No es modestia pero de toda la cuadrilla, soy el mejor jugando, el hecho de tener una diana en casa también ayuda a ello. Así que me coloqué sobre la línea, apunté y… ¡60 puntos! ¡Triple 20! Apunté de nuevo y el dardo se clavó junto al otro. Lo cierto es que aunque practique a diario, la suerte siempre es una ayuda y admito que aquel día, especialmente, estuve muy inspirado. Mi tercer tiro también se clavó en el triple 20. He de confesar que pocas veces me ocurría algo parecido y sonreí. Mi rival no tuvo tanta suerte, apenas sumó 45 puntos tras conseguir dos dardos en el 20 y uno en el 5. Parecía claro que las cervezas no las iba a pagar yo. Era esa otra de las costumbres que solíamos realizar los viernes, quién pagaba las consumiciones. Unas veces lo hacíamos, como aquel día, jugando a los dardos, otras lo hacíamos jugando a las cartas, o incluso a los dados y a los bolos. Lo importante era compartir juntos unas horas, reírnos y pasarlo bien. Era el día que dedicábamos a nosotros, los amigos; nuestras parejas lo hacían también, se reunían y charlaban de sus cosas. Era algo que desde los primeros momentos de relación decidimos: los viernes por la tarde era el día de los amigos.

Recuerdo que hacía un tiempo maravilloso, bien es cierto que la primavera ya hacía tiempo que se había instalado, pero con esos traicioneros golpes de frío que la caracterizan; las noches no dejaban de ser una sorpresa y uno tenía que ir prevenido para cualquier cambio de tiempo imprevisto. Recuerdo también que aquel día el local estaba bastante lleno, además de nuestro grupo de amigos, había diez personas más, lo cual dado el tamaño del garito tenía su mérito. Algunos llevaban varias copas encima, y aun quedaban algunas horas hasta el cierre del local, sin embargo a nosotros nos bastaba con tomar un par de cervezas por cabeza, no queríamos emborracharnos, tan solo pasar un rato juntos.

-¡Otro 180!- gritaba mi compañero de partida- hoy creo que no pagamos nosotros. Me entran ganas de pedir otra ronda…

-Estoy de suerte, eso es todo- fue lo único que alcancé a decir.

Uno de los chicos que se encontraban en la barra, empezó a subir el volumen de su voz, al parecer había empezado una discusión. Rápidamente fue zanjada por el dueño, el mismo que servía las copas y que no permitía ningún tipo de altercado en su bar. Si proseguía con esa actitud, lo echaría de allí. El joven pidió perdón, pero no tardó mucho en enfrascarse en otra conversación elevada de tono. No sería la última, aquello fue el desencadenante de todo lo que ocurrió después, desgraciadamente. Me tocaba de nuevo, triple 19, triple 20, doble 12. Habíamos ganado. Esta noche ni Pedro ni yo pagaríamos las copas. Juan, Javier, Iván y Miguel nos miraban con envidia, entre ellos tendrían que jugar la partida para decidir quién abonaría las consumiciones.

Recuerdo que cuando los jóvenes de la barra abandonaron el local, uno de ellos me dio un golpe al no poder mantener el equilibrio, me pidió perdón con una voz pastosa, tan típica de aquellos que han bebido en exceso y a los que les cuesta expresarse con claridad. Se quedaron en la puerta, justo en el sitio dónde apenas un par de semanas más tarde el dueño instalaría la terraza, cuando el buen tiempo definitivamente llegase.

Nosotros, una vez decidido quién pagaba, nos dedicamos a las confidencias, a mantener encendida la llama de la amistad, a recordar los buenos momentos vividos, los no tan buenos, a sonreír con los chistes malos y a reírnos con los buenos. Simplemente éramos un grupo de compañeros reunidos por el puro placer de la amistad. Dos horas más tarde abandonábamos el lugar. Nos despedimos y quedamos en encontrarnos dentro de una semana en el mismo sitio. Nunca más volveríamos a vernos.

Alguien no recuerdo quién, me dijo que fuese con él en el coche; le dije que no, hacía una noche preciosa y quería pasear. Además, no vivía demasiado lejos de allí, ya que mi casa quedaba justo a la entrada del pueblo siguiendo la misma carretera en la que se encontraba el bar, donde seguían aquellos jóvenes, bebiendo, medio desnudos y vomitando junto a la puerta del local, tal vez como venganza por haberlos echado. Miré hacia atrás por última vez para contemplar a mis amigos alejarse. No los volví a ver más. Aquel 24 de abril hacía una noche excepcionalmente hermosa, la visibilidad era total y el cielo brillaba con su miríada de estrellas saludándome y eso a pesar de las luces de las farolas de la carretera que llevaban encendidas un par de horas. Sonreí, y a pesar de que no hacía frío, subí la cremallera de la cazadora, me arrebujé en ella y empecé a caminar. Escuchaba el canto de los grillos y a saber que otros animales que les acompañaban en aquel coro nocturno. Dejé que se llenasen mis fosas nasales del olor de los jazmines y las lilas. Caminaba despacio, disfrutando de cada centímetro de aquel paseo que no tenía por costumbre realizar de noche. Entonces llegué a la fatídica curva. No me dio tiempo a esquivarlo, no lo vi llegar. Aquellos jóvenes que no habían parado de beber durante toda la noche, volvían a sus casas montados en un coche rojo, al que por descuido, por los efectos del alcohol o por otra causa que desconozco, no llevaba las luces encendidas. No lo vi y posiblemente ellos no me vieron a mí. Acabé en la cuneta, morí casi al instante, mientras ellos huían sin pararse a auxiliarme.

24 de abril. Hoy hace cinco años de todo, y aquí estamos mi mujer y yo, ella empapándose con la lluvia que al final cae con fuerza, yo en vano intentando consolarla diciéndole que sigo aquí, que también la quiero y la querré siempre, que la amo con locura. Pero no me ve, no me escucha, no puedo hacer nada por calmar su dolor. Tardé mucho en entender por qué no podía, pero ahora lo sé. Soy un fantasma. Se gira, por fin se marcha, me atraviesa y su fragancia me llega. Unas lágrimas espectrales ruedan por mi mejilla, le susurro al oído que la querré eternamente. Se detiene, se vuelve nuevamente, es como si hubiese notado mi presencia. Llora amargamente y se arrodilla sin importarle si el barro que lo cubre todo la manchará. Levanta su rostro, entre las gotas que se deslizan por su cara, mezcla del agua que cae y las lágrimas que derrama; esboza una sonrisa, la primera en cinco años, mientras susurra:

-Yo también te querré siempre.

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