UN RELATO DEL LIBRO ¿HAY ALGUIEN AQUI?

Para celebrar la inminente salida de la nueva edición de mi libro de relatos ¿Hay alguien aquí?, os dejo otro de los que aparecen en él. Espero que os guste. Besos y abrazos a repartir. Nos vemos.

DESDE MI VENTANA

Hoy llueve, con insistencia, no ha dejado de hacerlo desde que amaneció. Y desde entonces estoy aquí, asomado a mi ventana, contemplando la ciudad desde la atalaya de mi habitación. Me encantan esos días pasados por agua, me gusta contemplar la lluvia golpeando los cristales, ese sonido que producen las gotas al impactar contra la ventana, es música para mis oídos. Y si estoy pegado a la ventana es porque no puedo pasear, soy preso de mi silla de ruedas a la que estoy pegado desde que sufrí un terrible accidente hace ya algunos años. Me he acostumbrado a dormir poco y a mirar mucho. Conozco a todos mis vecinos, sé la rutina que hacen cada día, las horas a las que salen a comprar, o a pasear, o a llevar a sus niños al colegio. Conozco de memoria el itinerario que realiza el cartero o los camiones de reparto, es lo que tiene vivir pegado a estos cristales. Me gustaría formar parte de ese bullicio, pero me tengo que conformar con ser un mero observador.

Hoy es lunes, puede que sea irrelevante pero para lo que voy a contaros, para lo que he sido testigo, tiene mucha importancia ya que algo rompió la rutina a la que estoy acostumbrado. Estaba contemplando el paseo diario de mi vecina con su perro, pequeño y peludo más parecido a una rata que a otra cosa, cuando de repente, sí, de repente, de improviso, vi a un hombre con un largo abrigo negro que le llegaba casi a los pies, y un sombrero también negro. Apareció de la nada, ya que aunque me encontraba mirando hacia mi izquierda y él lo había hecho por la derecha, no hubiese tenido tiempo material de llegar al lugar al que se encontraba. Además hay otro detalle que me reafirma en lo dicho, cuando lo vi por primera vez, estaba difuminado y poco a poco fue tomando forma, hasta quedar completamente definido. Me asusté, era algo que nunca antes había contemplado. Pero también infundía miedo el aspecto que tenía. Era muy delgado, de una gran palidez, y tenía unas ojeras terriblemente definidas, y tan pronunciadas, que parecía un cadáver. Su estatura rondaría los dos metros, y junto con el abrigo largo y el sombrero tenía el aspecto de alguien surgido de alguna novela o película de terror.

Caminó de un lado para otro, pero tan solo unos metros y de vez en cuando se detenía, levantaba la cabeza, y volvía sobre sus pasos. Al principio estaba aturdido, no imaginaba que significaba aquello, pero al final lo comprendí, olfateaba el aire. Mi vecina pasó junto a él pero no pareció fijarse en aquella figura espigada, tan solo se desvió ligeramente del camino que llevaba y prosiguió su ruta junto con su can. El hombre se giró y un amago de sonrisa se dibujó en aquel rostro blanquecino, casi cadavérico. Pero no tardó en girarse de nuevo y seguir con aquel extraño ritual.

Miro el reloj, son apenas las nueve menos diez de una lluviosa mañana de un lunes de otoño. Dentro de cinco minutos Isabel, la vecina de enfrente, una preciosa mujer morena de ojos negros, saldrá del portal, caminará hacia la izquierda, cruzará la calle, y se sentará en la parada del autobús, donde cogerá el 50, como todos los días de la semana menos el sábado y el domingo. Supongo que se dirige al trabajo, y digo supongo, porque aunque conozco todos los movimientos de todos aquellos que cruzan esta calle, ignoro donde van después ya que nadie me lo dice y cuando salgo, no puedo seguirlos. Pero de repente el hombre se detiene, se acerca a la entrada del edificio y sonríe. Entonces ocurre algo que me deja anonadado, sin abrir la puerta, atraviesa la misma, como si de un fantasma o un espectro se tratase, dejando tras de sí un trazo, como un jirón. No sé lo que ocurre dentro, tan sólo soy espectador de lo que ocurre sobre la calle, sobre las aceras, pero ni puedo, ni quiero ver más allá.

Pero esta mañana, a las nueve menos cinco, Patricia no ha salido del edificio, ni ha cruzado la calle, ni se ha sentado en la parada del autobús. A esa hora lo único que abandonaba el inmueble era una figura alta, delgada y vestida de negro. Sus ojeras habían desaparecido, su rostro tenía un aspecto mucho más lozano que unos minutos antes, y sonreía. Levantó de nuevo la cabeza, pero esta vez no parecía olfatear, de improviso se detuvo, alzó la vista hacia mi ventana, levantó un dedo señalándome, esbozó una tenue sonrisa, y tal y como había aparecido, se fue, desdibujándose, esa es la expresión correcta. Permanecí unos minutos más contemplando el vacío que antes había ocupado aquel hombre, asustado y temerosos por lo que había visto, sin entender que significaba aquel gesto, pero el terror recorría cada célula de mi cuerpo.

Sigo tratando de comprender lo sucedido, pero no encuentro ninguna explicación racional. Patricia sigue sin salir, y desde que yo recuerdo, nunca ha faltado a esa cita semanal con el autobús, nunca la he visto toser o estornudar, o enferma, por eso cuando a las nueve y cuarto, la morena de cuerpo espectacular, seguía sin aparecer, el terror que me recorría se convirtió en pánico. Me incliné un poco hacia adelante y abrí la ventana, tenía la necesidad de respirar el aire enviciado de la ciudad, ya que sin saber muy bien el motivo me empezaba a agobia con el de mi habitación. Justo en ese momento, oí un grito que venía del edificio de enfrente, y me preparé para lo peor. Intenté asomarme un poco al exterior, pero era preferible no tentar a la suerte ya que si me inclinaba demasiado podía caerme y sería difícil incorporarme. Lo único que me quedaba por hacer era asomar la oreja e intentar escuchar lo que ocurría. Veía como la gente corría hacia el interior del inmueble y una señora vestida con una bata de andar por casa hacía aspavientos con las manos pidiendo ayuda.

Al principio todo era caos, ya que entre las voces de los que llegaban y los de aquella señora, era difícil entender nada, pero poco a poco las voces se fueron aclarando, el bullicio disminuyendo y pude entender algo. La vecina de la bata, la que chillaba como una histérica, vio un charco de sangre bajo la puerta de la joven morena, llamó a la puerta y como no obtuvo respuesta, se asustó. Alertó a todos aquellos que se encontró a su paso, y casi los arrastró al interior. Parece ser que alguien llamó a la policía porque algunos minutos después vi un par de vehículos con sus luces azules brillantes que llegaban, y al detenerse, cuatro hombres descendieron, permanecieron un rato en el interior y uno de ellos salió. Se puso en contacto por radio con alguien y pasados otro puñado de minutos otro coche apareció. Me quedé de piedra cuando media hora más tarde, un coche fúnebre hacía su aparición. Poco después el cadáver de Patricia era introducido en el mismo. El vecindario estaba conmovido, era una joven hermosa y todo el mundo la quería y la apreciaba.

Lo que me dejó atónito fue lo que escuché que un policía le decía a su compañero: aquella mujer había sido asesinada, no era un suicidio, pero no tenía sentido, ya que todas las ventanas y puertas estaban cerradas desde dentro y por lo tanto nadie había podido salir o entrar. Entonces un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y la imagen de aquel hombre vestido de negro apareció ante mí. ¿Había alguna relación entre la muerte de aquella mujer y la inesperada aparición del mismo? Estaba convencido que sí, pero ¿cómo había sido capaz de penetrar en aquel edificio, matarla y salir de nuevo sin abrir ni cerrar ninguna puerta? Entonces me acordé de la forma tan misteriosa en la que le vi atravesar aquellos muros y me estremecí. Se me ocurrió llamar a la policía y contarles lo que había visto, pero ¿sería creíble?

El ajetreo en el exterior de la calle duró todavía un par de horas más. Finalmente, cuando el mediodía hacía su aparición, todo volvió a la normalidad, aunque la lluvia no dejó de caer. Tras comer algo e intentar relajarme, volví a mi puesto de observación y comprobé como la rutina se había instalado, demasiado rápido tal vez sobre aquel asfalto en el que las lágrimas derramadas horas antes ya habían desaparecido. Entonces apareció de nuevo, así de repente, de la nada. Aquella figura alta, pálida, con enormes ojeras, sombrero y abrigo largo y negro. Volvía a tener el aspecto enfermizo de la primera vez, y empecé a temer lo peor. Levantó la vista y me miró, un amago de sonrisa apareció en aquel rostro desteñido, me apuntó con el dedo y de la misma manera en la que había aparecido, se esfumó, o debería decir que se desdibujó, ya que fue difuminándose poco a poco, como si alguien lo estuviese borrando. Y justo en ese momento apareció delante de mí, en mi habitación. Yo temblaba de miedo mientras aquel ¿hombre? avanzaba hacia mí mientas su largo dedo índice me señalaba amenazante. Fue cuando escuché su voz cuando el pánico me invadió. Su voz parecía provenir de ultratumba, era aterradora, y fue lo que dijo lo que me sumió en un estado de desesperación absoluta:

-Me voy, pero volveré, no me iré de este mundo sin tu alma.

Y se volatizó. Miré de nuevo por la ventana para ver si lo volvía a ver, pero la calle estaba como siempre, con su rutina, con sus idas y venidas, con su gente, pero cuando vi a un grupo de personas correr hacia la izquierda supe que algo que se salía de lo normal había ocurrido. Intenté abrir la ventana, tenía que escuchar lo que ocurría allí fuera y aunque con gran esfuerzo lo conseguí, las voces me llegaban difusas, debido sin duda a que se encontraban a bastante distancia de mi ventana, pero lo poco que llegué a escuchar hizo que el vello se me erizase. Un hombre estaba muerto junto al banco en el que siempre se sentaba, su rostro tenía una mueca aterradora, al menos eso fue lo que me pareció entender, y había sangre por todas partes. Aquí la conversación se convirtió en algo inteligible ya que se mezclaban varias voces y todas ellas querían predominar sobre las otras, pero entre tanta marabunta conseguí escuchar algo que sigo teniendo grabado en mi mente a fuego:

-Le faltan los ojos, alguien se los ha arrancado.

Entonces, en el otro extremo de la calle lo volví a ver. Aquel hombre envuelto en su abrigo negro, sonreía, tenía un aspecto mucho más mejorado y mientras con su mano derecha me señalaba, abrió la mano izquierda mostrándome un par de ojos, todavía sangrantes. Eso hice que me apartase de la ventana, la cerrase y bajase la persiana. No sé como pudo suceder pero escuché unas palabras que me dejaron helado:

-Tú eres el siguiente.

No hacía falta ser muy listo para comprender el significado de aquella amenaza, y desde entonces no paro de dar vueltas en mi habitación, con la silla de un lado para otro, inquieto, asustado. No sé lo que le hizo a la primera víctima, pero al segundo le arrancó los ojos, ¿qué me haría a mí? He pasado el resto de la tarde inquieto, sin atreverme a asomarme de nuevo a la ventana, casi no he comido, y no he podido dejar de pensar en ese personaje vestido de negro. Cada vez que escuchaba un ruido, por pequeño que fuese giraba mi cuerpo hacia la puerta y tras comprobar que no ocurría nada, respiraba aliviado, pero cada sobresalto tenía como resultado ponerme el corazón a mil. Finalmente llegó la noche y nada ocurrió, no tengo ni idea de lo que estaba sucediendo en la calle ya que en lo que quedó de día no tuve el valor de volver a mirar. Llegó la hora de meterme en la cama, pero el sueño no llegó, pasé una noche inquieta, sin pegar ojo, pensando en lo que el mañana me depararía, y rezando para que no fuese el último día que pasaría sobre esta tierra.

Pero mis plegarias no tuvieron contestación. Justo en el momento en el que escribo esto, algo ha aparecido de la nada en mi habitación, primero de manera difusa, luego ha ido cogiendo forma poco a poco hasta formar una silueta demasiado conocida, aterradoramente conocida. Me siento indefenso, no puedo hacer nada por mi vida, ya que soy consciente de que apenas me quedan unos segundos. Le miro a los ojos, y lo único que consigo ver es un terror ciego, una oscuridad absoluta. Abre la boca y sé que serán las últimas palabas que oiré en este mundo:

-Ha llegado tu hora.

Desconozco cuanto me queda, pero escribiré hasta que exhale mi último suspiro…

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