UN RELATO POR ENTREGAS (V)

              Salí de mi apartamento, y dejé que mis pasos me llevaran por la ciudad, caminaba sin rumbo fijo, sin prestar atención a los edificios que veía, simplemente me dejaba ir. Fue cuando me di cuenta de una terrible realidad: me estaba dirigiendo de manera inconsciente hacia la zona residencial donde se encontraba la mansión. Me detuve sintiendo un enorme escalofrío. Giré en redondo y deshice el camino realizado y entré en el primer restaurante que encontré, uno de reciente apertura, de cocina de autor y según los comentarios de la gente que había ido a comer, de excelente relación calidad precio. Tenían razón, la comida era extraordinaria, y tomé nota de la dirección para acudir allí si en alguna ocasión tenía algo que celebrar. Pero a pesar de las excelencia de todo cuanto me sirvieron, no acabé de disfrutarlo. Seguía sintiendo algo extraño, algo que no podía controlar: la obsesión de aquella casa. Cuando abandoné el restaurante no dudé en coger el camino de regreso a mi apartamento, tenía muchas cosas que hacer todavía y quería acabarlas lo antes posible. De repente me detuve asustado, ya no era una sensación o un deseo de volver a la mansión lo que sentía, era una voz, no se como explicarlo pero estoy seguro que la voz era la de ella que me susurraba con voz aterradora que volviese, que me necesitaba. Entonces aceleré el paso, intentado de esa forma alejarla de mi mente, como si eso sirviese de algo. Me imagino que aquellos que me vieran cuando regresaba a mi apartamento y comprobaran mi comportamiento me tomarían por loco: iba hablando solo y con la mano intentaba alejar a aquella voz, como si de una molesta mosca se tratara.

            Cuando finalmente llegué a casa, estaba decidido a realizar las llamadas y empezar con las reformas lo antes posible. Ni siquiera, en contra de lo que era mi costumbre, comparé precios. Abrí las páginas amarillas y las primeras empresas que encontré de jardinería y de reformas, son las que contraté. Ambas me dijeron que tendrían que hacer una visita preliminar para poder realizar un presupuesto y accedí a ello. La única condición que les impuse fue que tendrían que hacer los diferentes trabajos lo antes posible. No me importaba lo que me pudiese costar, lo único que quería era acabar cuanto antes mejor. Finalmente conseguí preparar la visita inicial para dentro de dos días. Al colgar el teléfono me prometí a mí mismo, por difícil que me resultase, mantenerme alejado de la mansión hasta que fuese con los responsables de las obras. Cuando me fui a la cama, pude dormir sin pesadillas por primera vez en varios días, y al levantarme me sentí reconfortado, con las fuerzas, las energías y sobre todo el espíritu, renovado.

            Ahora, cuando repaso aquellas horas en las que me sentí tan aliviado en las que no tuve pesadillas y en la que los días transcurrieron con absoluta tranquilidad, me estremezco al ver que no fui capaz de darme cuenta de que aquella paz no era normal. Si fuese una guerra se podía decir que la casa había lanzado una tregua, sabedora de que la batalla final estaba cercana y que en esa batalla la victoria la tenía asegurada. Pero en su momento lo único que pensé es que el momentáneo alivio era debido al hecho de saber que las reformas ya estaban en marcha, el inventario realizado, y en breve, podría poner todo aquello en venta. Y tal vez aquella obsesión se alejase para siempre. Finalmente llegó el gran día. Los operarios me llamaron para decirme que todo estaba listo y que en una hora estaban allí. Cogí el coche y me fui para la casa. Nada más ponerme en camino, la tranquilidad de los días había acabado y de nuevo la inquietud y el miedo se apoderaban de mi corazón, todo aliñado con otra sensación, indefinible, pero tan presente que me hizo estremecer. De nuevo no supe entender lo que ocurría, no supe ver la maldad oculta que aquella sensación traía, y de nada sirve arrepentirme, ya no hay vuelta atrás.

            Cuando llegué a la mansión, aún no lo habían hecho los trabajadores pero no tardaron en hacerlo. Miré la residencia, miré las furgonetas que se acercaban y por un instante no supe que haría si se producían cambios en el jardín o en el interior. Deseaba con todas mis fuerzas que eso no ocurriese, pero era consciente que la voluntad de aquella vivienda escapaba a mi control. Volví a mirarla, la mueca en forma de sonrisa tétrica era tan evidente que ni parpadeando conseguí que se borrara. Me giré de nuevo hacia la calle en el momento en el que tres furgonetas aparcaban junto a la acera frente a la mansión. Volví de nuevo la vista hacia la fachada y una plegaria se escapó de mis labios. En total eran diez hombres que miraban la mansión con recelo, casi se podía decir que con miedo.

            Me presenté, les dije que es lo que quería y les intenté explicar lo urgente de la situación. Me aseguraron que era imposible realizar todo lo que yo pretendía en tan poco tiempo. Intenté ofrecerles un cheque en blanco, pero insistieron. Necesitarían tres días. Aquella idea no me hacía gracia pero no me quedaba más remedio que aceptar… y rezar para que si se producían cambios fueran inapreciables. En menos de media hora estaba todo el material descargado, los jardineros en sus puestos y los demás admirando las paredes de aquella residencia que tanto imponía. La ventana me hizo un guiño y las piernas me temblaron. Si no llega a ser por la ayuda de un par de aquellos hombres, hubiera caído de rodillas. Me preguntaron si me encontraba bien y no supe que decir. Me entraron ganas de gritar y de decirles que abandonaran la propiedad y que ya no iba a hacer ningún tipo de reforma, pero no lo hice. En vez de ello les pregunté si les podía ayudar de alguna manera, y me dijeron que no era necesario, pero no quería alejarme de allí. Les dije que estaría en el salón haciendo papeleo, que si necesitaba hacerme cualquier consulta que me buscasen. Aquel primer día no pensaba tocar el interior de la casa, tan solo la fachada y una parte del jardín. No sabía todavía que no iba a haber más reformas. Mis inquietudes con la mansión se vieron pronto correspondidas, mientras me encontraba en aquella habitación, todo empezó a moverse, a cambiar de disposición y a crear nuevas estancias. Deseaba que tan solo el interior hubiese sufrido modificaciones y rezaba para que nada de todo aquello hubiese sucedido en el exterior. Esperé durante unos minutos con el corazón en un puño, y tras comprobar que nadie me molestaba, respiré aliviado. Nada parecía haber ocurrido en la selva del exterior. Pero la paz no duró mucho.

            No se como empezar a contar como ocurrió todo porque desconozco el momento exacto en el que todo empezó y además no fue solo un suceso aislado, y  mi mente se cierra intentando olvidarlo. Creo que todo empezó cuando escuché un grito procedente del jardín. Me levanté con presteza del sillón e intenté localizar la puerta de salida ya que el interior, como ya os he dicho había sufrido modificaciones. Tardé unos segundos en orientarme, finalmente alcancé la puerta y la abrí. Aquí los gritos eran más evidentes y aunque pueda parecer fácil el orientarse siguiendo el sonido de los mismos, en aquella casa nada es fácil y nada es evidente. Cuando llegué al lugar del que procedían me encontré con algunos trabajadores alrededor de un compañero que estaba en el suelo… ¡semienterrado! Intentaba zafarse de lo que fuera que le mantenía sujeto pero no lo conseguía y a pesar de que todos tirábamos con fuerza para sacarlo de allí, nos resultaba imposible. Entonces se oyó otro grito procedente de la parte trasera de la casa. En realidad la palabra grito se queda corta, aquello era un alarido inhumano, envuelto en el terror más absoluto. La mitad de la gente intentaba sacar al infeliz del suelo, mientras el resto corrimos hacia la el otro lado de la casa. A pesar de la corta distancia parecía que no íbamos a llegar nunca. Uno puede pensar en muchas cosas cuando corre pero nada de lo que te cruza por la mente se asemeja al horror que encontramos cuando llegamos allí. Algo indefinible, parecido a una enorme raíz, sujetaba en el aire a uno de los jardineros que quitaban las malas hierbas mientras otra mucho más estrecha y afilada se clavaba una y otra vez en su cuerpo.

            Nuestra primera reacción fue el pánico, el no saber que hacer, aquel hombre estaba siendo apuñalado delante de nuestras narices por algo que surgía de la tierra. Pero la reacción inicial duró tan solo unos segundos, alguien cogió una azada y golpeó aquella cosa que rápidamente soltó su presa y desapareció bajo tierra.  Pero si algo me llenó de pavor fue que cuando aquella cosa fue golpeada no sonó a madera y emitió un quejido inhumano que me perforó los el cerebro. No podía ser. Acudimos de inmediato a ayudar al pobre infeliz que había sido atacado, pero poco pudimos hacer por él. Estaba irreconocible, su cara había sido destrozada por cientos de cuchilladas y el cuerpo, hasta el punto en el que estaba siendo sujetado por aquella raíz, también mostraba cientos de pinchazos. Durante unos segundos nadie dijo nada, observábamos aquel cuerpo con sorpresa, indignación y temor. Fue cuando escuchamos el crujido de la casa cuando reaccionamos. La mansión empezó a girar, sobre sí misma, puede parecer irracional pero lo hizo, y no fue una alucinación porque todos lo vimos. Nos alejamos de allí y volvimos corriendo hacia el otro lado, intentando saber que había ocurrido al otro operario y el terror volvió a nuestros rostros: el desdichado estaba desenterrado, pero su cuerpo estaba partido en dos, mientras que el resto de la gente que se había quedado intentando ayudarle estaban inconsciente, tendidos sobre el jardín con muecas en sus caras de auténtico pavor.

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UN RELATO POR ENTREGAS (IV)

              La siguiente ocasión en la que visité la casa fue al cabo de una semana. Era un día especialmente cálido, soleado y despejado. No había nubes en el cielo y sin embargo cuando llegué allí el tejado seguía cubierto por una capa grisácea e incluso algunas gotas caían sobre el mismo. El aspecto amenazador de la fachada tampoco había cambiado. Abrí la verja y al traspasarla miré el jardín. Comprobé con absoluto horror que no era solo la casa la que cambiaba, todo lo que la rodeaba lo hacía también. Los árboles no estaban donde la última vez y las plantas parecían diferentes. No quise pensar en ello y me encaminé hacia la puerta de la casa y de nuevo la mueca de una sonrisa me dio la bienvenida. Saqué con determinación las llaves del bolsillo y abrí. Constaté que la disposición de las bisagras era la correcta e intenté forzar la puerta para ver si se abría en la dirección en la que lo había hecho la semana anterior, pero era imposible, o mejor dicho, era humanamente imposible. Aquello hizo que sintiera un escalofrío y por un momento tuve la duda de si era real lo acaecido unos días antes. Aunque sabía lo que encontraría, no pude evitar sobresaltarme al comprobar de nuevo la disposición de aquellos muros, de aquellas estancias y de como habían sido alteradas. Recuerdo que dejé la trampilla sin cubrir con la alfombra y la busqué, tenía que estar cerca de donde me encontraba y sin embargo cuando di con ella estaba en el salón, casi pegada a la chimenea. Me estremecía al pensar de nuevo en aquella cueva, en aquellos pasillos y corredores, y en los horrores que creí encerraban.  Nunca hasta ahora, salvo el incidente con la trampilla, me había atrevido a tocar los muebles, no quería hacerlo y no sabía muy bien la causa, tal vez aversión, repulsa, o algo indefinible, pero hoy tenía que hacerlo. Necesitaba abrir cajones de las cómodas, las puertas de los armarios. Tenía que comprobar la calidad de los materiales, las maderas, los adornos. Tenía que hacer un inventario completo de todo cuanto encerraban esos lugares y que hasta ahora no había realizado. Suponía que encontraría vajillas, cuberterías de plata y menaje en buen estado, pero aquella casa parecía tan antigua que tal vez encerrase más tesoros. Ya que la búsqueda involuntaria de la trampilla me había traído al salón, decidí que ese era un buen lugar para empezar a investigar. Entonces noté de nuevo ese ligero temblor, luego de nuevo nada, y al poco otra vez. Era rítmico, y me recordaba tanto a los latidos de un corazón que simplemente pensando en ello se me erizaba el vello. Entonces mi mano acarició el sofá e instintivamente levanté la sábana que lo cubría. Tenía un bonito color marrón, y la piel del que estaba fabricado parecía de excelente factura y el estado de conservación era extraordinario. No pude evitar sentarme para comprobar si los cojines, por falta de uso, o por lo antiguos que eran, estaban en perfectas condiciones y me sorprendí al comprobar lo cómodos que resultaban. Sin quererlo me acomodé en el sofá y sin poder evitarlo me adormecí.

            Ahora no recuerdo prácticamente nada de lo que soñé, pero los escasos retazos de lo que recuerdo hacen que la carne se me ponga de gallina. Soñé con abismos insondables habitados por extraños seres que caminaban sin tener patas, que hablaban sin tener boca, eran aterradores, obscenamente terroríficos. Soñé con un túnel interminable que me recordaba al que se encontraba bajo la casa, y en cuyo final encontré otro de esos seres pero mucho más grande. Pero había más. Vi un grupo de humanos que le servían y le adoraban, como si fuese un dios o algo parecido, pero lo terrible era que se ofrecían a él como sacrificio. Sufrí temblores, y un sudor frío me recorría todo el cuerpo cuando desperté asustado y sobresaltado. Aquella cosa había pronunciado mi nombre y eso me dejó sumido en un estado de tremenda desolación. Abandoné con toda rapidez la casa, aunque tenía que hacer el inventario completo de la misma, no me sentía con fuerzas para seguir allí, y lo que era peor me invadía un miedo atroz. Esta vez la carcajada que sonó en las entrañas de la casa fue tan claramente audible, que mientras me alejaba por la calle montado en mi coche, no dejó de atormentarme y de acompañarme hasta bastantes kilómetros después de haberme alejado de allí. Cuando finalmente llegué a mi domicilio, temblaba de manera tan ostensible que tuve que tomarme un tranquilizante acompañado de una copa de bourbon, para sentirme algo mejor.

            Pero aunque me juré a mi mismo que no volvería a ir allí por nada del mundo, que me tenía que olvidar de los tesoros que aquella mansión encerraba, no tardé en volver a hacerlo. La obsesión que tenía sobre mí era enfermiza y estaba empezando a afectarme de manera notable, no solo en mi salud, si no también en mi trabajo y en mis relaciones. A pesar de todo tenía que volver, tenía que acabar el inventario, esa era la razón que me movía a ello, aunque la verdad es que no era más que eso: una excusa.

            Durante los siguientes días dormí mal, la pesadilla de algo que me perseguía era tan real, tan vívida que me levantaba durante las madrugadas con la boca seca, envuelto en un sudor frío, y con el terror invadiendo todo mi ser. Me volví algo más huraño, hablaba menos, y mi aspecto exterior era desolador, a las grandes ojeras que cada vez eran más grandes, le acompañó un rostro más y más demacrado. La gente se preocupaba por mi estado de salud, y yo simplemente respondía que estaba pasando un periodo delicado ya que dormía poco. No podía contar lo extraordinariamente aterradores que eran mis sueños, no podía compartirlo con nadie.

            Finalmente pasadas un par de semanas volví a la casa. Nuevamente me recibió su aspecto aterrador, con las nubes rondando el tejado y los rayos cayendo sobre la misma. Me dije a mi mismo que no iba a dejarme influir por nada y tras abrir la reja me dirigí con determinación hacia la puerta principal, sin mirar a los lados, con la vista fijada en la cerradura y en el manojo de llaves que llevaba en la mano. Ya estaba familiarizado con las mismas y no vacilé al escoger la que necesitaba. Esta vez no quería dejarme influir por lo que pudiera encontrar en el interior, pero no pude evitar un escalofrío al comprobar como había cambiado nuevamente. No se parecía en nada a la casa que visité la primera vez, ni a la última. Aunque los muebles no cambiaban y siempre eran los mismos ¡ahora se veían entre las paredes! Los muros habían cambiado y  en ese cambio los muebles estaban incrustados en ellos, pero no estaban destrozados, formaban parte natural de las paredes. Eso me llenó de temor y me hizo pensar que ocurriría si de repente me ocurriese algo parecido y me emparedasen. Alejé esos pensamientos lo más rápidamente que pude, y saqué la pequeña libreta que había llevado en otras ocasiones para realizar el inventario, en la que ya había anotado lo que se veía a simple vista, y en esta ocasión estaba dispuesto a profundizar en los cajones, en los armarios, y en todos los rincones. Ahora tenía que resolver otro problema, encontrar el salón para empezar la búsqueda allí. No sé a que se debía ese deseo de empezar por el salón, tal vez simplemente se tratara de otra obsesión más, pero pensaba que podía ser el lugar perfecto para encontrar cuberterías de plata u otros objetos de valor. Empecé a caminar entre aquellas paredes que formaban habitaciones y corredores totalmente extraños para mí, y a la vez aterradores por no saber que me depararían. Intenté hacer el inventario lo más rápido que fuese posible, no quería permanecer más de lo necesario en aquel interior, sobre todo cuando las paredes empezaron de nuevo a moverse y empecé a notar de nuevo aquel latido que me llegaba desde el sótano.

            No sé al final el tiempo que estuve allí, pero si recuerdo que cuando abandoné la mansión era de noche. Pero había valido la pena. Solo yo se lo terriblemente mal que lo pasé allí dentro, como el miedo me envolvió y como la muerte quería hacerme compañía, pero había conseguido hacer lo que quería. Encontré muchos de los tesoros que siempre pensé que encerraba la casa y la libreta en la que había apuntado todo lo encontrado echaba humo de lo llena que estaba. Pero mi estado era lamentable como constaté al mirarme en el espejo retrovisor del coche. Parecía que hubiese envejecido una decena de años, tenía ojeras, y un feo color pálido cubría mi piel. Me alejé sin mirar atrás, solo deseaba llegar a mi apartamento, ducharme y dormir, ya revisaría el inventario más tarde y haría las valoraciones pertinentes.

            Esa fue la última vez que visité la mansión yo solo. La próxima vez que lo hice fue el fatídico día en el que todo ocurrió. Lamento terriblemente los acontecimientos que se desencadenaron, lo lamento aún más por no haber prestado más atención a aquellos papeles que me legaron y que no leí hasta que todo había pasado. Aquellos documentos encerraban una verdad terrorífica, abominable. Confieso que no he vuelto a la mansión, a pesar de esa atracción casi diabólica que ejercía sobre mí, y que sigue ejerciendo y esa atracción me está consumiendo poco a poco. He intentado deshacerme de todo cuanto rodea a esa maldita propiedad, pero a nadie le interesa, y mucho menos después de saber lo que ocurrió. Ahora se la conoce con el nombre de la “Casa del Terror”.

            Después de una bien merecida ducha y una noche de pesadillas, me levanté al día siguiente con dos tareas en mente, una de ellas preparar el inventario completo y detallado de todo lo que aquella casa encerraba y la otra organizar un equipo de mudanza y limpieza tanto de la casa como del jardín. Quería hacer las reformas lo más rápido posible y en el menor tiempo. Tendría que explicar los constantes cambios que se producirían, estaba seguro, tanto en la casa como en el jardín, pero pensaba que si me rodeaba de mucha gente, y todos estaban ocupados, tal vez esos fenómenos pasarían desapercibidos. Tampoco estaba seguro de cuanto tiempo pasaba entre cambio y cambio, ni siquiera si se producían varios en un mismo día o por el contrario era necesario un periodo de tiempo más largo, por eso necesitaba hacerlo todo lo más rápido posible, o buscar una explicación plausible para contar lo que no tenía lógica. Tardé más de tres horas en pasar el inventario a limpio y organizado en una hoja de Excel, pero ahora que lo veía todo junto, los ojos se me salían de las órbitas, aquella mansión encerraba una auténtica fortuna. Tenía que vender todo aquello y luego deshacerme de la propiedad, que aunque me fascinaba, me aterraba a la vez. Como el inventario me había llevado más tiempo del que en un principio calculé, decidí que era un buen momento para tomarme un descanso antes de buscar las empresas de jardinería y de reformas que necesitaba y decidí salir a comer, necesitaba tomar algo de aire fresco, dar un paseo, antes de comer.

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UN RELATO POR ENTREGAS (III)

             Mi hermano volvió a Londres aquel mismo día, sus negocios le reclamaban y fue la última vez que quiso saber algo sobre la casa. Hablamos varias veces por teléfono y me dijo que aquella casa no le gustaba, que no quería saber nada más sobre ella y que me encargase yo de todo. Incluso me dijo que si quería venderla o vender lo que había en el interior, que lo hiciese y me quedase con todo. Fue también cuando me confesó que desde el primer día que la visitamos sufría de extrañas pesadillas y su salud había empeorado. Y me dijo algo que se me quedó grabado en el corazón: aquella casa le daba miedo, un miedo atroz. No quise discutir y sobre todo no quise decirle que yo tenía sentimientos encontrados con ella, que por un lado me daba terror, pero que por otro me fascinaba. Y esa fascinación me iba a dar más de una sorpresa.

            Durante unos días no me acerqué hasta la casa, aunque tengo que confesar que ganas no me faltaban, pero asuntos laborales me lo impedían. Pero por las noches no dejaba de soñar con ella, o sería más preciso decir que no dejaba de tener pesadillas con ella. Por las mañanas me levantaba con enormes ojeras, cansado y con una vaga sensación de no saber muy bien donde me encontraba. Eso empezó a afectarme en mi trabajo y sobre todo en mi salud. Empecé a perder peso, ya que casi no comía, y las migrañas eran muy frecuentes. Pensé que una nueva visita a la mansión disiparía en algo mis males, así que finalmente, decidí hacer una nueva visita. No sería la última. Aquel día el cielo estaba despejado, era un precioso día, con un sol que brillaba en todo su esplendor y por consiguiente no había nubes en el cielo, sin embargo cuando me acerqué a mi propiedad constaté ya no con asombro puesto que había empezado a considerarlo como parte del paisaje, que las nubes negras seguían cubriendo el tejado de la casa, de manera amenazadora. Una vez más extraje las llaves del bolsillo y cogí la que abría la enorme verja. Ya estaba empezando a familiarizarme con las llaves de la casa y casi conocía de memoria qué abría cada una de ellas. Por un instante cuando se abrió me estremecí, nuevamente la puerta, y las ventanas parecían formar una mueca de satisfacción, como si… como si supiesen que acudiría. Sé que puede parecer una locura, pero fue tan solo un segundo, luego parpadeé y la sensación desapareció, aunque no del todo…

            Cuando traspasé el umbral de aquella reja no se como definir la impresión que me produjo ver el jardín. No estaba como la última vez que la visité, había cambiado a peor. Daba miedo. Fue cuando tomé la decisión de hacer limpieza de aquella selva que producía sobre mí aquel pánico irracional. Decidí que ya me encargaría de aquellas plantas más adelante y avancé pero no pude ir muy lejos y estuve apunto de caer al suelo. Una rama se había enredado sobre mi tobillo y cada vez me apretaba más y más. Se retorcía sobre mí y reptaba. Con el otro pie, le di una patada que casi me hizo perder el equilibrio, y aquello se retiró con un quejumbroso gemido. Sé que las plantas no pueden hablar, pero juro que es lo que oí. Ahora me pregunto si de verdad era algo vegetal o de otra índole, pero el sonido que produjo se me quedó grabado, no solo en mi mente, si no en mi espíritu. Mirando hacia todos los lados por si me enredaba de nuevo con alguno de los muchos vegetales que pululaban por el suelo, me acerqué a la puerta de entrada. Parecía más grande, o tal vez todo fuese producto de mi imaginación que ya estaba algo alterada por el incidente del jardín. A pesar de que cuando llegué me encontraba sereno y tranquilo, las manos me temblaban cuando saqué de nuevo el manojo de llaves del bolsillo. A lo lejos me pareció oír una carcajada. Con más esfuerzo del que era necesario conseguí abrirla y de nuevo un escalofrío recorrió mi cuerpo, al comprobar que el interior había cambiado una vez más, recordaba la disposición de la casa casi a la perfección de mi anterior visita, pero ahora parecía que me encontraba en una totalmente distinta. Acerqué mi mano hacia una de las paredes sobre la que había un hermoso cuadro, que hasta ahora no había visto y la tuve que retirar de inmediato, cuando comprobé que aquello no era sólido. Un gesto de repulsa y asco surcó mi cara al notar aquella especie de gelatina que tenía el aspecto de un muro sólido. Di un paso hacia atrás y fue cuando tropecé con algo que sobresalía del suelo.

            Tapado bajo una alfombra, que aunque estaba en el inventario por su extremada belleza  no se encontraba tan cerca de la puerta de entrada como ahora, encontré lo que parecía una argolla. Deslicé la alfombra hacia un lado y pude comprobar que había una trampilla. No la habíamos visto antes y si la casa tenía un sótano era el momento de echarle un vistazo por si encontraba algunas cosas más de valor que incluir en el inventario. No sin miedo tiré de la argolla y abrí la compuerta. Se abrió con absoluta facilidad, sin emitir el más leve chirrido. La única  prueba de que hacía años que no se abría fue la capa de polvo que cayó al hacerlo. Había una escalera toscamente trabajada que bajaba a una profundidad considerable por lo que podía ver desde donde me encontraba, pero no había una habitación como tal, si no un largo túnel. Busqué a tientas un interruptor para poder dar la luz, pero no encontré ninguno y enseguida me di cuenta de algo que me llenó de estupor, en realidad ese largo corredor estaba tenuemente iluminado… ¡por antorchas! Pero lo que me llenó de pavor fue el pensar que hacía años que nadie usaba ese pasadizo, con lo que no entendía como podía estar iluminado por antorchas ya que estas llevaban muchos años encendidas. Durante unos instantes vacilé antes de adentrarme en las profundidades de aquel agujero, pero finalmente lo hice, no sin antes sujetar la trampilla con una de las sillas de la estancia en la que me encontraba. Cuando comprobé que iba a resultar extremadamente difícil que se cerrase accidentalmente empecé a descender aquellos escalones toscamente realizados.

            A medida que me introducía más en aquel lúgubre túnel constaté que su aspecto era uniforme, pero no daba la sensación de haber sido creado por manos humanas si no más bien tenía el aspecto de ser algo natural. Eso hizo que por mi cabeza cruzara una idea que por descabellada, rechacé de inmediato: la casa había sido construida sobre el túnel o para expresarlo de otro modo, el túnel ya existía antes que la casa. Eso hizo que me estremeciese aún más, pero las sorpresas todavía no habían acabado y ahora que recapacito sobre todo lo ocurrido pienso que tras la experiencia vivida allí abajo, tendría que haberme deshecho de la mansión y no continuar con mi obsesión de reformarla. Ahora incluso después de los terribles acontecimientos que ocurrieron mientras limpiábamos la casa, sigue teniendo sobre mí una malsana atracción y una fascinación enfermiza.

            Avancé sin grandes dificultades por aquel pasadizo gracias a la luz de las antorchas que aquí y allá resplandecían de manera casi espectral. Tras varios metros de descenso por aquellos escalones amorfos, llegué a una gran caverna, completamente natural y cuyas paredes aparecían llenas de extraños dibujos, de no menos sorprendentes grabados y de símbolos que no conseguí identificar. Pero había algo más, era el olor que lo llenaba todo, un olor nauseabundo que provenía de algún lugar de allí abajo. Al final de la gruta se divisaban varios túneles más y al acercarme a uno de ellos constaté que se adentraba todavía más en el subsuelo. Considerando mi excursión finalizada y cuando me disponía a salir de allí, el piso de la cueva tembló ligeramente, y luego otra vez. Me recordó al latido de un enorme corazón. Aquello fue el impulso que necesitaba para abandonar definitivamente aquel lugar. Corrí o tal vez deba decir que volé hacia la salida y subí los escalones al galope, a tal velocidad que tropecé un par de veces y me hice un par de cortes en las manos al apoyarlas para evitar caerme. Esos cortes todavía siguen abiertos y no cicatrizan, destilan un pus amarillento, que hiede repulsivamente. Por unos momentos tuve la impresión de oír algo que me perseguía, mientras que los latidos, por definirlos de algún modo, se acercaban más y más. No miré hacia atrás, no tenía intención de saber si eso era real o tan solo fruto de mi imaginación. Finalmente llegué al final de la escalera, y con toda la rapidez con la que fui capaz, cerré la trampilla. En principio no noté nada extraño, pero después de haberme sentado sobre ella para recuperar el aliento comprobé con terror que todo había vuelto a cambiar. Por aquel día consideré mi visita acabada y me dispuse a buscar la salida, pero en el laberinto de aquellas paredes que habían vuelto a moverse, me resultó una tarea harto complicada. Finalmente conseguí orientarme y encontré mi salvación. Me disponía a girar el pomo de la puerta cuando ocurrió otro fenómeno extraño: la casa me expulsó. Sé que suena extraño pero tengo la impresión de que así fue. La puerta que por la disposición de las bisagras solo puede abrirse hacia adentro, lo hizo hacia afuera y casi simultáneamente una mano invisible me expelió hacia el exterior y aterricé sobre el camino que conduce a la verja. En ese momento la puerta se cerró por si sola. Me giré y miré la fachada, una vez más una mueca en forma de sonrisa dibujaron aquella puerta y las ventanas. Crucé la verja y esta se cerró por sí misma, incluso oí el sonido de la cerradura y el de la llave girando en su interior pero no había ninguna porque la tenía en mi mano y era la única copia. No miré hacia atrás cuando me monté en mi coche y me alejé de allí me pareció oír una carcajada entre el murmullo de las hojas agitadas por el viento.

            Poco a poco empecé a pensar en las reformas que quería realizar, pensaba restaurar el exterior, pintar la casa, adecentar la selva que tenía por jardín, pero lo que en realidad me atormentaba era como se podía arreglar un interior que estaba en constante movimiento. Y como intentar explicar algo así a los encargados de realizar la remodelación. Pensé que si volvía a la casa encontraría una excusa que resultase convincente, pero lo cierto es que era más un deseo que otra cosa.

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MIS OTROS RELATOS (y XII)

Recién salido del horno, os pongo la portada del úlitmo libro en el que han publicado un relato mío. Un micro para ser exactos, al final de la entrada os pongo el enlace por si alguno se anima a comprarlo y como siempre digo, besos y abrazos a repartir.

Predestinados_000003VACÍO

No estoy teorizando, la física cuántica nunca ha sido mi fuerte. Pero hay muchas formas de vacío. Aquel que sentimos cuando nos encontramos mal, aquel que deja la pérdida de un ser querido, el del rechazo del que amamos. Todos igual de dolorosos. Pero el vacío en el que me encuentro… no puedo describirlo. Lo llaman la nada, no hay ruidos, ni sonidos, ni luz, ni frío, ni calor. La locura ha tomado el mando, yo he dejado que sus brazos, me arrastren, que me lleven hacia un fin que no me asusta, que espero con los brazos abiertos.

Predestinados

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UN RELATO POR ENTREGAS (II)

           Sentí otro escalofrío cuando contemplé aquel jardín, o tal vez debería decir aquella selva por definirla de alguna manera. Miramos cuanto nos rodeaba y seguíamos sin dar crédito a lo que nuestros ojos nos mostraban, aquella casa parecía aislada de todo lo que había a su alrededor incluido el tiempo. Le pregunté a mi hermano si quería visitarla y no fue necesario que me respondiera: su cara lo decía todo. Decidimos volver dentro de unos días, tal vez entonces las nubes se habrían alejado de allí, ya que seguramente lo que habíamos visto eran unos restos de la tormenta que había sacudido la ciudad, o eso queríamos creer. Montamos en el coche y nos alejamos lo más rápido que la velocidad de la vía nos permitía. No fue hasta que entramos en la ciudad propiamente dicha, que sentí un enorme alivio en mi espíritu. Aquella casa, nuestra casa, tenía la facultad de provocarme algo parecido al miedo.

            Si tuviese que definir el estilo arquitectónico de la mansión, no sabría por dónde empezar. Lo cierto es que no encajaba con el entorno, o mejor dicho si tengo que ser sincero, no encajaba en ningún sitio. Tenía un aspecto victoriano que le confería una belleza particular, pero a la vez aterradora. Sentías la mirada, sí la mirada, de aquellas ventanas clavadas sobre tus ojos. Tampoco lo comenté a mi hermano porque no estaba seguro si fue algo real o fruto de mi imaginación, pero aquel primer día cuando la contemplé desde la verja, aquel ojo enorme que era el ventanal de la derecha me hizo un guiño. Suena a locura, pero ahora sé que ocurrió de verdad. Pero hubo otra cosa que no comenté con mi hermano: la puerta se torció en una mueca… como si estuviera sonriéndome. Esas fueron, entre otras, las razones por las que no entramos, aquel primer día. No sé si mi hermano vio algo parecido, pero su aspecto, cuando me dijo que lo dejáramos para otro día, me hace pensar que también tuvo que sufrir una experiencia parecida. Tenía tres plantas, un porche y sobre las cornisas se veían extrañas figuras, como las gárgolas de las catedrales. Ya he dicho que la primera vez que la vimos nos asustó, pero aquella mansión nos tenía reservadas muchas sorpresas.

            Cuando llegamos a mi oficina, sacamos la caja del maletero y la llevé al armario en el que se quedó hasta el día en que todo ocurrió, que decidí abrirla y descubrir que contenían aquellos papeles. No sentí la extraña sensación de la primera vez que la toqué, o tal vez el estado de nervios en el que me encontraba, me nubló mis sentidos. Lo que sí hice, fue encerrar aquella caja en un mueble con una llave que solo tenía yo y que permaneció siempre en el doble fondo del primer cajón del armario de mi despacho. Ahora me arrepiento de no haber navegado por aquellos documentos aquel día, pero en el mismo instante en el que la dejé allí, la olvidé por completo, la alejé de mis pensamientos y de mi vida.

            Hubo más acontecimientos que no supe ver en su día ni relacionar con nada, pero ahora, que todo ha ocurrido sé que están unidos. Antes de despedirme de mí hermano, quedamos en vernos en una semana, él tenía que volver a Londres a resolver unos asuntos que había dejado pendientes y yo tenía un par de negocios que cerrar. Pero no fue una semana tranquila. Las noches, sin llegar a sufrir pesadillas, fueron inquietas, me revolvía en la cama de un lado a otro, dormía poco y más de una noche tuve que levantarme a vomitar. Fui al médico y a pesar de que me hicieron cientos de pruebas, no encontraron nada y eso lejos de tranquilizarme sólo provocó que los nervios fuesen en aumento. La noche anterior a la llegada de mi hermano fue la peor de todas, me levanté varias veces empapado en un sudor frío, con dolor de cabeza y una sensación indefinible, más cercana al miedo, que a otra cosa.

            Cuando me levanté para irle a recoger al aeropuerto mi aspecto era desolador, pero mi sorpresa sería mayúscula cuando vi el de mi hermano. Tenía grandes ojeras, como yo y temblaba ligeramente, estaba claro que llevaba tiempo sin poder conciliar el sueño con tranquilidad. No fue necesario hablar sobre ello, saltaba a la vista que los dos habíamos pasado por experiencias similares. Nos dirigimos sin pausa a nuestro palacio y nada más llegar constatamos que el aspecto exterior de la finca seguía siendo tan terrorífico como la primera vez que la observamos. A pesar de que ya hacía varios días que el cielo estaba azul, limpio de nubes sin tormentas, sobre el techo de la casa, se veían rayos y unos negros nubarrones. Nos miramos, puedo aseguraros que nuestro rostro se podía definir de muchas maneras, pero en ninguna de ellas la alegría estaría presente. Saqué con mano temblorosa el enorme manojo de llaves que Luis, el notario nos entregó, todas ellas pertenecientes a las estancias de la casa y busqué la que se correspondía con la verja. Ante nuestros sorprendidos ojos la verja, la monstruosa verja se abrió de manera silenciosa y con tanta facilidad que no podía ser posible que llevase años sin ser usada. Nos adentramos por el camino hacia la puerta de entrada. Me detuve y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, de nuevo una mueca semejante a una sonrisa se formó. Las manos me temblaban ligeramente cuando saqué las llaves buscando la que abría, y a pesar de que todas estaban etiquetadas, probé un par de ellas antes de dar con la adecuada. Nos sorprendió la facilidad con la que esta puerta también se abrió. No parecía llevar tiempo cerrada y eso que el notario juraba y perjuraba que nadie había entrado en ella en años.

            El interior era lujoso, o al menos lo parecía. La mayoría de los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas aunque no todos y entre ellos un precioso piano de cola en mármol y jade que seguramente él solo valdría una fortuna. Recorrimos la casa con rapidez, haciendo un inventario sobre la marcha, seguramente tendríamos que hacer varias incursiones más para apuntarlo todo con tranquilidad, pero la opresión que sentíamos, o al menos que yo sentía porque repito que con mi hermano casi no hablábamos del tema, fue lo que nos llevó a visitarla de manera tan fugaz. Durante un instante, mientras estábamos en el salón comprobando la espléndida mesa de roble que se encontraba en su centro flanqueada por ocho sillas bellamente trabajadas, noté una extrañas vibraciones, aunque para ser sincero, lo que me aterrorizó fue que no parecían vibraciones, me recordó a un corazón. Algo vivo. Pero las sorpresas aquel primer día no acabaron allí. Cuando finalizábamos nuestra visita, me percaté de un hecho que por increíble que parecía me sobresaltó. Fue cuando volvimos al salón tras recorrer las estancias de las plantas superiores, y era el hecho de que me pareció que el salón había cambiado, era más estrecho. Lo sé porque el piano que antes se encontraba a cierta distancia de la pared oeste, ahora estaba casi pegado a ella, pero había algo más, algo que en esa primera visita no supe ver. Quise alejarme de allí lo antes posible y ni siquiera le comenté a mi hermano lo que creía haber visto, sobre todo porque podía ser fruto de mi imaginación, y como él tenía las mismas ganas que yo de abandonar la casa, no tuve que insistir demasiado. Ahora que nos acercábamos a la puerta, aquellos latidos eran más notables, y aquello hizo que casi corriera hacia la salida como un poseso. En cuanto salimos al exterior, exhalamos un suspiro, creo que de alivio, e incluso el aire parecía menos cargado, aunque posiblemente el hecho de que en el interior llevase tiempo sin ventilarse tendría algo que ver.

            No sólo el interior había cambiado, también lo había hecho el exterior. Por increíble que pareciera la verja se encontraba algo más hacia la izquierda e incluso el camino que salía de ella parecía distinto, pero repito, puede que todo fuese producto de mi vívida imaginación. Tras cerrar aquella mastodóntica verja nos montamos en el coche y nos alejamos de allí, a medida que poníamos distancia entre la mansión y nosotros, mi espíritu parecía aliviarse. Pero confieso que la fascinación que aquella casa tenía sobre mí, iba a convertirse en algo enfermizo, casi obsesivo, y que antes de emprender la misión de intentar reformarla, la visité varias veces, entre otras razones para realizar un inventario mucho más detallado de aquel que acabábamos de hacer, pero la realidad era otra: estaba absolutamente atraído por ella.

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UN RELATO POR ENTREGAS (I)

portada hay alguien 2ª edicion[86]Para celebrar la inminente salida de la segunda edición de ¿Hay alguien aquí?, revisada y corregida, os voy a poner un relato por entregas que aparece en dicho libro y que iba a ser el que daba título al principio al mismo. Espero que os guste. Besos y abrazos a repartir

LA MANSIÓN ROCHELLE

            Estábamos realizando unos trabajos de jardinería cuando todo empezó. No sabría decir el momento exacto en el que ocurrió pero no olvidaré nunca aquellas horas. Habíamos ido, unos trabajadores y yo a quitar las malas hierbas que pululaban en el jardín de la vieja y abandonada finca que heredé con mi hermano, de un tío que hace años había hecho las Américas, y de paso realizar algunas reformas. La verdad es que el aspecto de la casa era desolador o tal vez tendría que decir aterrador. Mientras las mansiones que se encontraban cerca de ella mostraban unos jardines llenos de verde y floreados, la nuestra, así la llamaré a partir de ahora, estaba llena de malas hierbas, de espinos y de hiedras que lo llenaban todo. Sobre su tejado siempre se veían nubes, y la visibilidad era escasa, en contraste con el sol que llenaba de luz y color las casas vecinas. El viejo muro que la rodeaba era de piedra, construido para resistir los envites del tiempo y de la meteorología. Sobre el mismo se distinguía alambre de espino oxidado y retorcido.

            El acceso a la finca se realizaba por una enorme verja metálica, acabada en afiladas puntas semejantes a lanzas, y de dos cuerpos. Lo primero que se veía al atravesarla era un camino sin asfaltar, empedrado, y sobre todo un sobrecogedor jardín, en el que extraños arbustos desconocidos para mí, convivían con unas no menos extrañas plantas que parecían reptar a voluntad sobre los troncos retorcidos y arrugados de los primeros. Es como si tuviesen vida propia. Todo ambientado con un olor nauseabundo, mezcla de descomposición y de solo Dios sabe que más. Vista desde la entrada la fachada parecía un enorme y aterrador rostro dispuesto a saltar y devorar al incauto que osase adentrarse más allá de la reja.

            Pero lo peor, y aún no lo sabíamos, se encontraba en su interior.

            Cuando hace unos meses vino a verme Luis, el abogado de toda la vida de la familia, para decirme que Jean Pierre Rochelle, un lejano tío, había fallecido y nos había dejado como herencia la mansión a mi hermano y a mí, al principio no podía creerlo, por varios motivos. El primero y más importante es que no tenía ni idea de que tenía un tío llamado Jean Pierre, mucho menos que fuese rico. Pero lo más increíble es que nos dejase a nosotros lo que sobre el papel parecía una enorme casa. Luis nos explicó que en realidad era un tío lejano, y que éramos los únicos herederos que quedaban con vida. Aquello me llevó a investigar el árbol genealógico de la familia y en una rama perdida aparecía él. Pero por más que busqué no conseguí ningún tipo de información sobre su persona. Era como si nunca hubiese existido.

            Llamé a mi hermano, que por aquellos tiempos vivía en Londres, y le comuniqué lo que Luis me había dicho y se mostró tan sorprendido como yo. Me dijo que no podía venir de inmediato porque tenía unos negocios importantes que cerrar, pero que en cuanto pudiera me llamaría y acudiría a verme. La condición indispensable para hacernos entrega de la casa es que teníamos que estar los dos presentes en el momento de la entrega de las llaves. No sabíamos el motivo, pero parecer ser que mi tío, al que llamaré a partir de ahora de ese modo, así lo quería. Tuve que decirle a mi hermano que intentase venir lo antes posible ya que teníamos diez días para acudir a la casa del notario dónde se nos darían las llaves y lo que era más increíble una serie de documentos y diarios que pertenecieron a mi tío y que éste había dispuesto que fuesen entregados como legado a los herederos de la casa. Al principio pensé que se trataría de informes contables, de planos o de cualquier cosa que tuviese relación con los negocios de aquel hombre al que nunca conocimos.

            Confesaré que a pesar de la curiosidad que sentíamos por aquellos papeles, no les prestamos atención cuando nos los entregaron y los guardamos en uno de los armarios de mi oficina, ya que lo que de verdad nos atraía era el deseo irrefrenable de visitar la mansión y descubrir qué tesoros, porque no dudábamos de que alguno tuviera, encerraba. Tal vez si los hubiéramos estudiado lo que acaeció después hubiese podido evitarse, pero no se puede cambiar lo ocurrido. Fue días después cuando rebuscando unas facturas encontré la caja que tan celosamente había guardado y de la que si soy sincero, casi había olvidado. Abrí el primero de lo que parecían ser unos diarios, escritos con una letra menuda y apretada. Pero perfectamente legible y comprendí la terrible verdad que encerraban. Aunque ya era tarde y el mal estaba hecho.

            Ahora, antes de recordar aquel fatídico día, quiero detenerme en el que mi hermano, de vuelta de Londres, y yo nos dirigimos como niños entusiasmados en su cumpleaños con su regalo, a casa del notario para que nos diese las llaves de la que iba a ser nuestra nueva propiedad. No era un día especialmente soleado, de hecho unas negras nubes amenazaban con descargar en cualquier momento y corría un ligero aire fresco. Malos augurios que no supimos ver. Era temprano, y teniendo en cuenta que una buena parte de la población estaba de vacaciones hacía que el aspecto de la ciudad fuese de un extraño vacío. Así, gracias al escaso tráfico, no tardamos en llegar al domicilio del notario. La impaciencia nos podía y una vez aparcado el vehículo casi volamos subiendo las escaleras que nos separaban del segundo piso donde tenía la oficina. Era un hombrecillo no muy alto, al que el pelo le empezaba a escasear, que lucía un elegante bigote aunque desfasado. Tal vez en el siglo XIX hubiese estado de moda, pero ahora parecía ridículo. Contuve las ganas de reír mientras nos señalaba las dos sillas situadas frente a la suya.

            Todo lo que rodeaba a aquel individuo parecía tan antiguo como su bigote. Los cuadros, los libros que llenaban las estanterías e incluso los muebles. Apenas diez minutos después estábamos en la calle, con una enorme caja llena de papeles y de libros, y con una mansión por propiedad. Nos invitó a acompañarnos para visitarla, pero preferimos hacerlo nosotros solos. Las nubes habían empezado a descargar las primeras gotas de lo que iba a ser una gran tormenta y a pesar de que nos moríamos de ganas de conocer nuestro pequeño palacio como le empezamos a llamar, no nos quedó más remedio que aplazar la visita hasta que amainase.

            Entonces no le di importancia o no supe verlo, pero ahora cuando pienso en aquel momento en el que estaba parado en la puerta del edificio con la caja en la mano sentí un ligero escalofrío: su tacto no era el del cartón, de hecho no se parecía a nada que se le asemejase, Era como… si tuviese vida propia. No sé cómo definirlo pero parecía latir. Entonces, repito no supe verlo, tal vez achacase los movimientos al viento que soplaba con fuerza, pero por un instante sentí repulsa y un escalofrío, que también achaqué al tiempo, me sacudió. Olvidé rápidamente el incidente porque nos metimos en un bar para tomarnos un café con leche y poder entrar en calor. Cuando todo acabó salimos, cogimos el vehículo y tras introducir la dirección de la finca en el Tom-tom pusimos rumbo a la misma.

            El cielo, que apenas unos instantes antes estaba cubierto de nubes y negro, se mostraba ahora azul y el sol empezaba a calentar. La tormenta se alejaba en dirección contraria a la que nosotros nos dirigíamos y eso solo podía ser una buena señal. La dirección que seguíamos se alejaba de la ciudad, y aunque no había estado por aquellos lares, sabía que se trataba de una zona residencial, llena de casas y apartada del bullicio de la gente. Desaceleramos cuando nos acercamos a la zona que nos indicaba el navegador y entonces la vimos. Era inconfundible, aterradoramente inconfundible. La primera vez que la vi sentí un cúmulo de extrañas sensaciones, ninguna de ellas buena. A pesar de que la tormenta estaba en la otra dirección, sobre la casa se divisaban negros nubarrones, y de repente un rayo apareció sobre el techo de la misma. No fue una alucinación, lo sé porque mi hermano y yo nos miramos. Aquello no tenía ningún sentido, no podía ser. Sin embargo otro rayo nos sacó de nuestro estupor, lo que estábamos viviendo, por sorprendente que pudiera ser, era real. Miramos varias veces la dirección que nos habían dado y remiramos el número que en una de las columnas que servía de apoyo a la enorme verja, se mostraba. No había duda, esa era nuestra casa.

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MIS OTROS RELATOS (y XI)

alba2AMANECER EN LA PLAYA

Me gusta esa luz mortecina, esos colores anaranjados que deja el amanecer. Esa belleza serena. Igual que el día que nos conocimos, en aquella playa, justo cuando el sol aparecía en el horizonte. Me miraste, te miré, y… hace quince años y dos niños de aquello, y solo puedo decirte que te quiero más que aquel amanecer en el que tus ojos azules se clavaron en los míos.

Bueno os dejo el microrrelato que seleccionaron para el certamen de Escritores al alba de Diversidad Literaria. si queréis comprar el libro el enlace de compra está justo al final de esta entrada. Besos y abrazos a repartir.

Escritores al Alba II

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