PRIMERAS PÁGINAS DE “ASESINA DE HOMBRES”

Como me siento generoso, hoy me apetece compartir con vosotros las primeras páginas de mi novela “Asesina de hombres”. Además está funcionando bien, lo que me alegra y es un motivo más para compartirla con vosotros. Disfrutadla y si os gusta lo que leéis, no dudéis en comprar el libro. Besos y abrazos a repartir.

CAPITULO UNO

1

asesina portada—Bien, eso es todo por hoy, podéis recoger vuestros apuntes, nos vemos mañana.

En apenas unos instantes, el aula quedaba vacía entre gritos y vítores de los alumnos que con prisas abandonaban aquellas cuatro paredes, dejando tras de sí el desorden de mesas y sillas movidas de su sitio. Esperó a que todos ellos salieran, deseando que hubiesen sido capaces de asimilar algo de lo que les había explicado. Cuando la clase quedó en silencio, se dirigió con paso lento hacia el interruptor de la luz, apagó, echó una última ojeada al interior y finalmente cerró la puerta. Delante tenía un largo pasillo que recorrer, no lleno de peligros ya que los alumnos, que estaban deseosos de salir, corrían sin mirar, sin prestar atención a los demás, era mejor permanecer parado, ya que en breve el silencio daría paso al momentáneo ajetreo.

No tardó en quedar todo sumido en una tranquilidad total y pudo constatar que no era el único profesor que había esperado a que los alumnos abandonasen el recinto para dar señales de vida ya que del resto de aulas se veían cabezas que asomaban y cuerpos que empezaban a emerger por entre los dinteles de las puertas. Algún alumno rezagado, podía verse todavía pero sin las prisas de sus compañeros, esos no suponían ningún peligro. Al quedar el corredor vacío, los profesores se reúnen un instante para conversar, comentar como han ido las clases y despedirse hasta el lunes. Ahora les quedaba un fin de semana alejado de aquellos a los que intentaban instruir, la familia pasaba a ser prioritaria, pero la tranquilidad total para muchos de ellos no iba a llegar. Ahora tocaba lidiar con otra especie: los hijos.

Collins se despidió de sus colegas con un saludo lejano, una sonrisa amplia en la cara, y el maletín en la mano derecha. Cruzó todo el pasillo hasta la puerta principal y tras recorrer los escasos metros que le separaban del aparcamiento de profesores, se montó en su Pontiac negro. Arrancó sin violencia, sin dejar parte de los neumáticos sobre el asfalto como les gustaba hacer a los actores en Hollywood, y enfiló la calle principal. No vivía demasiado lejos del colegio, en aquella pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos, en realidad nada estaba demasiado lejos. Ante él desfilaron edificios de apartamentos, supermercados, tiendas de armas, droguerías, negocios propios de toda urbe que se precie allí en América. Al llegar al segundo semáforo giró a la derecha y pocos metros después el paisaje urbanístico cambió totalmente. Ya no había bloques de edificios, ni negocios, ahora eran las viviendas unifamiliares y las consultas privadas de médicos, dentistas, etc., las que predominaban. En medio de aquel pequeño paraíso, ya que entre casa y casa se podían ver jardines, todos ellos perfectamente cuidados, piscinas todavía vacías ya que el calor de verdad todavía no había llegado (aunque en algunos casos ya se oían los chapoteos de los más valientes) y barbacoas en casi cada rincón, se encontraba su hogar. Abrió la puerta del garaje con el mando a distancia, dejó aparcado el coche en su interior, y a pesar de que podía pasar al interior de la vivienda por una puerta situada en el mismo, decidió salir, cerrarlo de nuevo con el mando, y encaminarse al buzón de la entrada. No había correo. Se detuvo alzando la vista al cielo, tomó una gran bocanada de aire y empezó a llorar.

Hoy era un día especial. Martha hubiera cumplido años, la que había sido su compañera, su amante, su amiga, su mujer. No era muy grande, apenas algo más de metro y medio, pero llena de dulzura, de ternura, de amor. Si todavía estuviera viva, hoy le habría recibido en la puerta, con su melena rizada al viento, con aquella sonrisa capaz de enamorar hasta las estatuas de piedra y sobre todo con aquellos hermosos ojos verdes en los que tan a menudo se perdía. Pero Martha no estaba y eso nada podía cambiarlo. Retrocedió unos metros hasta la puerta blanca a la que se accedía tras subir dos pequeños escalones, sacó la llave del bolsillo y la abrió. El interior estaba limpio y ordenado, ya que aunque él no solía limpiar tenía una asistenta que venía tres veces por semana para que todo estuviera siempre a punto. Arrojó el maletín casi sin mirar sobre el sofá del gran salón, se desabrochó la corbata, se encaminó hacia la no menos enorme cocina, abrió la nevera y sacó una cerveza. La vació casi de un trago, dobló la lata con una mano y la arrojó al cubo de basura. Cogió otra, la abrió y tras dar un largo trago, volvió al salón. Se sentó junto al maletín, buscó entre los cojines el mando a distancia del televisor, no lo encontró, recordó que hoy era uno de los días en los que venía Cynthia, la asistenta a limpiar, echó un vistazo a la pequeña mesita de cristal situada a sus pies, entre el sofá y el televisor, lo encontró y encendió el aparato. Tenía sintonizada siempre la FOX, el canal 24 horas de noticias, pero nada interesante estaban dando. Dejó encendida la tele y volvió a la cocina, tenía hambre y necesitaba prepararse algo para comer. Era un excelente cocinero y cuando vivía con su mujer era él el que solía cocinar de vez en cuando, demostrando sus buenas dotes culinarias, pero ahora solo le apetecía una tortilla, tenía cosas que hacer en su despacho, en el que pasaba las horas que no estaba dando clase, el lugar que era su verdadera casa, el motivo que le quedaba para vivir tras la pérdida de su mujer.

Tras batir los huevos, calentar el aceite y verterlos en la sartén, buscó un plato en el altillo de la izquierda, removió ligeramente la mezcla que se estaba cocinando, echó una pizca de sal, especias y tras dejarla cuajar lo justo, la volcó en el plato. Apagó el fuego, pasó un papel limpio a la sartén que sólo utilizaba para ese menester, abrió el primer cajón del armario situado a su derecha, sacó un cuchillo, un tenedor y cogió un poco de pan. Volvió al salón y mientras degustaba su tortilla, se puso a ver las noticias. Salvo que ocurriese algo excepcional en el mundo, algo que cada vez empezaba a ser más cotidiano, como erupciones volcánicas, terremotos o atentados, las noticias estarían centradas en el país, luego darían paso a las locales, las deportivas, el tiempo… y vuelta a empezar, los presentadores irían cambiando cada pocas horas, pero todos dirían más o menos lo mismo. Al cabo de una hora, decidió que ya era suficiente, se levantó, apagó el televisor, se fue a la cocina, lavó el plato y los cubiertos, subió las escaleras, entró en el dormitorio principal, se cambió de atuendo por algo más cómodo y tras cruzar el pequeño pasillo que separaba esta habitación de su despacho, entró en él.

Una gran mesa de oficina negra, un sillón de cuero, y varias estanterías del techo al suelo, era todo lo que había. En las baldas libros de todas clases, pero sobre todo de misterio, junto con novelas de escritores variopintos, extranjeros y nacionales. Sobre la mesa un ordenador MAC, varias libretas de apuntes, algunos cubiletes llenos de bolígrafos y la foto de su mujer. Ella era la razón de lo que hacía en aquellas cuatro paredes y no descansaría hasta saber qué fue lo que le ocurrió, bueno lo que pasó estaba claro, lo que necesitaba saber es por qué pasó. Cerró los ojos para recordar aquel día, que permanecía grabado a fuego en su alma, que no podía olvidar, ni quería, y que se llevó lo que más amaba. Él era profesor de historia, ella psicóloga y amantes de la cultura en general. No se perdían las exposiciones temporales que el pequeño museo de la localidad traía, bien es cierto que no todas ellas de gran calidad, pero de vez en cuando algo de interés caía. Pero el mes de julio de 2010 se podía decir que les había tocado la lotería. El modesto museo tenía el privilegio de traer a sus ciudadanos una exposición sobre la cultura japonesa, algo exótico, envuelto en el misterio de una cultura milenaria, con más años de historia que todo el país junto. Por supuesto para los habitantes de aquella ciudad, la mayoría patriotas para lo que lo ajeno o no es bueno, o es inútil, la exposición pasó desapercibida, pero ellos, disfrutaron como niños entre uniformes de samuráis, catanas, y objetos cotidianos de aquellos tiempos. Como lo hicieron unos meses antes cuando se realizó una sobre la cultura egipcia, o el año anterior con la de la cultura maya.

Aquella noche el cielo lucía maravilloso, se podía casi contar las estrellas, la luna brillaba en todo su esplendor y una ligera brisa refrescaba, algo, el cálido ambiente. Eran felices, estaban enamorados, hacía tan buena temperatura que decidieron ir a pasear al borde del lago que estaba a pocos metros de la ciudad. Cogidos de la mano bordearon una buena parte del mismo, que no era muy grande, y se besaron varias veces. Bucólico, el paraíso, en aquellos momentos no había nada más hermoso sobre el planeta. Sobre las diez y media decidieron volver, el hambre tenía mucho que ver con esa decisión, y ya que habían estado viendo una exposición sobre la cultura oriental, que mejor que acabar la noche en el restaurante chino. Era bueno, barato y la comida era de una calidad más que aceptable, tampoco había donde comparar en la villa, era el único de ese tipo por la zona. Se había anunciado la apertura de otro, más grande y mejor situado, pero no se sabía cuándo. En la ciudad también se podían encontrar varios restaurantes de comida rápida, dos italianos, un restaurante de lujo, al que acudían cuando tenían algo que celebrar, que era algo caro, y decenas de bares y cafeterías. Para un lugar del tamaño de aquella urbe no estaba mal.

No tuvieron dificultad en encontrar una mesa vacía, algunas quedaban libres, pero con la variedad de lugares a los que acudir al final ocurría lo de siempre, todos ellos tenían clientela, pero ninguno se llenaba salvo algunos días sin causa aparente y sin que los festivos del calendario lo justificasen. Una joven china, o eso parecía ya que era difícil saber la edad real que tenía, les acompañó, les dejó la carta y con mucho sigilo se apartó para que pudiesen elegir con tranquilidad. El local estaba decorado con algunos elementos propios de la cultura china con grandes murales con dibujos de dragones, un gran acuario con algunas percas y una música ambiental agradable con el volumen adecuado para poder hablar sin dar voces y que se pudiese escuchar. Parecían una pareja de recién casados aunque llevaban más de cinco años, por las miradas que se lanzaban mientras miraban la carta y por las sonrisas que dejaban escapar. Cuando la camarera volvió tenían claro lo que iban a tomar, dos rollitos primavera, arroz de la casa, tallarines tres delicias y cerdo agridulce, todo regado con una botella de vino rosado. Con la misma discreción que la primera vez, la muchacha se retiró con sigilo y dejó que aquella pareja siguiera cogiéndose de la mano por encima de la mesa mientras se decían piropos el uno al otro.

Todo había estado delicioso y cuando les trajeron el chupito de licor de flores, regalo de la casa, ambos brindaron y Martha dijo:

—Tengo que ir al baño.

—No tardes, que te echo de menos— dijo Collins.

—No tardaré, no quiero dejarte solo más de lo necesario.

A partir de ese momento la situación en el interior del restaurante se volvió confusa. Todo era caos, la sangre cubría las paredes, las cabezas de los comensales allí reunidos rodaban por todas partes. Mientras una mujer menuda, de poco más de metro y medio, blandía una catana en sus manos, con la mirada vacía, inexpresiva, se paseaba por entre las mesas decapitando a cuantos hombres encontraba. Collins no daba crédito a lo que veía, aquella mujer no podía ser su dulce y encantadora esposa y sin embargo así era. Intentó acercarse a ella, le preguntó que ocurría, quiso calmarla, pero cada vez que lo hacía, su mujer esgrimía la catana ante él amenazante. Alguien tuvo que llamar a la policía puesto que lo siguiente que se escuchó fue:

—Dese la vuelta y tire el arma, despacio.

Cuando Collins miró hacia la puerta no daba crédito, un total de cinco hombres encañonaban a Martha y estaban dispuestos a todo. El capitán Jack le dirigió una mirada inquisitoria, preguntando, sin hacerlo, si podía dar una explicación de lo que estaba pasando, pero la expresión de aquel hombre cuya mujer tenía aquella espada entre las manos denotaba un sorpresa enorme y aterradora.

— ¡Dese la vuelta, suelte el arma o disparamos!— volvió a gritar Jack.

Martha poco a poco se giró hacia ellos, seguía blandiendo la catana con ambas manos, su mirada seguía ausente y su cara era el reflejo de la locura más grande. Permaneció inmóvil durante unos segundos, sin parpadear, sin dejar de mirar hacia ninguna parte. Los policías se habían acercado un poco, mientras en el restaurante las mujeres lloraban sobre los cadáveres de sus maridos abatidos, el personal se escondía tras el mostrador de las bebidas y el resto de comensales huían despavoridos sin preocuparse si durante su caída golpeaban las mesas tirando al suelo lo que sobre ellas había. Al final solo quedaron ellos, Collins medio agazapado en un rincón incapaz de decir nada, su mujer espada en mano en medio del comedor, y los agentes a escasos metros de ella, pistola en mano.

—Señora Shine, por favor, deje la catana— intentó endulzar la situación el capitán Jack, que conocía al matrimonio desde hacía un par de años. Todos aquellos hombres los conocían, toda la ciudad los conocía de hecho ya que siempre habían sido una pareja encantadora y jamás se habían metido en líos.

—Cariño, ¿qué te pasa?— balbuceó Collins— Deja la catana amor mío. ¿Qué has hecho? ¿Qué te pasa?

No obtuvo respuesta.

— ¡Por última vez, deje la…!

El agente que había pronunciado la frase no pudo acabarla, Martha se abalanzó sobre ellos, no tuvieron más remedio que usar sus armas. Los primeros disparos le dieron de lleno y consiguió tambalearse un poco, pero siguió avanzando como si nada. Con el primero de aquellos tiros, una persona normal habría caído muerta de inmediato, y sin embargo aquel pequeño cuerpo parecía disponer de una fuerza que nadie imaginaba. Consiguió alcanzar con la catana a uno de los hombres en un brazo provocándole un corte importante, pero no dejó nunca el arma. Tuvieron que dispararle un total de 25 veces para abatirla, e incluso así, una vez hubo caído intentó levantarse de nuevo. La remataron de un tiro en la cabeza. Era imposible, pero todos lo habían visto. Aún quedaba lo mejor o lo más sorprendente. Cuando dos de aquellos policías se dirigieron hacia Collins, que seguía sin reaccionar, mientras el capitán intentaba vendar con trozos de los manteles el brazo de su compañero, Martha se irguió por última vez, dijo algo que para todos ellos resultó incomprensible, parecía japonés o chino, y murió. No hubo más sorpresas.

Poco después los servicios médicos llegaban al restaurante, mientras la policía local intentaba poner un poco de orden en aquel caos. Cuatro hombres decapitados, un agente de policía herido grave, varios clientes, entre ellas las mujeres de las víctimas y empleados con ataques de ansiedad, un hombre medio catatónico que no daba crédito a lo que su mujer había hecho, pero lo que nadie entendía: ¿cómo era posible que la dulce y encantadora Martha, pequeña pero llena de simpatía, hubiese sido capaz de semejante masacre? No encajaba. Durante varios días, tras su paso y posterior recuperación en el hospital local, fue interrogado no solo por los agentes locales, sino por miembros de otras agencias gubernamentales que estaban especialmente interesadas en el caso. No pudo dar ninguna respuesta lógica. Su mujer nunca había sufrido episodios de locura o paranoia, no tenía antecedentes de demencia en la familia, y jamás mostró síntomas de odio hacia otros tipos de cultura. Era una mujer adorable, llena de amor, cariñosa y siempre dispuesta a ayudar a los demás. Toda la comunidad local la quería, ella se hacía querer.

Cuando dejaron de agobiarle con preguntas para las que no tenía respuesta, cuando dejaron de acosarle los periodistas sin escrúpulos buscando sacar tajada de una desgracia, cuando el tiempo atemperó los ánimos y recobró algo la vitalidad de antaño; fue entonces cuando quiso respuestas. Su mujer había sido abatida por la policía, eso era incuestionable, pero algo tuvo que pasar para que aquella inocente criatura cogiese una catana de las que adornaban las paredes del restaurante y de las que nunca llegó a imaginar que fuesen tan reales, para actuar de la manera en la que lo hizo. Era todo tan raro que por fuerza tuvo que ocurrir algo que se le escapaba. Luego, al cabo de unos meses, y con la claridad que da la distancia en el tiempo de los acontecimientos, se hizo otra serie de preguntas de las que no podía contestar. Pero la más inquietante de todas era: ¿por qué sólo mató a hombres? Pudo haber decapitado a más gente, incluso pasó junto a una mujer que intentó pararla cuando la primera cabeza rodó, y no lo hizo, simplemente la apartó con la mano y siguió su cacería. Solo hombres.

Esa escena la tenía tan nítida en su mente que si se la hubiesen enseñado grabada, él podría anticiparse a todo lo que le mostrasen puesto que llevaba reviviéndola una y otra vez en los últimos cinco años. Primero uno de los camareros se acercó a ella cuando volvía del baño y cogía la catana de la pared, suponía que le dijo que no cogiese nada ya que todo era parte de la decoración, pero desde donde él estaba no pudo escucharlo. Luego un cliente en la primera mesa, que no tuvo ocasión de verla venir puesto que estaba de espaldas; fue ahí cuando el caos se apoderó de todos, la gente empezó a levantarse intentando huir, justo en ese momento otra cabeza rodaba, y es ahí cuando una mujer se plantó delante de ella, y ni siquiera la amenazó con la catana, la apartó con la mano y decapitó al último, un pobre hombre al que se le había caído la tarjeta de crédito al suelo cuando intentó recogerla de la mesa. No tuvo opción de defenderse, y el siguiente hubiese sido él si la policía no llega a aparecer. Sorprendente también la rapidez con que lo hicieron. La investigación apenas prosperó, nadie se preguntó los motivos que llevaron a esa mujer a cometer aquellos asesinatos, tan solo se limitaron a confirmarlos y punto. Era culpable, no había nada más que decir, pero para él quedaba mucho por decir, ahí empezó su obsesión para encontrar una razón, una sola, para entender que pasó por la cabeza de su mujer.

Y allí estaba en su despacho, un día más, navegando por internet, sin saber que buscar en realidad. Una de las primeras cosas que hizo fue preguntar a sicólogos, a psiquiatras, a los mejores neurólogos del país si ese comportamiento podía estar asociado a algún tipo de patología de enfermos mentales, pero nadie supo decirle nada en concreto, como mucho que todo había sido debido a un brote sicótico, de origen desconocido, ya que nunca había manifestado brotes parecidos en la antigüedad, ni sufría ninguna enfermedad mental. Nada que él no supiera. Luego buscó en la red, gran aliada de aquellos que quieren oír lo que les gusta y no lo que los especialistas dicen; ¿cómo se podía explicar un ataque sicótico como el que su mujer había sufrido? No encontró nada, tan solo gilipolleces de gente aburrida que no tiene nada mejor que hacer que entretenerse en escribir tonterías en la red: que si traumas infantiles, padres maltratadores, bullying adolescente, y cosas parecidas. Nada que pudiese aplicarse a su esposa. Entonces volvía a hacerse las preguntas que le atormentaban una y otra vez: ¿Qué le pasó por la cabeza a Martha para hacer semejante carnicería? ¿Por qué hubo que dispararle 25 veces para abatirla? Y la última, que no menos importante, ¿por qué sólo murieron hombres? No tenía ningún sentido. Si algo le había dejado claro los especialistas consultados es que cuando alguien sufre algún tipo de enajenación mental y comete una masacre de ese tipo, no repara en sexos, ni en edades, ni en razas. Sin embargo su mujer pareció elegir a quién matar, hasta él fue uno de los objetivos. Preguntas sin respuestas, y cada vez que intentaba encontrar las segundas, las primeras se acumulaban.

Así estuvo cinco años, intentando encontrar una explicación científica a lo sucedido. No había ninguna. Entonces pensó que si lo racional no podía ofrecer una respuesta lógica, tendría que empezar a pensar en lo irracional, aquello que llevaba toda su vida negando. Escribió en el navegador de su ordenador “Masacres realizadas por mujeres”. La búsqueda no pareció darle una respuesta adecuada, allí sobre todo aparecían matanzas en el que las víctimas eran mujeres; fue acotando lo que quería buscar y finalmente el navegador empezó a escupir respuestas sorprendentes e inquietantes. Se centró en las más recientes y sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. En los últimos cinco años, contando la de Martha, aparecían otras siete ejecuciones similares, con diferentes armas, en diferentes lugares del mundo tan distantes entre sí que no parecían tener ninguna relación. No tardó en encontrar ese nexo de unión tras leerlas todas con detenimiento y tomar algunas notas en su cuaderno. Esas masacres habían sido realizadas por mujeres, y todas las víctimas habían sido hombres, exclusivamente. Había más puntos semejantes, todas las asesinas, menos una tuvieron que abatirlas o matarlas de alguna forma, y para hacerlo se necesitó mucha más munición de lo necesario, incluso una de ellas, tras recibir varios disparos, cayó desde un piso treinta pero ni el golpe impidió que se irguiese y pronunciase unas palabras antes de caer finalmente muerta. La única que consiguieron reducir fue condenada a cadena perpetua. Estaba catatónica, completamente ida, necesitando atención las 24 horas.

—Las casualidades no existen— se dijo mientras anotaba algunas cosas en el cuaderno.

Cogió uno de los atlas que tenía de su época de estudiante y empezó a marcar con un círculo las ciudades en las que se habían producido esas anomalías, Geográficamente no había nada que pudiese servir de nexo de unión, los lugares estaban repartidos en todos los continentes. Buscó información de cada una de aquellas poblaciones y anotó los detalles en su cuaderno, por fin encontró algo en común, eran ciudades pequeñas como la suya, pero eso era muy pobre, tenía que haber algo más. Estuvo durante varias horas pegado al ordenador y no consiguió nada más, tendría que dejarlo para otro día, ya era de madrugada y aunque era fin de semana y no tenía que ir al colegio, era mejor descansar. Antes de apagar definitivamente la computadora, una idea cruzó por su mente, visitaría aquellos lugares en persona, tal vez así encontraría algo que de otro modo no conseguía ver. Miró su cuenta bancaria y tras comprobar que podría hacer frente a esos gastos, decidió que se pediría un año sabático. No tendría problemas para conseguirlo, era un profesor querido y respetado, nunca había sufrido baja alguna, salvo los días que estuvo ingresado tras el incidente de su mujer.

Finalmente apagó el ordenador, el lunes hablaría con el director del colegio, y en una semana planificaría con detenimiento la ruta más adecuada a seguir para poder visitar todos aquellos lugares, iría uno por uno, hablaría con quién fuese necesario, removería cielo y tierra, pero encontraría que fue lo que le pasó a su mujer, aunque fuese lo último que hiciese. Se dirigió a su dormitorio, se desvistió sin preocuparse en colocar la ropa en el gabán, y se metió en la cama. En apenas unos minutos quedó profundamente dormido. El fin de semana transcurrió de la misma manera, pegado al ordenador, acostándose tarde y durmiendo poco.

A pesar de haber dormido poco, no tuvo problemas para levantarse el lunes cuando su despertador sonó. Se dio una ducha rápida, desayunó y se marchó al centro docente donde impartía clases con la idea de pedir un año de excedencia. Era consciente que con el curso empezado iba a ser complicado, pero por otro lado estaba seguro de no le iba a suponer una gran dificultad. Le unía una gran amistad con el director, no había tenido nunca bajas y esperaba que todo eso pudiese influir para conseguir sus fines. Cuando se montó en el coche, pensó brevemente sobre lo que había descubierto la noche anterior, eran tantos casos similares a los de su esposa que no podía ser casualidad, ahora llegaba lo difícil, encontrar algo en común en todos ellos. El día había despertado con el cielo despejado, una temperatura muy agradable, se podía decir que por primera vez en muchos meses su corazón también estaba despejado de esas nubes de tristeza que lo nublaron desde la muerte de Martha. Al menos había conseguido tener una noche tranquila, sin malos sueños, y eso ya era mucho.

Mientras recorría la distancia que le separaba del colegio, siguió reflexionando sobre lo que había encontrado el fin de semana. Eso hacía que se sintiese con fuerzas renovadas, ya que podía encontrar, por fin, una razón para lo que pasó por la mente de su mujer el día en que, catana en mano, acabó con los sueños, y la vida de cuatro personas. Lo que más le dolía de aquello es que algunos vecinos, evidentemente aquellos que fueron las víctimas de la masacre, la llamasen asesina sin más, sin plantearse que Martha nunca fue una mujer violenta, era todo lo contrario. La dulzura con la que siempre había tratado a todo el mundo era conocida. Sin embargo para los que perdieron la vida de un ser querido esa noche, lo único que importaba es que una asesina, sin importar nada más, había arruinado para siempre su existencia. Algunos de esos no volvieron a hablarle nunca, no habían entendido que él también era una víctima más. Pero no importaba, había que seguir adelante y ahora lo único importante era demostrar, no por los demás, sino por sus propias convicciones, las causas de todo. Mientras pensaba en todo ello, llegó a su destino, aparcó el coche en la zona de profesores, recogió el maletín del asiento del acompañante, salió, se dirigió a la entrada, saludó a alguno de sus compañeros que llegaban en ese momento, esquivó un par de críos que corrían hacia sus clases tras llegar con la hora justa y entró en su aula. Fue la última vez que lo hizo, tras acabar la jornada laboral habló con su director que no puso pegas a su petición de excedencia.

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